Aunque la reciente actitud del Papa Francisco de advertir sus errores, pedir perdón y recibir a las víctimas primero ha sido reconfortante, mi esperanza se funda en el temple y la fortaleza de las víctimas. La fuerza de cuerpo y alma que ellas nos han enseñado es un signo de la capacidad del ser humano de sobreponerse a las más terribles tragedias. Eso es esperanzador, porque nos anima a todos, creyentes y no creyentes, a seguir su ejemplo y reconstruir nuestras vidas a pesar de males y dolores. Y también para nuestra Iglesia.
Publicado el 02.05.2018
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Por mi trabajo me tocó conocer en primera persona los testimonios de José Andrés Murillo, James Hamilton y Juan Carlos Cruz, víctimas del sacerdote Fernando Karadima. En particular, me tocó el alma el de Juan Carlos. Escucharlo contar los vejámenes de los que fue víctima fue uno de los momentos más tristes que me ha tocado vivir, pero a la vez tengo esperanza.

La tristeza viene de saber que ellos han sido víctimas de tanta violencia y dolor, y más aun que ese tipo de monstruosidades fueron cometidas bajo el techo y amparo de nuestra Iglesia. De mi Iglesia. Por eso, antes que nada, quisiera pedir perdón a las víctimas. A José Andrés, James y Juan Carlos, y a todos quienes han sufrido como ellos. Porque hasta ahora no han recibido ni la atención, ni la comprensión, ni el cuidado que debíamos darles. Porque es lo que Jesús habría hecho y ése es nuestro ejemplo y deber como Iglesia. “Perdónennos”, les pedimos con vergüenza.

Pero también tengo esperanza. Y aunque la reciente actitud del Papa Francisco de advertir sus errores, pedir perdón y recibir a las víctimas primero ha sido reconfortante, mi esperanza se funda en el temple y la fortaleza de las víctimas. Mi vida no ha estado libre de dolor. De dolores muy grandes. De esos que dejan huellas indelebles en el alma. Pero la fuerza de cuerpo y alma que nos han enseñado las víctimas es un signo de la capacidad del ser humano de sobreponerse, y de manera ejemplar, a una de las tragedias más terribles que se pueden vivir. Eso es esperanzador, porque nos anima a todos, creyentes y no creyentes, a seguir su ejemplo y reconstruir nuestras vidas a pesar de males y dolores. Y también para nuestra Iglesia.

Porque somos muchos más los que hemos sufrido también por culpa de quienes han abusado de distintas formas y en distintos lugares al alero de la Iglesia. Detrás de cada abuso se daña a la misma Iglesia, que somos todos quienes nos consideramos parte de ella. Ciertamente, jamás ese daño será equivalente al de las víctimas y por eso mismo nuestra preocupación primera debe ser para con ellos. Además, allí está la mejor forma de recomponer a la Iglesia. Poniendo nuestro esfuerzo primero en los que sufren y de esa forma recuperarla, juntos y por los que sufren, como Jesús nos encomendó que la debíamos hacer.

De los encuentros de José Andrés, James y Juan Carlos con el Papa Francisco se desprende también esperanza. Los católicos debemos rezar y apoyar este momento en la Iglesia para que desde Chile y a partir de la valentía de estos tres chilenos y tantas otras víctimas como ellos, cambie para siempre y mejor cómo nuestra iglesia se despliega en el mundo y entre los hombres, y nunca más demos espacio a los abusos ni a la desidia, y que nuestra Iglesia no sea una casa de dolor, sino de alegría y esperanza.

 

Nicolás Ibieta Illanes, periodista, ex director de comunicaciones del Arzobispado de Santiago

 

 

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO