Chile Vamos tiene que ser más que una simple sociedad de intereses electorales, ponerse como meta un estándar alto, para representar a una mayoría de chilenos que cada día exige más calidad y no caer en la trampa populista de que lo único que se requiere para ser un representante de la ciudadanía es conocer “la calle”.
Publicado el 24.06.2016
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Casi nunca me he referido acá al sector político al que pertenezco, muchísimo menos para criticarlo, pega que, por lo demás, ya hace muy bien la izquierda y un elenco de tres o cuatro intelectuales, desde varias columnas y paneles de radio y televisión.

Esta vez, sin embargo, voy a hacer una excepción, porque me parece oportuno y necesario, no para desmerecer lo que hemos construido (y honrada de incluirme), sino para contribuir con lo que, me parece, son tres sanos hábitos que los partidos y Chile Vamos debieran cultivar desde ahora mismo, pues mientras antes los tengamos incorporados en nuestro ADN, antes habremos renovado, más que un proyecto, una manera de actuar en política coherente (para qué vamos a decir que esos hábitos son las respuestas a tres déficit históricos de la centro derecha, que arrastra por décadas).

Partamos por el sentido de unidad, entendida en su más profundo significado: capacidad de pararse por arriba de la línea de flotación propia (justa y necesaria para existir, crecer y multiplicarse, que es lo que quieren los partidos), para tomar decisiones que apuntan a objetivos mayores. Enfrentar juntos a una izquierda cada vez más equivocada y sectaria, cuyo gobierno está causándole a Chile, de acuerdo a todos los indicadores, daños que costará años revertir; ordenar de la manera más inteligente la estrategia electoral para las municipales este año, las presidenciales y parlamentarias el próximo (y eso implica sacrificios para unos y otros, inevitablemente); usar las facultades que sean necesarias en el Congreso, en los gobiernos regionales y en todos los espacios en donde estén sus representantes, para exigirle al oficialismo respuestas en salud, delincuencia, economía, etc., y a toda la gestión de un mal gobierno, que afecta la vida de las personas todos los días.

Unidad no es sinónimo de igualdad. En lo esencial, en aquello que es imprescindible para aspirar a ser mayoría, se requiere unidad. Pero hay a veces una obsesión por la identidad de los partidos, el pretexto que se invoca permanentemente para frenar decisiones conjuntas, como si el perfil propio fuera el objetivo máximo para actuar en política y no el contribuir al progreso de un país y de su gente, con las ideas que representan las convicciones.

En segundo lugar, se echa de menos mayor profundidad para abordar la agenda pública. Creo que un buen ejemplo de la seriedad con que debieran abordarse todos los asuntos que le importan al país es la manera en cómo trabaja hoy la Comisión Constitucional de Chile Vamos: con especialistas, con una propuesta base muy sólida, consultando a la ciudadanía y con voceros, entre ellos varios parlamentarios, que entienden de qué están hablando y eso se nota.

Esa profundidad se echa de menos, sin embargo, en otras materias, respecto a las cuales se oyen con más frecuencia lugares comunes y generalidades, cuando no errores gruesos. Actuar en política hoy es más exigente que en los ’90: primero, porque están tomando decisiones que repercuten en la vida de las personas y no hay espacio para los errores; y, luego, cuando se ha triplicado la matrícula universitaria y los chilenos saben y exigen más, ya no es suficiente una cuña inteligente para la televisión, se requiere que nuestros líderes comprendan el origen de los problemas, manejen indicadores actualizados de Chile y el mundo y tengan la capacidad de proponer soluciones viables. O, frente a materias esenciales, sea el aborto, la democracia representativa, la libertad sindical, o muchísimas más que pasan por el Congreso o por el interés nacional, tengan total claridad respecto a cuáles son los principios que sustentan sus posiciones, qué aspectos tienen que ver con convicciones y cuáles son sujetos de cambio.

En fin, Chile Vamos tiene que ser más que una simple sociedad de intereses electorales, ponerse como meta un estándar alto, para representar a una mayoría de chilenos que cada día exige más calidad y no caer en la trampa populista de que lo único que se requiere para ser un representante de la ciudadanía es conocer “la calle”.

Finalmente, el tercer hábito -o cultura, más bien-, es el respeto a la identidad del socio e, incluso, a las sensibilidades que en materias muy reservadas, muy acotadas, subsisten al interior de los partidos. Puesto de otra manera: respeto a la diversidad, una palabra que es, al mismo tiempo, el comodín de la frase bonita para constituir coaliciones y lanzar candidatos y uno de los primeros compromisos en transgredirse cuando se tocan temas peliagudos. Y no solo al interior de Chile Vamos, sino también al interior de los partidos.

La semana pasada me parece que la izquierda se salió con la suya cuando, a pito de nada y evidentemente para intentar cambiar de tema, mientras la aprobación presidencial caía en la aprobación ciudadana y las marchas y tomas estudiantiles cabreaban a una abrumadora mayoría, anunció que impulsará un proyecto para establecer el matrimonio entre personas del mismo sexo. Ese mismo día, la Unión Demócrata Independiente salió a marcar su punto, conocido por todos, y al día siguiente ya tenía un pequeño incendio en casa, con posiciones enfrentadas en su bancada de diputados.

La cultura política no se funda en unos pocos meses. Pero es evidente que en los últimos años hay señales bien potentes en los partidos de Chile Vamos de estos tres elementos, que están desde hace décadas en el ADN de la centroderecha en democracias más consolidadas. Ejercitarlas las convertirá en una costumbre.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO

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