Quizás ha llegado el momento, con el “fin del kirchnerismo”, en que se iniciará un nuevo trazado de la escena política de nuestras izquierdas cuya imaginación, hace no tanto tiempo atrás, estuvo dominada por Víctor Raúl Haya de la Torre, Juan Domingo Perón, Joao Goulart, José Vicente Rangel, el Che y Fidel, Salvador Allende. ¿Volverá ese pluralismo de proyectos y liderazgos, cuáles, cuántos, por cuánto tiempo y cómo? La historia dirá.
Publicado el 25.11.2015
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El “fin del kirchnerismo”, fórmula con la cual los analistas y los medios de comunicación han caracterizado el triunfo de Macri en Argentina, traerá consigo una inevitable discusión académica y política sobre las perspectivas de la izquierda y la centro-izquierda en el resto de América del Sur. Si la revolución chavista llegase a ser derrotada (como debería ocurrir) el próximo 6 de diciembre en Venezuela, tal discusión se intensificará y podría llevar a preguntarse si acaso ha comenzado a producirse un cambio de marea en el escenario político sudamericano, con la corriente electoral alejándose de la izquierda.

Pero aún sin un quiebre electoral tan dramático, las dificultades políticas y/o la pérdida del apoyo de la opinión pública encuestada que afecta a varios otros gobiernos gruesamente calificados como de izquierda -piénsese en los casos de los gobiernos de Bachelet en Chile, Correa en Ecuador, Humala en Perú y Dilma Rousseff en Brasil- obligan a preguntarse: ¿qué pasa con la izquierda en nuestra parte del mundo?

I

Efectivamente, en el campo de la política, sobre todo ahora que en la región se han ido afianzando regímenes más o menos democráticos, electorales y competitivos, el panorama de los gobiernos cambia con relativa rapidez. A comienzos de los años 2000, se hablaba de un “giro a la izquierda” en América Latina, y tanto la prensa como la academia intentaban dar cuenta de esta nueva ola de experiencias progresistas. En su edición del 27 de marzo de 2013, el diario español El País titulaba su edición internacional así: “La izquierda se afianza en Sudamérica”. En cambio, últimamente uno encuentra títulos como el siguiente: “¿Fin del ciclo progresista o reflujo del cambio de época en América Latina?” (Cuba Debate, 9 de septiembre de 2015). Más directa aún, Deutsche Welle, la difusora alemana, se preguntaba en su versión de Internet: “¿El fin de la izquierda latinoamericana?” (2 de febrero 2015).

De cualquier forma, una discusión menos superficial de estos asuntos requiere hacer algunas distinciones, pues la noción de izquierda, en realidad, no dice mucho (o dice demasiado, según el punto de vista que se adopte). Y, enseguida, las izquierdas (plural) mudan y se transforman a lo largo del tiempo, dentro de un amplio y escurridizo espacio que va desde el centro a la izquierda o viceversa, lo cual torna aún más indeterminados los puntos de referencia. Sin olvidar, además, que dicho espacio es multidimensional y no se ordena exclusivamente en torno a un eje si no a varios, como pueden ser: propiedad individual / propiedad colectiva, revolución / reformismo, Estado / mercado, libertad / igualdad, democracia / autoritarismo, pluralismo / totalitarismo, etc.

Partamos pues por una primera distinción, sin duda polémica, pero imprescindible en este tipo de debates. Se trata del contraste entre socialdemocracia y populismo como dos formas contemporáneas de las izquierdas, contraste que el intelectual y ex canciller mexicano Jorge Castañeda trazó con partido tomado pero lúcidamente en un artículo del 2006:

“Aquellos partidos de izquierda que surgen de la antigua tradición comunista, socialista o castrista (con la excepción del propio Castro), han cruzado el Rubicón hacia la economía de mercado, la democracia representativa, el respeto a los Derechos Humanos y una actitud geopolítica responsable. A este grupo pertenecen el chileno Ricardo Lagos y su sucesora, Michelle Bachelet; el brasileño Luiz Ignacio Lula da Silva; y quizás también el uruguayo Tabaré Vázquez. Pero aquellos cuyas raíces se hunden en la tradición populista latinoamericana, como el venezolano Hugo Chávez, el argentino Néstor Kirchner, el [entonces] potencial presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador y el boliviano Evo Morales, son de una especie distinta. Ellos se encuentran mucho menos convencidos de los imperativos de la globalización y la economía ortodoxa, de los valores intrínsecos de la democracia y el respecto por los Derechos Humanos, y no hacen nada mejor que quejarse del residente de turno en la Casa Blanca”.

Claro está, este cuadro se ha vuelto más complejo aún por la creciente diversidad de matices que existen entre ambos polos. Sin embargo, en lo básico parece correcto distinguir esos dos modos de existir de las izquierdas en Sudamérica, los cuales admiten, a su vez , una variedad de tonos y grados y mezclas de elementos dentro de su propio tipo.

Digamos así: los proyectos socialdemocráticos tal como se han desarrollado en América Latina tienden en general a ser partidos institucionalizados, plenamente integrados a la democracia y que ofrecen un arco de posibles modelos de desarrollo capitalista. En un extremo, un capitalismo de Estado que idealmente debería promover empresas nacionales públicas (de preferencia) o privadas capaces de competir exitosamente en los mercados internacionales, al mismo tiempo que el Estado provee servicios sociales universales y crea un orden racional y planificado. En el otro extremo, una economía social de mercado con un Estado esencialmente regulador y capaz de generar beneficios sociales garantizados para grupos cada vez más amplios de personas vulnerables (pobres, niños, viejos, minorías étnicas, jóvenes ni+ni, personas discapacitadas, etc.).

Dentro de ese arco podría estimarse, por ejemplo, que Ecuador y Uruguay muestran, cada uno a su manera peculiar, rasgos del primer tipo de modelos y Chile, bajo la Concertación, junto con Brasil durante las sucesivas presidencias de Fernando Henrique Cardoso, Lula y Dilma Rousseff, del segundo. Los primeros son parte de una familia socialdemócrata más ortodoxa o tradicional; los segundos integran lo que suele llamarse socialdemocracia de “Tercera Vía”, aquella que no rehúye el uso de políticas de mercado, del New Public Management como medio de gestión pública y de la provisión privada de bienes públicos, todos elementos afines con ciertas visiones e instrumentos tomados de la caja de herramientas de las políticas neoliberales.

En la orilla opuesta del río se ubican en América del Sur los proyectos populistas de izquierda que, al decir de Franciso Panizza, profesor de nacionalidad uruguaya del London School of Ecnomics, conciben el cambio como una ruptura con el status quo, “asociada normalmente con graves problemas económicos o crisis políticas; o con gobiernos poco populares o que han perdido su legitimidad”. Es decir, para el populismo el “cambio como ruptura” es la promesa de “un nuevo orden radical o de re-institución del orden en sociedades que enfrentan graves dislocaciones políticas y económicas”. El mismo autor señala que en los casos contemporáneos de rupturas populistas en Sudamérica “ha habido una denuncia de los partidos tradicionales, como corruptos, al servicio de sus propios intereses y responsables por las reformas neoliberales que, se alega, han achicado el Estado y empobrecido al pueblo. Éste ha sido muy especialmente el caso de los discursos de Evo Morales en Bolivia y de Hugo Chávez en Venezuela”.

Luego, puede esperarse, como un rasgo común de los proyectos populistas, que gocen de una menor institucionalización y sean, al mismo tiempo, menos institucionales en sus objetivos. En cambio, tenderán a un alto grado de personalización carismática, como se observa en los casos mencionados pero también en el caso de los Kirchner, cuyo fin inminente da lugar, precisamente, a estas reflexiones. La lógica carismática de los regímenes populistas los aleja de las intermediaciones partidistas y, en general, los convierte en una amenaza para la democracia (de suyo en crisis cuando esos proyectos surgen), la cual califican habitualmente -igual como hacían las izquierdas tradicionales, marxista-leninistas- de formal, burguesa, elitista, corrupta, falsa, etc.

Esto nos lleva a otra característica típica de los proyectos populistas: el concebir la política como una oposición entre el pueblo, las masas, los descamisados, los pobres, la plebe en definitiva y, en lo alto, los poderosos, las élites, los ricos y abusadores. Recuerdo que el principal teórico del populismo en el ámbito de las ciencias sociales, el argentino Ernesto Laclau, escribió alguna vez que el populismo significa precisamente poner en cuestión el orden institucional construyendo a los desvalidos, los perdedores, los desamparados, como un agente histórico, un otro en relación al orden establecido.

Más que de un enfrentamiento de clases se trataría pues de un choque entre culturas, entre colectivos, comunidades con identidades morales opuestas. Una de estas comunidades abusa y explota conspirando y enriqueciéndose tras los altos muros del poder (oligarquía, élites), mientras la otra sufre y es víctima del maltrato y la explotación (pobres, marginados, excluidos, desaventajados). Y esa dialéctica dura hasta el momento en que la plebe encuentra a un líder quien se hace cargo de su dolor y crea para ella sus esperanzas, convirtiéndola en un agente histórico y conduciéndola a refundar un orden político nacional-popular.

El momento “asamblea constituyente”, explica Panizza, es esencial para ese acto refundacional, pues implica -como se vio en Venezuela, Ecuador y Bolivia- la creación de un nuevo orden necesario para superar “la tensión entre el momento de ruptura -que, si fuera reproducido en el tiempo, conduciría a una política de revolución permanente- y la integración al orden institucional existente que, de completarse, marcaría el fin del populismo”. En tanto, una asamblea constituyente representaría “el momento de ruptura radical que significa el ejercicio inmediato de la soberanía por parte del pueblo: como miembros de la asamblea, quienes integran la plebe pueden aspirar a convertirse en el demos”.

II

Los estudios sobre las izquierdas sudamericanas contrastan en general a Argentina (peronista-kirchnerista), Bolivia de Evo Morales y Venezuela “chavista” como ilustraciones de diferentes formas de populismo, al tiempo que agrupan a Brasil, Chile y Uruguay como regímenes de políticas socialdemócratas, también con nítidas diferencias entre sí. Asimismo, Ecuador suele clasificarse entre los populismos y Perú aparece en uno u otro grupo según se ponga más énfasis en el personalismo y las debilidades institucionales o, por del contrario, en la estructura de partidos y una creciente racionalización del aparato estatal.

¿Dónde residen algunas de las diferencias que caracteriza a Chile en particular?

Ya decíamos hace un momento que una de las diferencias entre ambos grupos o familias principales tiene que ver con la fuerza (i) de las mediaciones institucionales a nivel del sistema político, (ii) de sociedad civil (sindicatos, gremios, corporaciones, movimientos), o (iii) del factor carismático o de personalización del poder (nuevas formas del tradicional caudillismo latinoamericano, mejor representado en la novela que por la ciencia política o la sociología).

Si bien es cierto que el factor institucional aparece prima facie como más decisivo en el grupo de países socialdemócratas, mientras el personalísimo o liderazgo carismático ocupa ese lugar en el grupo populista, lo cierto es que los tres tipos de mediaciones se hallan presentes y se combinan de una manera única en cada país.

Por ejemplo, en Bolivia el régimen populista ha buscado estructurarse -desde su asamblea constituyente- sobre una base de autonomías según establece el artículo uno de la carta fundamental: “Bolivia se constituye en un Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario, libre, independiente, soberano, democrático, intercultural, descentralizado y con autonomías”. Consagra un Estado plurinacional, lo que se refleja, por ejemplo, en el reconocimiento como idiomas oficiales del castellano y todos los idiomas de las naciones y pueblos indígenas originarios campesinos, que son el aymara, araona, baure, bésiro, canichana, cavineño, cayubaba, chácobo, chimán, ese ejja, guaraní, guarasu’we, guarayu, itonama, leco, machajuyai-kallawaya, machineri, maropa, mojeño-trinitario, mojeño-ignaciano, moré, mosetén, movima, pacawara, puquina, quechua, sirionó, tacana, tapiete, toromona, uru-chipaya, weenhayek, yaminawa, yuki, yuracaré y zamuco.

En el otro extremo, Ecuador ha devenido en el proyecto populista más coherentemente autoritario de la región, con una institucionalidad ampliamente alineada con el Presidente cuyo poder se extiende en la práctica, si no formalmente, a toda la estructura del Estado. Incluso el gobierno de Correa ha intentado disminuir los márgenes de organización y expresión de las organizaciones de la sociedad civil. Venezuela, en tanto, ha buscado crear una forma de organización y movilización permanente de la sociedad civil, mediante múltiples expresiones de “poder bolivariano”, aunque los estudios más serios muestran que esas redes semi institucionalizadas de poder constituyente son todas una mera prolongación del poder burocrático-militar-carismático del gobierno Maduro y su ideología chavista.

Así como hay diferentes tipos de mediaciones en juego en los regímenes del tipo populista, lo mismo ocurre en el caso de los países del grupo socialdemócrata. Uruguay, Chile y Brasil poseen una estructura fuerte de partidos políticos, con amplias redes en la sociedad civil y el Estado. En los dos primeros de estos países, sin embargo, el componente ideológico aparece más marcado; en cambio, en Brasil parecería predominar una mayor fluidez de tránsito entre los partidos y un mayor pragmatismo entre sus representantes y militantes. Adicionalmente, en Uruguay la política tiene una mediación societal más fuerte, de carácter sindical, mientras que eso no ocurre en Chile y Brasil, aunque en este último el Presidente Lula provenía de la dirigencia sindical paulista.

En Chile, por su lado, la esfera de los partidos tendió -durante la transición y después, mas no ahora- a gozar de una relativa autonomía frente a los sindicatos y las organizaciones de la sociedad civil, pero no según se sabe ahora públicamente, respecto de la gran empresa la cual, en la práctica, financió al sistema político, como también parece haber ocurrido en Brasil.

Por lo demás, los regímenes de tipo populista han mostrado tener un mismo (o superior) grado de vulnerabilidad a la penetración y captura por parte de los intereses privados y la corrupción del Estado, como muestran los vasos de Venezuela en primer lugar y de Ecuador enseguida. El nivel de personalismo en el ejercicio del poder en los países de tipo socialdemócrata -esto es, con mayor institucionalización y partidismo- tiende a ser menor en general, aunque suele decirse que en algunos Estados pobres del Brasil mantiene un grado importante de gravitación.

El caso de Chile es particularmente interesante desde el punto de vista del desarrollo de las izquierdas, pues allí este sector reconoce sólidas tradiciones a lo largo del siglo 20, en particular en los casos del PS y el PC e igualmente, aunque, de manera menos nítida, en el caso del PRSD, el cual desde los años 70’ integra la Internacional Socialista. Esos partidos, más otros del grupo de las izquierdas pero de posterior formación -como los dos partidos MAPU, el PPD y la Izquierda Cristiana- llevan a cabo significativos procesos de renovación, recomposiciones y fusiones durante la dictadura, convergiendo eventualmente hacia un modelo de tipo socialdemócrata. Posteriormente ese polo progresista de izquierdas concurre a formar, junto con el PDC y con personalidades de tradición democrático-liberal y conservadora, una amplia coalición de centro-izquierda denominada Concertación de Partidos por la Democracia.

Esa neoizquierda, independiente de si alguno de sus partidos mantiene o no una adscripción formal al marxismo en su definición de principios, o lo redefine como un instrumento de análisis; rompe definitivamente con su pasado ideológico. Asume decididamente el camino del voto y las reformas en vez de la revolución y abandona la meta de construir una sociedad socialista o comunista o bien la mantiene meramente como un símbolo retórico. En cambio, acepta críticamente la economía política del capitalismo en su fase de mercados globales como marco para el desarrollo del país.

Entre los partidos tradicionales de izquierdas, sólo el PC se mantiene teórico-ideológicamente al margen de esa renovación. Pero, desde el momento que la Concertación se transforma en Nueva Mayoría (NM) dándole cabida al PC que por esta vía se integra a la administración Bachelet, en la práctica, pragmáticamente, aquel asume el proyecto socialdemócrata aunque no se declare como tal. Su carácter revolucionario, antisistema, se conserva nada más que como una tradición ideológica.

En cuanto a los matices, tensiones y contradicciones existentes dentro del proyecto socialdemócrata, ellos se expresan en Chile -dentro de la NM entendida como coalición gobernante de centro-izquierda- por ejemplo entre los partidos de la neoizquierda y el PDC y también, al interior del polo progresista, entre los partidos PS, PPD, PRSD y PC.

La lista de asuntos en torno a los cuales se expresan esas diferencias es variada, algunas nacionales o de carácter local y otras de alcance regional a nivel latinoamericano.

Entre los primeros están, por ejemplo, el juicio respecto a la transición democrática y las políticas de crecimiento y desarrollo social; apreciaciones respecto de las instituciones democráticas y su reforma, en particular la convocatoria a crear una nueva Constitución; la cooperación público-privada en educación, salud, previsión, transportes, concesión de carreteras y otros servicios; efectividad y profundidad de las regulaciones del mercado; papel del Estado frente al desarrollo , en la economía y la sociedad civil; política exterior y apertura comercial; métodos para prevenir y reprimir el delito.

Entre los segundos, los asuntos de alcance regional, pueden mencionarse la posición del proyecto socialdemócrata frente a los regímenes populistas; la relación con los EE.UU. y la definición de una estrategia antiimperialista; un nuevo modelo, de segunda generación, para el desarrollo capitalista basado en exportaciones de mayor valor agregado; la importancia estratégica de la ciencia, la tecnología y la innovación y cuál debe ser el gasto público y privado en investigación y desarrollo; la integración energética regional; los modos de desenvolver los aspectos participativos y deliberativos de la democracia, además de su insustituible componente representativo; los caminos para construir  gradualmente un Estado de Bienestar en sociedades de economías emergentes con una base tributaria todavía limitada; y el tipo de discurso ideológico que -entre los extremos de la ortodoxia socialdemócrata nórdica y una propuesta de “Tercera Vía” adaptada al mundo latinoamericano- debería orientar y comunicar el proyecto de una nueva izquierda latinoamericana.

Chile ilustra un caso de evolución desde una versión a otra dentro de la neoizquierda socialdemócrata; desde la Concertación hasta la NM, periplo que bien puede trazarse -como hemos venido haciendo aquí a lo largo de los últimos meses- sobre un conjunto de ejes distintivos. Por ejemplo, sobre un eje que va desde un reformismo moderado, consensual, de “Tercera Vía” a un intento de refundación, radical, paradigmático, de desmercantilización profunda y una fuerte expansión estatal (a lo menos así imagina la NM su Programa).

O bien sobre un eje que va desde las reformas constitucionales acumulativas a la idea de una asamblea constituyente que, como en el sueño populista, refunda mediante una ruptura el orden económicosocial y político.

O bien sobre un eje que corre desde un concepto moderno de Estado como organismo de gestión político-técnica de conocimientos en una democracia cuyas élites circulan bajo el escrutinio y el control democrático hacia la idea de un Estado benefactor que escucha al pueblo y busca el reconocimiento de sus derechos y la asignación de beneficios garantizados y de acceso universal.

Todos esos desplazamientos de un polo a otro son interesantes porque representan la idea no de sustituir un polo de izquierdas por otro, si no el intento de apropiarse, transformar y adaptar varios tópicos e intuiciones y momentos de la lógica neopopulista para con ella enriquecer y poner al día y democratizar un proyecto socialdemócrata que en su anterior versión, se dice, había burocratización y tecnocratizado, volviéndose conformista, algo neoliberal y apartado de la gente.

En suma, mirada la cosa de las izquierdas en América del Sur desde la perspectiva del “fin del kirchnerismo” -fin que algunos lamentan y otros celebran (una tensión más en este mundo de las izquierdas)- es posible descubrir un panorama en pleno estado de ebullición, desenvolvimiento y cambios.

Puede decirse que estas izquierdas -de una manera que no admite equívocos- son nuevas formas de pensar y hacer la política.

Los viejos moldes de una izquierda (singular) concebidos con acuerdo al modelo del PC soviético o a la estructura burocrático-estatalizada del PC cubano actual -con su pasado revolucionario heroico y mitológico a la vez- murió hace rato. Lo que queda son meros remedos en vías de transformar al Estado en la junta directiva de una poderosa y rica burguesía estatal; o sea, en el gobierno corporativo supremo de un capitalismo de Estado como existe en la RP China.

Lo demás es neoizquierda repartida entre versiones socialdemócratas diferentes y diferentes versiones neopopulistas, a las que pueden agregarse una serie de otras izquierdas: “verdes”, “anti-sistémicas” o anti tradicionalistas, “utópico-culturales”, hasta llegar al extremo de las izquierdas-como estilo de vida, a la manera de tribus urbanas que con las tribus políticas de izquierda mantienen nada más que una especie de lejano y desconocido parentesco.

Quizás ha llegado el momento entonces, con el “fin del kirchnerismo”, en que se iniciará un nuevo trazado de la escena política de nuestras izquierdas cuya imaginación, hace no tanto tiempo atrás, estuvo dominada por Víctor Raúl Haya de la Torre, Juan Domingo Perón, Joao Goulart, José Vicente Rangel, el Che y Fidel, Salvador Allende. ¿Volverá ese pluralismo de proyectos y liderazgos, cuáles, cuántos, por cuánto tiempo y cómo? La historia dirá.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

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