Idealismo ideológico y renuncia al sentido común. Ese parece ser el sentido real y concreto de “realismo sin renuncia” del gobierno.
Publicado el 17.08.2016
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El realismo sin renuncia es -sin lugar a dudas- la consigna de Bachelet. Pero en lo que se refiere al transporte, aparentemente hay más de renuncia que de realismo. Renuncia a la innovación, renuncia a la posibilidad de admitir errores y asumir responsabilidades por políticas públicas mal pensadas e implementadas y, lo que es peor, obligación de renunciar impuesta a los emprendedores que han desarrollado sistemas que complementan ¡y mejoran! el sistema ya existente.

Renuncia, en definitiva, a la libertad de elegir. Eso, mientras el Metro de Santiago (que hasta hace unos años podía considerarse un modelo) enfrenta toda clase de dificultades porque absorbe funciones que teóricamente debía asumir el Transantiago. Y en lo que se refiere a regiones- donde también hay dificultades-, cero avance. Probablemente porque los chilenos que las habitan ya se acostumbraron a recibir un trato desmejorado respecto de los santiaguinos.

Entretanto, el Ministerio de Transportes se limita a jugar un rol de inquisidor, como si no tuviera arte ni parte en el problema. ¿Cómo? Impidiendo el ingreso de nuevos actores al mercado, sancionándolos y, en definitiva, protegiendo a gremios devenidos en carteles precisamente a causa de una regulación estatal mal hecha. Gremios pésimamente evaluados por la población, además.

El realismo sin renuncia no atiende a encuestas, y la aprobación de la ciudadanía a aplicaciones como Uber o Cabify no basta para asumir frente a ellas una actitud propositiva. Quién sabe por qué el peso político de un gremio es superior al que tienen miles de ciudadanos no organizados.

El realismo sin renuncia es ya una ideología. Una ideología ciega, sorda y muda… que de realista no tiene mucho. De otra forma no se explica que experiencias como las de Londres, por ejemplo, sean ignoradas. Pese a que el sistema transporta de manera eficiente a billones de pasajeros al año y ha desincentivado (en la práctica y no por la vía de la prohibición) el uso del automóvil. Experiencias interesantes son también las de Tokio y Nueva York. ¿Cuál ha sido la postura de ciudades como estas frente a las aplicaciones nuevas? Libertad. Libertad para emprender y libertad de los usuarios para elegir, sin pequeñeces ni proteccionismos.

Libertad, pero también realismo para sacar lecciones de la experiencia internacional. Para considerar opiniones como las del Panel de Expertos de la Escuela de Negocios de la Universidad de Chicago y profesores de universidades tales como Stanford y Yale, que coinciden de manera unánime en la idea de que permitir el uso de estas tecnologías produce un aumento de bienestar en los consumidores.

Idealismo ideológico y renuncia al sentido común. Ese parece ser el sentido real y concreto de “realismo sin renuncia” del gobierno.

 

Nicolás Marinovic, Abogado.

 

 

 

FOTO: JORGE FUICA/AGENCIAUNO