Sólo bastó subir a Helia Molina al avión presidencial para que todas las millas recorridas, todos los discursos preparados, todas las reuniones bilaterales presupuestadas y todas las instancias políticas y sociales que la Mandataria tuviera previstas en Nueva York se fueran al cada vez más poblado vertedero de oportunidades desaprovechadas para detener la caída libre en respaldo ciudadano.
Publicado el 24.09.2016
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El primer y último gobierno de la Nueva Mayoría será recordado por muchas cosas. Lamentablemente, por demasiadas.

Particularmente, a quienes nos interesa la comunicación política, esta administración nos ha dejado perplejos. Si al gobierno de Sebastián Piñera se le puede achacar improvisación en esta materia –quizás el costo de la primera vez– a esta la segunda administración de Bachelet le pesa el desconcertante hecho de que la torpeza ha sido patológica, precisamente desde ese sector político que en lo comunicacional siempre ha sido pionero y donde el control de los encuadres ha permitido el dominio del discurso público por décadas.

Ejemplos de ineptitud comunicacional sobran: declaraciones públicas respecto del caso Caval, videos “explicativos” de las reformas tributaria y constitucional; el Animalario Constitucional; el intempestivo viaje de Bachelet a La Araucanía en diciembre pasado… y tantos otros.

Esta semana la torpeza llegó a un nuevo nivel: el internacional. Y es que, tener la oportunidad de viajar a Nueva York –donde Bachelet vivió largos años y cosechó importantes galardones– y hablar ante la Asamblea General es una oportunidad comunicacional que ni el más novato de los gobernantes de un país se puede permitir desaprovechar. Pero Bachelet y ese equipo estratégico que uno sinceramente ya duda si existe, lo hicieron. Y vaya de qué manera.

Habrá tiempo para analizar el discurso de la Presidenta durante el viaje, empecinado en mostrar un país bendecido por su política reformista, lanzándole desafíos al gobierno que viene y pagando viejas deudas ideológicas con el anuncio del envío del proyecto de matrimonio entre personas del mismo sexo. Pero las palabras de Bachelet fueron lo de menos.

Sólo bastó subir a Helia Molina al avión presidencial para que todas las millas recorridas, todos los discursos preparados, todas las reuniones bilaterales presupuestadas y todas las instancias políticas y sociales que la Mandataria tuviera previstas en Nueva York se fueran al cada vez más poblado vertedero de oportunidades desaprovechadas para detener la caída libre en respaldo ciudadano.

En tiempos de crisis de confianza y popularidad, personas como la ex ministra de Salud y actual candidata a alcaldesa de Ñuñoa deben ser fríamente dejadas de lado. Si como ministra de Salud fue imprudente en sus declaraciones, resulta algo hipócrita golpearse el pecho porque se autoproclame experta en niñez y diga que los ñuñoínos son abiertamente estúpidos porque no saben lo que es la ONU.

¿Intervencionismo electoral porque Molina es candidata a alcaldesa? ¡Para nada! ¿En qué puede beneficiar a una candidata a alcaldesa el mostrarse hablando de cualquier cosa menos de política municipal, en un ambiente diplomático donde llueven los lugares comunes, y hombro con hombro de una presidenta a la que sólo uno de cada cinco chilenos respalda?

Puede que exista algún despistado vecino de Ñuñoa que no dimensione el valor país que tiene que la máxima autoridad hable en un foro como el de la ONU. Puede ser. Pero desde luego, no existe ningún ñuñoíno dudoso que haya decidido votar por Molina porque fue donde no debe ir, a hablar de lo que menos debería estar hablando a un mes de las elecciones e invitada por una autoridad cada vez más desconectada del país.

¿Intervencionismo electoral? ¡Para nada! Esto fue un evento más organizado pensando en la Bachelet de 2005, en un contexto de euforia, y no en la Bachelet de 2016, en un clima de profunda crisis. Torpeza pura y dura, de la que nos quedan 18 meses.

 

Alberto López-Hermida, Doctor en Comunicación Pública y académico UANDES.

 

 

 

FOTO: AGENCIAUNO.