No se advierten signos que permitan anticipar una alteración en el rumbo, ni por factores externos ni internos, a pesar de que las cosas siempre pueden ser peores, como la propia Presidenta lo ha señalado.
Publicado el 20.08.2016
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Las recientes cifras de cuentas nacionales dadas a conocer por el Banco Central dan cuenta de una expansión del PIB de 1,5% en el segundo trimestre de este año, la cual, sumada la variación positiva de 2,2% registrada en los primeros tres meses, entrega como resultado para el semestre un crecimiento de 1,9%. Tomando en cuenta que las expectativas del mercado para el período abril-junio eran algo inferiores, algunos han interpretado las cifras del instituto emisor en forma positiva, como un indicio de la llegada de tiempos mejores. Siendo entendible y positivo que se estén deseando mejores resultados, lo cierto es que los números dados a conocer esta semana no permiten sacar cuentas alegres.

Por de pronto, la expansión de 1,5% en el segundo trimestre se enmarca en el entorno de lo que la mayoría de los analistas está anticipando para este año 2016. Y si bien hubo una corrección marginal hacia arriba en el crecimiento del primer trimestre, en el resultado del período abril-junio no se advierten signos que permitan anticipar un cambio de tendencia. Peor aún: las cifras desestacionalizadas dan cuenta de un crecimiento negativo de 0,4% en el segundo trimestre, situación que no se observaba desde el año 2009. La minería, la industria, la construcción y el sector comunicaciones mostraron una contracción en el segundo trimestre, mientras que el mayor dinamismo se observó en el comercio y en los servicios personales. Pero la inversión continúa mostrando cifras negativas en forma ininterrumpida, especialmente influida en este trimestre por una variación negativa de las existencias, ya que la formación bruta de capital fijo mostró una recuperación respecto del período anterior, la que tal vez se vio influida por fenómenos puntuales que no se van a repetir en los próximos trimestres, vinculados a la adquisición de material de transporte.

La pregunta fundamental que cabe hacerse a estas alturas es ¿topó fondo la economía chilena? La respuesta es afirmativa, pero en el sentido de que si bien no ha habido una recesión, el ritmo de crecimiento se ha reducido en forma significativa, bordeando ya una tasa anual cercana al 1,5%, en un contexto en que el crecimiento potencial de la economía bajó al 2,5-3%. Es decir, se “topó fondo” en el sentido de haberse consolidado un menor nivel de crecimiento, pero que no significa “rebotar” en forma automática y cambiar la tendencia. En el caso particular de la economía chilena no se advierten signos que permitan anticipar una alteración en el rumbo, ni por factores externos ni internos, a pesar de que las cosas siempre pueden ser peores, como la propia Presidenta lo ha señalado. La economía mundial, a pesar de la incertidumbre, sigue en un mismo camino, con una expansión global en torno a 3%, no muy distinta de lo que ha sido en los últimos años, y, en todo caso, eso escapa a nuestro control. Pero en el ámbito interno, donde sí hay capacidad de cambiar las cosas, el cuadro global no se ha modificado: los ministros del área económica continúan apoyando iniciativas específicas de apoyo a la inversión y al emprendimiento, pero no se advierte ninguna señal de fondo que permita atenuar el cuadro global de incertidumbre que prevalece desde que se inició el actual gobierno. Por el contrario, con el anuncio de una reforma previsional-tributaria se empieza a abrir un nuevo flanco, con potenciales efectos negativos en el empleo –impuesto al trabajo, en la medida que las nuevas cotizaciones vayan a un fondo solidario- y eventualmente también en el ahorro/inversión, en la medida que se opte por una modalidad de financiamiento que se traduzca en menores recursos orientados a alimentar el ciclo del mercado de capitales.

Es sano y legítimo que en materias como la tributaria, laboral, educacional y previsional, como en muchas otras, surjan dudas y cuestionamientos. Lo importante es contar con una institucionalidad adecuada y con una actitud dialogante por parte del gobierno para procesar los distintos puntos de vista. De hecho, el solo anuncio de la Presidenta Bachelet en cuanto a que pretende generar un acuerdo nacional en el tema previsional provocó una mirada inicial  distinta y positiva de parte de los distintos sectores, más allá de sus particulares puntos de vista, que contrasta con lo que ocurrió en la tramitación de las otras reformas. Pero tampoco ayuda, hay que reconocerlo, que al interior del propio gobierno no haya claridad en el tema, siendo evidentes las diferentes posiciones que defienden distintos sectores, representados en uno y otro caso por el ministro de Hacienda y por la ministra del Trabajo.

La batalla del presupuesto fiscal 2017 va a ser crucial para lo que venga. Este es el único ámbito en que el ministro Valdés ha logrado mantener un cierto grado de control. Habrá muchos en la Nueva Mayoría que pedirán mayor actividad fiscal como herramienta de reactivación. Pero ello, además de inefectivo, no es posible en un cuadro en el que ya se observa un desequilibrio que no ha logrado ser corregido, y que va a requerir de un esfuerzo importante para poder encaminarse por una senda compatible con un déficit estructural no superior a 0,5% del PIB en un plazo razonable. Un triunfo de las posturas más responsables en este ámbito sería un buen punto de partida para lo que viene, ya que de lo contrario el panorama se tornaría más oscuro.

Pero si de verdad se quiere cambiar el rumbo, las señales requeridas son más de fondo, de manera de cambiar el cuadro de incertidumbre reinante. Para salir del pantano en que nos encontramos no hay ninguna “bala de plata” que actúe como palanca única para lograr los cambios deseados. Lo fundamental es crear un entorno propicio para que la iniciativa creadora de las personas pueda desplegarse en todos los ámbitos: son las decisiones de cientos de miles de consumidores, trabajadores, empresarios, inversionistas y emprendedores, las que podrán cambiar el curso de la economía. Lo que puede hacer la diferencia es consolidar las buenas instituciones que el país ya tiene –introduciendo correcciones en aquellas en las que hay problemas, por cierto-, dosificando la carga regulatoria que deben enfrentar quienes desarrollan actividades económicas para que no se transforme en una mochila aplastante, y generar competencia en los mercados de tal forma que los nuevos entrantes puedan “desafiar” a los operadores tradicionales. Qué mejor ejemplo que lo que acaba de ocurrir con la licitación eléctrica, en que la generación de un entorno competitivo y con las menores trabas posibles permitió dinamizar las inversiones en un sector, bajar los precios y hacer más competitivos a diversos sectores productivos de nuestro país. Tal cual. Y todo esto, sin la intervención directa del Estado, salvo en lo que respecta a la creación de las condiciones más adecuadas para que los actores puedan desenvolverse en un ambiente de mayor competencia. Si este mismo enfoque prevaleciera en todos los ámbitos, definitivamente la economía chilena podría dar un salto. Nunca es tarde para intentarlo.

 

Hernán Cheyre V., Instituto del Emprendimiento Universidad del Desarrollo.

 

 

FOTO: AGENCIAUNO.