Chile no es una isla sin adultos, pero éstos han permitido —y hasta celebrado— que los niños tomen casi por completo las riendas de asuntos que superan largamente su bagaje cultural y su experiencia
Publicado el 07.06.2016
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“¡No los dejaremos gobernar!”, amenazó por estos días un dirigente secundario, molesto porque las autoridades pusieron trabas a la enésima marcha estudiantil en Santiago, anticipando los consabidos desmanes que ocurrieron de todas maneras.

“(El oficialismo) ha tomado la decisión de legislar a espaldas del movimiento social”, acusó un vocero de la Confech, enojado porque no los invitaron al cónclave de la Nueva Mayoría sobre la reforma educacional, proyecto que los estudiantes exigen conocer (y aprobar) antes de que entre al Congreso.

Dado que la calidad de la educación chilena no ha mejorado un ápice desde la Revolución Pingüina de 2006 y las movilizaciones de 2011 —en eso el consenso es transversal—, me pregunto qué tan capacitados para entender sus complejos desafíos están los jóvenes que hoy reclaman como si partiéramos de cero en esta materia. Aunque claro, desde su corta perspectiva  estamos en el Km. 0, porque ellos recién se suman al ruedo, con escasa o nula conciencia de lo discutido en estos años.

¿Y cómo no, si hasta hace muy poco eran niños y adolescentes preocupados de cosas de su edad? ¿Era lógico esperar que, por gracia de un par de cumpleaños más bajo el cinto, de pronto fueran capaces de entender y resolver problemas que desvelan a sesudos expertos? Seamos francos, quienes aún son demasiado inmaduros para votar, manejar o tomar cerveza —o apenas tienen edad para hacerlo— no pueden tener conocimientos y madurez para enmendar el sistema educativo. No es razonable, ni justo, esperar algo así.

En el agobiante clima de corrección política actual nadie se atreve a decirlo, pero en medida importante las tomas y las marchas son una fiesta juvenil mucho antes que un “movimiento social”: ¿Cuántos no sueñan a esa edad con capear clases, mandarse solos y desafiar al mundo adulto, mejor aun si no hay consecuencias? Los cuantiosos daños y robos en colegios ocupados no son el grito de una generación angustiada, sino desmadre puro y simple. Convengamos que no es la dictadura infantil de “El señor de las moscas”, pero la analogía tiene sentido.

En la novela de William Golding, sin embargo, los niños se convierten en pequeños tiranos dogmáticos porque están varados en una isla desierta, sin adultos que los supervisen y establezcan normas de conducta sensatas. En ausencia de reglas, los jóvenes náufragos inventan e imponen las suyas con aterradores efectos, pues lo que crean por su cuenta no es una utopía libertaria —como quizás imaginarían la Aces, la Cones o la Confech—, sino una autocracia del más fuerte.

Chile no es una isla sin adultos, pero éstos han permitido —y hasta celebrado— que los niños tomen casi por completo las riendas de asuntos que superan largamente su bagaje cultural y su experiencia (que no es lo mismo que decir que no tienen nada que aportar). Por frío cálculo político y sentido de la oportunidad, pero no por convicción, “subirse al carro estudiantil” se convirtió para muchos en la orden del día.

En ese contexto, los estudiantes desarrollaron un discurso y una praxis que, en vez de enriquecer el debate y aportar soluciones, derivaron en radicalización, dogmatismo y confusión ideológica. Como niños tozudos que no ceden hasta obtener lo que quieren, contra viento y marea, con buenos o malos argumentos. Y como para ponernos nerviosos con la idea de bajar a 16 y 14 años respectivamente la edad de voto en elecciones legislativas y municipales que plantearon dos senadores oficialistas.

El mundo adulto —los padres, los profesores y la clase política— creó las condiciones para que la infancia se politizara y para que la discusión pública se infantilizara. Y así estamos ahora, con jóvenes convencidos de ser dueños de la razón y de que imponer sus términos es un derecho democrático, mientras los adultos no hacen nada para sacarlos de su error por el bien de todos (incluso al revés).

Visto así, ya no importa lo que diga el carnet, porque aquí todos somos niños.

 

Marcel Oppliger, periodista.

 

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE / AGENCIAUNO