En los hechos, el marxismo se transformaría en una verdadera religión secular y las victorias del siglo XX parecerían confirmar las predicciones, anunciando el destino final de los hombres. Rusia sería el primer lugar destinado a probar la doctrina de Marx, así como la doctrina y obra de uno de sus más aventajados lectores: Lenin.
Publicado el 11.03.2017
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Al conmemorarse este 2017 el centenario de la Revolución Bolchevique, resulta ineludible volver a sus ideas originarias. Entre ellas destaca la figura de Karl Marx, pensador fundamental de la doctrina “marxista-leninista” o “comunista”, sin perjuicio de los matices y variantes ideológicas que ha tenido. En palabras de Robert Service, “Karl Marx y Friedrich Engels proporcionaron la inspiración al comunismo del siglo XX”, teniendo como objetivo último crear “una sociedad comunista en el ámbito mundial” (en Camaradas. Breve historia del comunismo, Barcelona, Ediciones B, 2009).

Karl Marx nació en 1818 en Alemania, en una familia de origen judío. Su trayectoria puede seguirse, entre otras obras, en la completa biografía reciente de Jonathan Sperber, Karl Marx. Una vida decimonónica (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2013). Se formó en las universidades de Bonn y Berlín, y se trasladó desde el Derecho a la Filosofía, en la que siempre estuvo interesado, al igual que leía historia, desarrollando un pensamiento de arraigado racionalismo. Completó sus estudios de doctorado en la Universidad de Jena, ejerció el trabajo periodístico y pronto se convirtió a las ideas que marcarían el resto de su vida: el comunismo, la destrucción del orden capitalista y su concepción sobre la lucha de clases y el futuro de la humanidad.

Una síntesis de su convicción revolucionaria aparece tempranamente en las Tesis sobre Feuerbach, donde sostiene en su famosa Tesis 11: “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo”. De esta manera se manifestaba la clara su convicción de que lo importante es que las ideas sirvieran a la acción revolucionaria. Por lo mismo, la sociedad burguesa no debía limitarse a ser un objeto de análisis, sino que debía transformarse en un orden social diferente.

Esta premisa es un buen punto de partida para leer una de las obras fundamentales -sobre todo por su influencia posterior- de Marx y Engels: El Manifiesto Comunista, escrito en 1848 por una petición que hicieron algunas organizaciones de trabajadores, para que plasmaran el pensamiento de las organizaciones obreras. No está de más recordar que ese fue un año de un enorme potencial revolucionario en Europa, que parecía enfrentarse a sus peores fantasmas, uno de los cuales era el propio comunismo, en la célebre fórmula utilizada en la breve introducción al Manifiesto (utilizamos la excelente edición de Crítica, 1998, con prólogo de Eric Hobsbawn).

Esta obra tiene una particular importancia en relación con la Revolución Bolchevique de 1917, cuyas raíces están en la expresión rusa del marxismo. Primero, como señala el historiador británico, porque “este pequeño panfleto fue casi seguro, y con mucho, el texto político más influyente desde la revolucionaria Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano”. En segundo lugar, porque si bien su impacto inicial fue exclusivamente alemán (a pesar de estar presentado desde el comienzo en varias lenguas), posteriormente su influencia se multiplicó. En concreto, sostiene Hobsbawn, “no es sorprendente que el mayor número de ediciones [antes de 1917] se hiciera en ruso (70), más 35 ediciones en lenguas del imperio zarista: 11 en polaco, 7 en yiddish, 6 en finés, 5 en ucraniano, 4 en georgiano, 2 en armenio”.

¿Qué decía el Manifiesto Comunista? Una de las características del libro -que es extraordinariamente breve y directo- es plantear una visión de la historia, un análisis del presente y una predicción del futuro. Desde el comienzo, sintetiza la trayectoria de la humanidad: “La historia de todas las sociedades existentes hasta el presente es la historia de luchas de clases”. Esto se graficaría de la siguiente manera: “Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en suma, opresores y oprimidos, siempre estuvieron opuestos entre sí, librando una lucha ininterrumpida, ora oculta, ora desembozada, una lucha que en todos los casos concluyó con una transformación revolucionaria de toda la sociedad o con la destrucción de las clases beligerantes”.

En términos del presente que vivía Europa a mediados del siglo XIX, el Manifiesto sostiene que “la sociedad burguesa moderna surgida del ocaso de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase. Sólo ha sustituido las antiguas clases, condiciones de la opresión y formas de la lucha por otras nuevas”. La expresión de esto sería que la época de la burguesía se distingue “por el hecho de haber simplificado los antagonismos de clase”. De ahí emana esa síntesis del análisis social que expresa: “Pero la burguesía no sólo ha forjado las armas que le darán muerte; también ha engendrado a los hombres que manejarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios”. Por ello, ha producido “sus sepultureros”.

En esta tarea le cabía un papel principal al Partido Comunista, aunque no necesariamente ocuparan este nombre. “Los comunistas -señala el Manifiesto– sólo se diferencian de los restantes partidos proletarios por la circunstancia de que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios destacan y hacen valer los intereses comunes de todo el proletariado, independientes de la nacionalidad; por la otra, por el hecho de que, en las diversas fases de desarrollo que recorre la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre el interés del movimiento general”. A continuación sintetiza: “El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de todos los demás partidos proletarios: la formación del proletariado como clase, el derrocamiento de la dominación de la burguesía, la conquista del poder político por parte del proletariado”. Acercándose al final del libro, sintetiza que junto con repudiar el ocultamiento de sus posiciones, los comunistas “declaran francamente que sus objetivos sólo podrán alcanzarse mediante la subversión violenta de cualquier orden social preexistente”. Todo lo cual terminaría con el famoso llamado: “Proletarios de todos los países, uníos”.

Este sería, sin duda, uno de los elementos de mayor disputa entre los marxistas europeos y que Lenin se vería obligado a aclarar, rechazando cualquier desviación hacia vías no violentas. No se puede dejar de mencionar en esta síntesis -necesariamente breve- el factor predictivo del marxismo, que se constituyó con el tiempo en una de sus principales fortalezas, en la certeza de que el hundimiento de la burguesía “y el triunfo del proletariado son igualmente inevitables”. Esto marcaba a la vez la transitoriedad de la sociedad burguesa y el destino final de la humanidad en el comunismo: “El lugar de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y contradicciones de clases, será ocupado por una asociación en la cual el libre desarrollo de cada cual será la condición para el libre desarrollo de todos”.

No se puede entender todo esto con el análisis meramente racional. Tampoco con los ojos de hoy, después de que ha pasado mucha historia ante nosotros. En los hechos, el marxismo se transformaría en una verdadera religión secular y las victorias del siglo XX parecerían confirmar las predicciones, anunciando el destino final de los hombres. Rusia sería el primer lugar destinado a probar la doctrina de Marx, así como la doctrina y obra de uno de sus más aventajados lectores: Lenin.

 

Alejandro San Francisco, historiador, columna publicada en El Imparcial, de España