A diferencia de lo que cree la izquierda, y también muchos en la derecha, Chile no es un país monopolizado por sólo un sector político. Hoy tenemos amplios grupos de personas que no adscriben a ninguna de las grandes corrientes políticas y se movilizan más bien por su bienestar personal y familiar. Ahí es donde un programa de Tiempos Mejores hizo mucho más sentido que una retórica incendiaria o sesentera, más proclive a motivar a sus propios partidarios que a convencer al denominado “centro social”.
Publicado el 20.12.2017
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Las semanas previas a la segunda vuelta presidencial fueron una verdadera montaña rusa de emociones. Alzas y caídas abruptas, un ritmo frenético, e incluso varios gritos desesperados que hicieron recordar viejas pesadillas. Esa intensidad tuvo su momento cúlmine, y feliz en nuestro caso,  temprano en la tarde del domingo, cuando los primeros resultados dieron lugar a la victoria política más contundente de las últimas décadas.

Los números hablan por sí solos: 3.795.896 ciudadanos dieron su apoyo a Sebastián Piñera, el nuevo Presidente electo, que corresponden al 54,47% de los más de siete millones de votantes. Una diferencia superior a nueve puntos porcentuales, muy por encima del mejor de los cálculos de Chile Vamos. El ex Presidente Piñera ganó en 13 regiones, con un novedoso y valioso triunfo en la zona norte, antiguo bastión inexpugnable de la izquierda, además de vencer en 255 comunas a lo largo de todo el país, convirtiéndose en el tercer Presidente más votado en la historia de Chile, sólo superado por Eduardo Frei Montalva y Patricio Aylwin.

Es de tal magnitud el triunfo político, electoral y social obtenido por Sebastián Piñera y su coalición, que merece un estudio reposado durante las próximas semanas y meses. Sin embargo, hay algunas consideraciones importantes que, sin duda, deberán ser proyectadas.

Primero, el triunfo histórico de la centroderecha viene a poner sobre la mesa el profundo cambio que ha experimentado el electorado chileno. A diferencia de lo que cree la izquierda, y también muchos en la derecha, Chile no es un país monopolizado por sólo un sector político. Hoy tenemos amplios grupos de personas que no adscriben a ninguna de las grandes corrientes políticas y se movilizan más bien por su bienestar personal y familiar. Ahí es donde un programa de Tiempos Mejores hizo mucho más sentido que una retórica incendiaria o sesentera, más proclive a motivar a sus propios partidarios que a convencer al denominado “centro social”.

En segundo lugar, la izquierda tiene el gran desafío de aprender a ser oposición. Luego de una catastrófica performance durante el primer gobierno de Piñera, que tuvo impactos serios en la autoridad presidencial —donde una víctima colateral terminó siendo la propia Presidenta Bachelet—, es de esperar que esta vez estén a la altura de las circunstancias.

El país necesita una izquierda democrática que entienda que al frente hay adversarios y no enemigos, que es valioso llegar a acuerdos y que siempre se debe respetar a las autoridades republicanas. Esta es una oposición que debe superar a una izquierda cavernaria, que no reconoce su derrota y que esconde sus propias falencias en una supuesta ignorancia o idiotez del electorado, como dijo un dirigente comunista. En simple, mientras Ricardo Lagos preferiría analizar las razones de por qué la señora Juanita no confió en ellos, la izquierda cavernaria prefiere el camino de la odiosidad y la soberbia, y le grita a todo pulmón: “Facha pobre”. Esto es especialmente llamativo en aquellos que hacen gala de una supuesta “participación ciudadana”, siempre y cuando sean ellos los que ganan las elecciones.

Por último, el contundente triunfo no debe llevar a la soberbia del próximo gobierno, que debe huir de los peligros que representan la arrogancia, la falta de diálogo y el alejamiento de la realidad: ya hemos visto cuánto costó todo ello al gobierno de la Nueva Mayoría. Por eso, se debe gobernar escuchando a los ciudadanos —a todos, y no sólo los que marchan—; poner el acento en quienes lo necesitan, los más vulnerables y las regiones.

Gobernar es cada día más complejo y difícil. Sebastián Piñera, felizmente, sabe hacerlo, lo aprendió en su primer gobierno, y su primer discurso en La Alameda es un ejemplo muy claro del estilo positivo y unitario que quiere imponer a su administración. Para ello cuenta con una coalición que ha estado a la altura de las circunstancias, como es Chile Vamos, que esperamos siga en el futuro actuando con unidad y patriotismo.

Se vienen años difíciles y desafiantes, que deberán ser enfrentados con la claridad con que millones de chilenos suscribieron mediante su voto un liderazgo presidencial, un programa de gobierno y un equipo de trabajo para el futuro de Chile. Los ciudadanos, la mayoría social y política, millones de chilenos, hablaron claramente el domingo 17 de diciembre: quieren  Tiempos Mejores para Chile. A ponerse a trabajar, entonces, para que esos tiempos lleguen a todas las familias y los más diversos rincones del país.

 

Julio Isamit, coordinador político Republicanos

 

 

FOTO: VICTORPEREZ/AGENCIAUNO

 

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