El panorama político de América del Sur no dejará de ser tan variado como cambiante en los años venideros. Deberemos agudizar nuestra capacidad para anticipar las dificultades y superar los escollos que nos acarrean, siempre, los movimientos pendulares, que ya pasan a ser parte integral de nuestro paisaje político regional.
Publicado el 03.11.2017
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Al momento de analizar el escenario político internacional, los factores de cambio suelen constituir un elemento de la mayor importancia para avanzar desde el diagnóstico hacia la prognosis. En un mundo en prolongado “estado de desorden” se hace cada vez más complejo detectar cuáles de esos factores incidirán más en el sentido que adoptará el cambio. Entre otras razones, esto sucede por el tráfago de información ahora disponible, en magnitudes que suelen exceder la capacidad de reflexión sobre el llamado “cuerpo social”.

Que vivimos tiempos de cambio ya nadie lo duda. Atrás quedaron las discusiones del pasado siglo, que hacían que toda propuesta se dirimiera en la dicotomía entre continuidad y cambio. En la actualidad asumimos el cambio como un proceso continuo, respecto del cual sólo nos corresponde ejercer opciones diversas para imprimirle la velocidad y dirección que mejor sirva a los intereses colectivos.

Desde lo nacional hasta lo global, pasando por los asuntos regionales, observamos cómo las diversas maneras de percibir e interpretar la realidad política y social de los países los lleva a adoptar caminos muy diferentes, lo que termina marcando el éxito o fracaso de las   políticas aplicadas. En el caso de Chile, se anticipa un cambio de rumbo orientado a restablecer las condiciones de crecimiento económico, luego de que un error de diagnóstico llevara a la coalición gobernante a intentar cambios refundacionales resistidos por mayor parte de la sociedad. La Nueva Mayoría no tomó en cuenta la magnitud del cambio social que trajo consigo la aparición de una clase media emergente, mayoritaria e incorporada a la economía de mercado.

Para sorpresa de la coalición gobernante, esa clase media se demostró refractaria a los cambios drásticos propuestos para “cambiar el modelo”. En Chile, el efecto demostración del fracaso de los “socialismos reales” se materializó en el íntimo deseo de la clase media de ser protagonista y no comparsa en la construcción del “capitalismo real”. Durante veinte años, el chileno de clase media estuvo dispuesto a aceptar, e incluso apoyar, el discurso sobre “el cambio de modelo”. Pero cuando percibió que del discurso se pasaba a la acción, y que eso del “cambio de modelo” amenazaba su estabilidad laboral y finalmente su capacidad de consumo, el pragmatismo demostró ser “más resiliente” que el influjo de las ideologías.

En Argentina, el poder casi hegemónico que venía ejerciendo el peronismo se interrumpió mediante un proceso muy diverso, con la aparición de una posibilidad de instaurar un cambio de alcances históricos. El cambio de rumbo tiene entre sus pilares fundamentales las reformas económicas introducidas por el gobierno del Presidente Mauricio Macri. Si la racionalidad en el manejo económico produce mejoras que afiancen un apoyo político (lo que no siempre ocurre, por desgracia), el país vecino podría entrar en una nueva etapa de desarrollo sin precedente desde que las malas políticas cercenaron el despliegue de su enorme potencial de crecimiento económico, en la primera mitad del siglo pasado.

No menos importante es el proceso de recuperación económica de Brasil, tras haber soportado años de recesión, en medio de serias turbulencias políticas. Si el gigante sudamericano logra superar los escollos políticos y continúa el proceso de recuperación económica que ya ha comenzado a mostrar resultados, será una buena noticia para toda la región.

Pero no todas son buenas noticias. Venezuela ha adoptado claramente un camino sin retorno, forzando un cambio en el sentido contrario de la democracia en lo político, mientras no se ve señal alguna de mejora en el manejo de la economía, que se encuentra en ruinas. Algo similar puede llegar a ocurrir en Bolivia de insistir el Presidente Morales en su intento por eternizarse en el poder. Estos dos países son ejemplos de la aplicación estricta de los preceptos del castrismo como sistema de gobierno. Igual que si hubieran aplicado la receta de un manual, ambos países siguen de manera minuciosa el mismo modus operandi que se ha seguido en Cuba, incluyendo, como factor determinante, el nexo mutuamente conveniente entre la revolución y el narcotráfico. Pocos pueden dudar que los regímenes de Venezuela y Bolivia no tendrían posibilidad alguna de eternizarse en el poder sin la complicidad estratégica del narcotráfico.

El panorama político de América del Sur, como se ve, no dejará de ser tan variado como cambiante en los años venideros. Deberemos agudizar nuestra capacidad para anticipar las dificultades y superar los escollos que nos acarrean, siempre, los movimientos pendulares, que ya pasan a ser parte integral de nuestro paisaje político regional.

 

Jorge Canelas, cientista político, director de CEPERI