Desde una perspectiva política y comunicacional vivimos la semana pasada un terremoto con aires redentores, la purificación de la lección bien aprendida, a la que sigue la conducta enmendada.
Publicado el 20.09.2015
Comparte:

Fue bastante evidente desde el primer minuto del terremoto de la semana pasada que el Gobierno y la Presidenta enfrentaron la catástrofe como una oportunidad invaluable del destino: la posibilidad de redimirse del famoso 27 F. Hacer, ahora sí, las cosas como no se hicieron aquella noche fatídica, reaccionar oportunamente, con calma, evacuando la costa a tiempo, controlando el orden público desde el primer minuto –sin temor ni complejos para recurrir a las FFAA- evitando cualquier imagen de saqueos, para mostrar una gobernante a cargo de la situación, dirigiendo un equipo de ministros y no exponerla a las imágenes de aquel día de hace más de cinco años, que la hicieron ver dubitativa, insegura y que la colocaron torpe y frívolamente en el centro de una suerte de reality.

Es inaudito que un mismo gobernante tenga la oportunidad de enfrentar por segunda vez y con tan pocos años de diferencia, una crisis de naturaleza semejante, aunque de magnitud evidentemente menor. El diseño, hay que reconocerlo, funcionó bien; se instaló un relato: estamos frente a un terremoto de enorme magnitud (con astucia se instalaron parámetros de comparación como “el terremoto más grande del mundo este año”); se colocó la distinta reacción en un contexto nacional lo que, también hay que reconocerlo, fue muy agudo, porque al traspasar el mérito de lo actual a la sociedad en su conjunto se socializaron también los fracasos de la vez pasada. Todos aprendimos, ergo todos fuimos en parte culpables de lo mal que lo hicimos entonces.

Lo más importante, se le dio un rol adecuado y proporcional a la Presidenta, que intentó mostrarse como un gobernante a cargo, pero también sensible al dolor y cercana a la tragedia, con sus dos viajes a la Cuarta Región, la suspensión de los actos de celebración propios de estas fechas y se buscó proactivamente generar un cambio razonable en el clima de opinión pública, lo que permitió salvar bastante bien lo que auguraba un aniversario patrio incómodo para ella en varios de sus hitos principales, como el Te Deum ecuménico en la Catedral y la inauguración de las fondas.

En pocas palabras, desde una perspectiva política y comunicacional vivimos la semana pasada un terremoto con aires redentores, la purificación de la lección bien aprendida, a la que sigue la conducta enmendada. La Moneda puede decir que se exorcizaron los fantasmas del pasado y, en buena medida, es verdad.

Sin embargo, la naturaleza humana es misteriosa y por ende la política también. Un periodista amigo dice, citando a John Kennedy, que “la vida no es justa”, frase que entre los políticos se hace realidad casi a diario. La Presidenta Bachelet ha enfrentado dos grandes situaciones complejas: su actuación y la de su gobierno el 27 F junto a los días subsiguientes y el caso CAVAL. En el primero creo que ella tiene una responsabilidad importante y las consecuencias de los errores que comenzaron por ella tuvieron efectos dramáticos que, justificadamente, debieran poner punto final a la carrera de cualquier político. El segundo, en cambio, si se mira desde el punto de vista de ella es un hecho objetivamente menor, sin ningún impacto grave para la vida del país y en que si ella cometió errores fue porque se vio enfrentada entre su rol de gobernante y su condición de madre. Imposible algo más comprensible.

Pero aquí no impera la lógica ni la justicia. El 27 F no le significó un ápice de pérdida de credibilidad, popularidad y confianza de la gente; el segundo, en cambio, fue un golpe que destruyó por la base su credibilidad. Es verdad que el Gobierno pudo aplicar un remedio eficaz, pero la mala noticia es que lo hizo a la “enfermedad” equivocada.

Si es verdad que Kennedy decía que “la vida no es justa”, no hay duda que en realidad quería decir que la política no lo es. Me temo que la Presidenta Bachelet lo va a comprobar en los próximos meses, porque no hay terremoto que compense un CAVAL, aunque sea el más grande del mundo en el 2015.
Gonzalo Cordero, Foro Líbero

 

FOTO: AGENCIA UNO

Ingresa tu correo para recibir la columna de Gonzalo Cordero