La Presidenta se vio en el rol que le acomoda más, el de acoger a la gente, quedando para más adelante el que le corresponde a un gobernante, que es solucionar los problemas.
Publicado el 24.09.2015
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El gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet ha cifrado muchas esperanzas en el terremoto que afectó la semana pasada a algunas regiones del país, particularmente la de Coquimbo. Pretende que sea un punto de inflexión en la implacable historia de desafección entre la Mandataria y los chilenos que comenzara a los pocos meses de asumir su segundo mandato presidencial.

Tiene razones el gobierno para desear esto. Las últimas semanas estaban marcando nuevos records en la impopularidad presidencial: la desaprobación en el 70% y el apoyo en 22%. El ministro Nicolás Eyzaguirre había instalado además, con sus críticas a la labor del gobierno, un escenario que no podía ser peor. Se validaba toda la crítica opositora, incluso aquella referida a las reformas de Bachelet, ácidamente criticadas por quien fue uno de los responsables de implementarlas. Lo peor era que no se ofrecía una hoja de ruta para enmendar estos errores con lo cual la clase política y el país entero quedaban en la más completa perplejidad.

El ministro de Hacienda Rodrigo Valdés, por su parte, acometía una misión imposible: atenuar los negativos efectos de una reforma laboral hecha a medida de la CUT, que afectará gravemente la actividad económica, sin ningún instrumento ni poder para corregirla. Si ya era difícil su cometido como ministro de Hacienda con limitadas herramientas de política fiscal y enfrentando una economía estancada y caídas sistemáticas de la inversión por más de un año que no tienen visos de detenerse, cómo será ahora que debe agregar una rigidización del mercado laboral que dificultará la creación de empleos e incentivará los conflictos y las huelgas.

Por si alguien no tenía claro el efecto de una huelga sin reemplazo y sindicato único, que será la norma después de la reforma laboral, su sucesor en la Presidencia del BancoEstado, Guillermo Larraín, se encargó de demostrarlo pagando un millonario bono de término de conflicto equivalente a un 50% de las utilidades de la empresa. La ira de Valdés, empeñado además en demostrar austeridad fiscal, alcanzó para remover a Larraín pero no alcanza a ocultar cuál será el efecto sobre la economía de la reforma que él suscribe.

Si el ministro Valdés tenía la pretensión de mejorar las expectativas como elemento estratégico de su gestión, ha quedado claro en la tramitación de la reforma laboral, de manera casi patética (la presidenta de la CUT tiene más poder que él), que no cuenta con ninguna herramienta para hacerlo.

En medio de todo este panorama, el terremoto proporcionaba un escenario que algunos vieron propicio para la redención de Bachelet. En primer lugar, la oportunidad de reivindicarse de la chambonada que fue su actuación del 27 F, enfrentando esta vez un problema de mucho menor magnitud y alcance, por ello la pauta oficial se ha encargado sistemáticamente de subirle el perfil; con una ONEMI y un Ministerio del Interior mejor entrenados luego de tener que haber enfrentado varias catástrofes; y con la lección aprendida de la imprescindible presencia de las Fuerzas Armadas desde las primeras horas de la emergencia, dejando de lado aprensiones ideológicas.

Y así, la reacción de la administración de Bachelet frente a la catástrofe –una de las tareas más propias de la labor de gobierno– ha sido en general bien evaluada. La Presidenta se vio en el rol que le acomoda más, el de acoger a la gente, quedando para más adelante el que le corresponde a un gobernante, que es solucionar los problemas.

¿Significa ello que la tendencia al deterioro de la popularidad de Bachelet se revierte y el gobierno empezará a repuntar rápidamente en las encuestas?

Creemos que no.

Y la razón es muy simple: Bachelet no tiene nada que ofrecerle al país.

Cuando la televisión ya no pueda mostrar, por enésima vez, la costa de Coquimbo o de Tongoy arrasadas por el maremoto. Cuando los modestos daños que dejó el sismo estén cuantificados y se empiece a hablar de los acotados planes de reconstrucción de las zonas afectadas, y cuando la intensidad de las réplicas disminuya, la opinión pública se centrará nuevamente en su realidad cotidiana. Y allí surgirán los problemas de seguridad ciudadana, la débil actividad económica incapaz de proveer nuevos empleos o mejores remuneraciones, la dramática situación de la salud pública incapaz de atender las necesidades de la población.

Y el terremoto no habrá sido entonces más que un paréntesis, una suerte de veranito de San Juan que hace creer por unos días al comenzar el invierno (24 de junio) que las altas temperaturas anuncian que viene el verano, para caer en cuenta después que todavía queda por delante un crudo invierno.

 

Luis Larraín, Foro Líbero.

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