La derecha tiene que proponer y convocar, y por lo tanto ser capaz de hacer discutir a las distintas derechas para generar su plan de gobierno; nada sacará en limpio si las hace pelear ni mucho provecho si logra bajarlas antes de esta carrera presidencial.
Publicado el 26.09.2016
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Aunque hoy estemos ad portas de una elección municipal, ya se están tejiendo las estrategias para la votación presidencial del próximo año. En este contexto, aunque la derecha corre con ventaja y se haya instalado en la opinión pública que volverá a gobernar el país, hay ciertas tentaciones que parece conveniente evitar.

Primero, y quizás la más obvia, confiarse. Que la Presidenta sobreviva en torno a un mísero 19% de popularidad, que el desempleo aumente y que las reformas sigan en picada generan la sensación de triunfo fácil, pero quienes se confían bajan la guardia, quedando propensos a cometer errores. La liebre de la fábula, por confiada, termina perdiendo la carrera.

Tampoco es recomendable, para la derecha y para sus posibles pre candidatos presidenciales, achicar su sector. La gracia de tener una primaria con hartos candidatos es precisamente la posibilidad de llegar a más públicos y conquistar a diferentes sensibilidades. Darse el gustito de calificar a cualquiera que promueva mayor justicia de “estatista” o “populista”, aleja a todos quienes tienen una preocupación genuina por la justicia. Enfocar la discusión únicamente desde la perspectiva económica sería un error de principiante y garantizaría el mote de que la derecha solo gerentea.

En tercer lugar, debe vencer la tentación de petrificarse en el pasado: la discusión debe ser sobre el momento actual y el futuro; sobre propuestas y no sobre historia. En este sentido, es poco lo que debe detenerse en glorificar sus obras pasadas (ya sea la revolución económica de los 70, la reconstrucción o la eficiencia en la administración), pues todas ellas la harán entramparse en discusiones que sacarán el foco del proyecto de gobierno. Por otra parte, no hará más que polarizar la discusión y la derecha tiene que aprender, después de la elección presidencial de 1970 y del plebiscito, que esas no son buenas estrategias electorales.

Por último, y no menos importante, sería nefasto para las pretensiones presidenciales de Chile Vamos que se dejara seducir por la negación. Negarse a ver que ha cambiado la percepción sobre los políticos. Negarse, por ejemplo, a creer que detrás de los movimientos ciudadanos, y más allá del aprovechamiento de algunos, existen legítimas inquietudes e impaciencias ciudadanas. Negarse al rol de la sociedad civil y caer en la misma miopía de la izquierda, que sólo ve Estado y mercado. Y también, nadie sensato negaría que el Estado tiene un rol que cumplir, darse gustitos en este sentido no haría más que alejar adherentes.

En definitiva, la derecha tiene que proponer y convocar, y por lo tanto ser capaz de hacer discutir a las distintas derechas para generar su plan de gobierno; nada sacará en limpio si las hace pelear ni mucho provecho si logra bajarlas antes de esta carrera presidencial. Por muy tentador que parezca el atajo de determinar el candidato entre cuatro paredes, las segundas elecciones presidenciales con voto voluntario en nuestro país se decidirán en la capacidad de movilizar votantes, y unas primarias amplias constituyen más oportunidades para comenzar a crecer y fidelizar ahora que el compromiso del votante es más relevante que nunca, pues sólo él se levantará ese día a votar.

 

Antonio Correa, Director Ejecutivo IdeaPaís.

 

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO.