Los intelectuales públicos están compelidos a pensar en tensión entre pasado y futuro, en un arco de tiempo mayor que abarca la modernidad de los últimos dos siglos respecto del futuro próximo del siglo 21. ¿Están vigentes aún los ideales de la modernidad, a los que recurre Habermas para su crítica del momento histórico actual? ¿Puede la democracia subsistir a los mercados y a la comunicación digital masiva? ¿A la ausencia de ciudadanía y a la extendida desconfianza y el cinismo?
Publicado el 18.01.2017
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El debate intelectual chileno solía acomodarse a los contenidos, las pasiones y los ritmos de la política, de los partidos y las luchas del poder. Nada más apartado del intelectual tipo torre de marfil que nuestros intelectuales de la segunda mitad del siglo XX, mezclados con los ruidos de la calle, atentos al devenir de la historia, comprometidos con ideologías y concepciones de mundo, obsesionados con la suerte de su pequeño país que —en la imaginación de estos intelectuales— ha sido percibido siempre como un caso histórico excepcional.

Especialmente a partir de los años 1960, cuando la política adquiere particular intensidad en torno a la disputa por la transformación de la sociedad, la esfera público-intelectual se ve envuelta en la lucha ideológica y reproduce militantemente las categorías del reformismo, la revolución o la reacción.

Esquemáticamente, estábamos entonces frente a tres paradigmas: el de la modernización, encarnado por Jorge Ahumada y Roger Veckemans, acompañado por una fuerte corriente de políticas públicas y por la activa discusión del mundo católico más crítico, representado por el grupo de los jesuitas y la revista Mensaje; el de la intelectualidad marxista, en torno a la revista del CESO (Centro de Estudios Socioeconómicos de la UCH), en diálogo con otros sectores crítico-radicales como se manifestaban en torno a la revista del CEREN de la Universidad Católica de Chile y con la teología de la liberación; y el de la intelectualidad que reaccionaba (reaccionaria en este preciso sentido) frente a las intelectualidades militantes del cambio,  con los heterogéneos aportes del pensamiento católico-conservador, nacionalista, económico-tecnocrático y gremialista (“anti-política” y anti-democracia liberal) que se reúne en torno a Jaime Guzmán

La evolución de estas tres matrices político-intelectuales y de sus redes de alimentación e influencia durante las casi dos décadas de la dictadura y el cuarto de siglo de recuperación de la democracia es parte de una historia que no se ha escrito aún, pero que se halla vivamente presente en los debates actuales.

Por lo pronto, la matriz más débil, que llamamos reaccionaria, a la que entonces se agrega un elemento ideológico de seguridad nacional, adquiere supremacía absoluta durante la dictadura. Con el patrocinio de la fuerza militar impone, paradojalmente, una visión neoliberal de la economía y un control autoritario-conservador de los procesos políticos y culturales.

Luego, llegada la hora democrática, el pensamiento de la derecha queda fuera de lugar y deviene en un dispositivo meramente táctico, de acomodación a las nuevas circunstancias, sin contribución propia prácticamente en ningún ámbito del campo simbólico. Sus elementos constitutivos previos se disuelven bajo la presión supranacionalista de la globalización, el desgaste de las políticas neoliberales, la retirada del catolicismo-conservador y el completo desprestigio de la ideología de la seguridad que en su momento sirvió para racionalizar la violación sistemática de los derechos humanos.

En el otro ángulo del tablero, las corrientes político-intelectuales de izquierda, erradicadas de la esfera pública durante la dictadura, se renuevan, combinan y separan a partir de centros académicos independientes en Chile de la diáspora académico-cultural en el exilio y de la lenta recomposición de los partidos legalizados. De todos estos procesos intermedios —renovación socialista, acercamiento al mundo internacional socialdemócrata, intenso debate sobre los socialismos reales y la utopía comunista, y separación de aguas en torno a las formas de lucha contra la dictadura (“todas las formas”, incluida la violencia, versus la movilización democrática dentro del Estado no-democrático)— surgen eventualmente dos proyectos: (i) un sector mayoritario de impronta socialdemócrata y un programa reformista y (ii) un sector que agrupa a fracciones radicales reuniendo pensamientos de varias inspiraciones neomarxistas, populistas, de feminismo radical, de ecologismo duro, anti-globalización y anti-sistema, de capitalismo de Estado, etc.

Por su lado, al fin, el reformismo modernizante del tipo “revolución en libertad” y de “tercera vía” socialdemócrata ofrecen a partir de los años 1990 la plataforma político-técnica e intelectual para el reencuentro ideológico de un arcoíris de partidos que, bajo el lema de Concertación de Partidos por la Democracia, agrupa a liberales, democratacristianos, radicales, socialistas renovados con sus alas más y menos ortodoxas, ex-comunistas, neomarxistas blandos (a veces llamados gramscianos), católicos progresistas, etc.

 

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La apasionante historia del pensamiento político-cultural chileno de los últimos 50 años, y de la evolución de la esfera intelectual en sus aspectos institucionales, teóricos, comunicacionales, de importación y difusión de ideas, de filiaciones e hibridaciones, de continuidades y quiebres, todo eso comienza a aparecer ahora como una etapa que se cierra. Entramos, al parecer, a una nueva época intelectual-político-cultural a la cual dedico esta columna que, me sugirió un amigo, debía hacerla a la manera de un “téngase presente”. Es decir, solo para proponer el tema, exponer una intuición, iniciar una exploración.

Estamos, en efecto, frente a un momento en que los pensamientos heredados del siglo 20 parecen naufragar. En que muchos conceptos claves de la política y la cultura semejan ser conceptos-zombi (Ulrich Beck); muertos que andan vivos, a los que hacemos respiración artificial. Y en este clima, entre crepuscular y de amanecida, todo tiende a convertirse en “pos”: posmoderno, posdemocracia, posverdad, poscomunista, posliberalismo, etc.

Una característica propia de este momento es que la política, los partidos, las luchas del poder, dejan de ser la referencia para nuestros intelectuales públicos. Sus obsesiones son ahora otras, que no la coyuntura; sus disputas son por encrucijadas, no por islas.

Efectivamente, están forzados a hacerse cargo de lo que desapareció y de lo que emerge en el horizonte de la cultura del siglo 21. Asuntos tales como el fin del mundo soviético, la crisis de Occidente (¡sí, una vez más!), el retorno de las religiones, los dilemas de la bioética, el cuestionamiento de la razón, la difusión del populismo, el colapso de la esfera pública bajo el peso de comunicación digital, la evolución tecnológica, la relación de lo humano y las cosas, el gradual desaparecimiento del trabajo, el calentamiento global, el fenómeno plutocrático, la jaula de hierro de las burocracias y el panóptico, la emergencia de China, la universalización de los mercados, etc. No es este un tiempo para las minucias de la historia,

A nivel intelectual,  la globalización se manifiesta —en la profundidad del fenómeno, no en la superficialidad de la internacionalización— como la aparición de un conjunto de problemas y asuntos que son independientes del lugar, de la perspectiva nacional, del parroquialismo. Al contrario, obligan a pensar “glonacalmente”; esto es, de manera global-nacional-local, poniendo a Chile y sus asuntos en ese horizonte más amplio de crisis de los ideales modernos, por ejemplo, para poder entender los “malestares” que aquejan a nuestra civilización capitalista contemporánea.

No es posible, ya no más, pensar en una excepcionalidad chilena; ahora hay que pensar en el capitalismo y en la democracia y en el Estado y los mercados como fenómenos transnacionales y en sus expresiones y tendencias globales, para desde ahí buscar las claves de su “nacionalización” y “localización”.

Los intelectuales públicos están compelidos, asimismo, a pensar en tensión entre pasado y futuro, en un arco de tiempo mayor que abarca la modernidad de los últimos dos siglos respecto del futuro próximo que se desenvolverá a lo largo del siglo 21. ¿Están vigentes aún los ideales de la modernidad, a los que recurre Habermas para su crítica del momento histórico actual? ¿O están en tren de ser desplazados por un posmodernismo caracterizado por ideales más líquidos, inciertos, contradictorios a veces, oportunistas y adaptativos en ocasiones? ¿Puede la democracia subsistir a los mercados y a la comunicación digital masiva? ¿A la ausencia de ciudadanía y a la extendida desconfianza y el cinismo? ¿Hay una cultura que logre trascender el nihilismo y el sinsentido y pueda ofrecer orientaciones para la vida en las diferentes esferas materiales y simbólicas?

En Chile puede apreciarse un interesante movimiento de reflexión entre intelectuales públicos —consagrados y emergentes, pienso (sin orden alguno) en Carlos Peña, Arturo Fontaine, Pedro Morandé,  Eugenio Tironi, Jorge Larraín, Daniel Mansuy, Hugo Herrrera, Fernando Atria, Pablo Ortúzar,  Carlos Ruiz, Pablo Salvat, etc.— cuyas contribuciones (como antes las de Aníbal Pinto, Mario Góngora o Norbert Lechner) habrán de evaluarse: (i) por su relación con los nuevos temas y capacidad de ofrecer interpretaciones y sentidos que enriquezcan la comprensión del cambio de época; (ii) su relación con las tradiciones de pensamiento de los últimos 50 años.

En condiciones de pluralismo democrático, un campo intelectual está compuesto por múltiples voces, concepciones de mundo, ideologías, lenguajes y valores; igual como ocurre con mi lista, ilustrativa y arbitraria. El valor de las contribuciones en este campo no se mide tanto por las reglas de la academia, sino por la capacidad de orientación que poseen y por la posibilidad que tienen de alimentar de sentidos la continua conversación de la sociedad. En momentos de quiebre histórico, importa además como los miembros de dicho campo se comunican entre sí y con las corrientes de pensamiento contemporáneas.

Todo esto está por verse en ese campo intelectual. Y, por último, también su capacidad de irradiar hace la política y sus expresiones institucionalmente organizadas. Si antes la política llegó a comandar la vida intelectual de la República, cabe esperar ahora que ambas no se aparten completamente una de la otra, o que la política, en su actual debilidad, termine como sirviente de las ideas y del campo intelectual.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

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