La competencia para un cargo en el aparato público, desde el más complejo hasta el más modesto, es hoy un aspecto irrenunciable en una democracia que aspira al respeto de los ciudadanos y contribuyentes.
Publicado el 23.09.2016
Comparte:

Cada cierto tiempo, la Presidenta Bachelet nos recuerda que, para ella, la amistad es importante. Durante el gobierno anterior lo hizo instalando a una de sus más cercanas, María Angélica Álvarez –“la Jupi”-, como directora de Programación de la Presidencia. A principios de este segundo mandato, creó el Consejo Nacional de la Infancia, poniendo a la cabeza a su mejor amiga, Estela Ortíz, mientras destinaba a la hija de esta, Javiera Parada, y a “la Jupi”, como agregadas culturales de las Embajada de Chile en Estados Unidos e Italia respectivamente.

Esta semana quiso darle un empujoncito en su campaña para alcaldesa de Ñuñoa a Helia Molina, incluyéndola en la delegación oficial que la acompaña en Estados Unidos, permitiéndole, de esa manera, una exposición privilegiada ante los medios. De pasada, obsequió a su amiga una breve –y, para el Fisco de Chile, onerosa- estadía en la divina Nueva York, uno de los destinos más apreciados del mundo y a los que se vuela con cualquier pretexto.

Cuando el escándalo por un acto burdo de intervención electoral ya estaba desatado, fue un diputado de Chile Vamos el que hizo la pregunta del millón, corriendo el velo respecto del punto verdaderamente de fondo. ¿Por qué era Molina la elegida para acompañar a la Presidenta en una conferencia internacional sobre Infancia, en calidad de “sherpa” (asesora, en el castellano que usamos la mayoría de los mortales), y no Estela Ortíz, la secretaria ejecutiva del Consejo Nacional ad hoc creado, justamente, con ese objetivo? La respuesta oficial fue que estaba en un seminario en Perú, pero ¡vamos!, si usted es la autoridad nacional de un tema, ¿va a preferir estar en la máxima instancia anual de la ONU sobre la materia o en un seminario regional?

De manera que, en tres días, nos pusimos al día. Nos enteramos de que Helia Molina es ahora “la más experta de Chile” en infancia (sic de la candidata en El Mercurio). Que, además, la Presidenta está dispuesta, por una amiga candidata, a exponerse ante el país –que hoy tiene estándares de escrutinio infinitamente superiores a los de hace cuatro años-, transgrediendo una norma de ecuanimidad en las campañas electorales que ella misma acaba de promulgar, invitándola en exclusiva a un evento público, a un mes de la elección. Y que, ante un organismo de la envergadura de la ONU, su máxima asesora en Infancia no es quien está a cargo del Consejo Nacional ad hoc, sino una persona que, repentinamente, se presenta como su asesora en esa área.

Me temo que Michelle Bachelet no solo valora la amistad: la pone por encima de otras consideraciones que, en su calidad de Presidenta de la República, son hoy bienes superiores. Porque da igual si es amiga o no de ministras y asesoras, lo que ha generado dudas permanentementes es por qué han sido designadas para sus respectivas misiones, si por sus competencias para el cargo, o por su cercanía personal.

Citemos a Estados Unidos, porque digamos lo que digamos, es una –si no la más– de las democracias más sólidas de la Tierra. En un capítulo de Scandal (me enganché tardíamente con la serie, y me comí 20 capítulos el fin de semana del 18), cuando se filtra que una de las asesoras de prensa de la Casa Blanca habría tenido una aventura amorosa con el Presidente, el cuestionamiento central de los medios no es la caída en la tentación del “líder del mundo”, sino si la funcionaria obtuvo su puesto, a cambio de favores sexuales o por su mérito profesional. Porque la competencia para un cargo en el aparato público, desde el más complejo hasta el más modesto, es hoy un aspecto irrenunciable en una democracia que aspira al respeto de los ciudadanos y contribuyentes.

Me imaginaba a Michelle Bachelet y Helia Molina esta semana, al final de la jornada en Nueva York, riéndose de buena gana, tomando una tasa de buen té con pastelitos y comentando las noticias que llegaban de Chile. Como hacen dos buenas amigas, que se protegen y demuestran complicidad y lealtad a toda prueba.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

Ingresa tu correo para recibir la columna de Isabel Plá