El balance de la película es positivo, también para un católico, pues la erradicación del problema difícilmente se habría verificado sin la valiosa investigación de la que se da testimonio con gran calidad artística. Pero siendo positivo, no es suficiente: la película cuenta la verdad, pero no toda la verdad.
Publicado el 28.02.2016
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Spotlight, un filme nominado para 6 Premios Óscar, entre ellos el de la “mejor película”, cuenta una verdad incómoda para los católicos. Narra la apasionante investigación periodística que a principios del 2002 destapó los casos de pederastia en Boston. A partir de allí, como una especie de epidemia maldita, fueron saliendo al aire, primero en Estados Unidos y después en muchos otros países del mundo, casos similares.

Esta película narra una sorprendente y triste realidad. Expresa muy bien el asombro ante ese progresivo caer en la cuenta de las dimensiones del problema por parte de los periodistas, y el demoledor impacto que esto supuso para la fe de varios de ellos y para muchísimas personas, primero en Boston, pero a partir de allí en el mundo entero. Cuenta una verdad triste y lo hace muy bien.

Como sacerdote católico, lo confieso, pasé un mal rato al verla. Pienso, sin embargo, que aunque no nos agrade la verdad, ésta es siempre un don de Dios, “toda verdad viene de Dios”. De hecho, no es descabellado pensar que también vino de Dios este terremoto que supuso para la Iglesia ventilar tan aberrante realidad. Por supuesto que ha sido bueno que saliera a la luz, pues en caso contrario, muy probablemente seguiría habiendo nuevas víctimas e impunidad para los criminales. Es impensable que esta dolorosa enfermedad permaneciera soterrada; evidenciarla ha sido necesario para iniciar la terapia de curación.

Ése es, a mi juicio, a un tiempo el valor y el límite de Spotlight. Cuenta la verdad, lo cual es muy importante, y para los católicos, fundamental, pues nos ayuda a tener una fe madura. Nuestra fe está en Cristo, y en la asistencia del Espíritu Santo a su Iglesia, pero cada domingo rezamos el “Yo confieso”, pues somos conscientes de ser pecadores. El límite es que no cuenta toda la verdad, y no hay que olvidar que “una verdad a medias es la peor mentira”, precisamente porque es verosímil, creíble. ¿Qué le falta contar a Spotlight? Lo que sucedió después: la película concluye con la crisis de fe que sufrieron los periodistas y el pueblo norteamericano, pero no dice lo que hizo la Iglesia, primero en este país y siguiendo su ejemplo, en el resto del mundo, para erradicar el problema. No cuenta cómo después de esa dura prueba para la fe de los norteamericanos, a 14 años de distancia, esa fe ha renacido más fuerte, no ha decaído la religiosidad de ese pueblo, sino que ahora es más madura, y por lo tanto, sobrenatural en sus motivos.

Hoy por hoy, uno de los lugares más seguros para dejar a tus hijos son las instituciones católicas norteamericanas. Además, el prestigio, también moral, de la Iglesia y sus pastores en ese mismo país se ha recuperado (como lo confirma el reciente viaje del Papa Francisco). Spotlight está hecha, como cabe esperarse de un filme hollywoodense, para ganar premios, dinero y contar una historia. Pero si uno quiere conocer la “historia completa”, necesita de una segunda parte (lo que no es objetivo de la película ni de sus productores), que bien podría ser el documental Manzanas podridas de Rome Reports, el cual narra precisamente lo que sucedió después: La lucha decidida por sanear la institución primero en EE.UU. y después en el resto de la Iglesia durante el pontificado de Benedicto XVI. Esto, claro está, si uno desea tener la perspectiva completa, pues muchos prefieren quedarse con la visión parcial; no buscan la verdad sino justificar sus prejuicios.

El balance de la película es positivo, también para un católico, pues la erradicación del problema difícilmente se habría verificado sin la valiosa investigación de la que se da testimonio con gran calidad artística. Fruto de esta investigación, su consecuencia directa, ha sido el necesario e improrrogable proceso de purificación que vivió la Iglesia norteamericana y está viviendo ahora la Iglesia universal. Pero siendo positivo, no es suficiente: la película cuenta la verdad, pero no toda la verdad. Se precisa del esfuerzo crítico del espectador para completar el cuadro, pues si se queda sólo con el final de la película, con las sombras, le habrán contado una historia verdadera con una conclusión falsa.

 

Mario Arroyo, Sacerdote, Doctor en Filosofía.

 

 

FOTO: PRODUCCIÓN EL LÍBERO.