El centro está definido al antojo de cada individuo o partido político conforme a sus propios intereses, y todo el que tenga ideas distintas será mandado a algún lugar lejos de su hegemonía de centro. Por esto es que Fernando Atria pueda considerar a Ricardo Lagos un neoliberal o que Axel Kaiser considera a Andrés Allamand en sintonía con la izquierda colectivista.
Publicado el 19.03.2017
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Como en muchas dimensiones de la vida, el centro representa algo bueno. Es ese lugar en donde se encuentra la armonía, la fuerza mayor que permite la órbita de fuerzas menores a su alrededor. Para Aristóteles, en el centro es donde se practican las virtudes humanas, a saber, el justo medio entre dos vicios: uno por exceso y otro por defecto. De esta misma forma, para muchos el centro es visto como una posición políticamente virtuosa. Quienes pertenecen al centro serían aquellas personas libres de ideologías preconcebidas, las que dialogan y hacen uso razonable de la literatura académica y evidencia empírica. La realidad, sin embargo, es que el centro político es una ilusión, y si los partidos e ideas políticas de alguna forma pudieran ser ordenados linealmente, el centro sería, a lo menos, algo subjetivo.

El centro político se estaría tratando, entonces, de ese curioso lugar donde dicen habitar moros y cristianos. ¿Cómo puede ser que un despiadado liberal, dispuesto a legalizar todas las drogas, el aborto, y el mercado de riñones y córneas, despierte cada mañana con un socialcristiano que le reza a Dios y a Fidel? La respuesta es tautológica: no puede. El centro está definido al antojo de cada individuo o partido político conforme a sus propios intereses, y todo el que tenga ideas distintas será mandado a algún lugar lejos de su hegemonía de centro. Por esto es que Fernando Atria pueda considerar a Ricardo Lagos un neoliberal o que Axel Kaiser considera a Andrés Allamand en sintonía con la izquierda colectivista.

Lo que pasa en política es que el centro es visto por muchos como una posición de virtud, en circunstancias en que de lo último que se preocupan los partidos políticos es de la virtud de sus comensales. Los partidos políticos, en rigor, tratan de representar las ideas políticas repartidas en la sociedad. Las virtudes, como nos enseñaba Aristóteles, son hábitos que se les podrá juzgar de buenos o malos ―virtuosos o viciosos―; a las ideas, en cambio, se les juzga en cuanto son verdaderas o falsas.

Así las cosas, la atención de esta columna está en responder ―aunque imperfectamente― cómo encontrar un lugar en la amplia oferta de proyectos ideológicos que ofrece la política nacional. El primer consejo es no dejarse seducir por la idea del pensamiento de centro, porque en un esfuerzo intelectualmente honesto, no la va a encontrar. Si usted está más interesado en las virtudes que en las ideas políticas, siguiendo al Filósofo, juzgue a los candidatos por sus actos.

En el plano de las ideas, en tanto, vale la pena preguntarse si cree que el libre mercado es un instrumento ―o criterio― de justicia o si cree que es un mecanismo “éticamente neutral”. Si cree lo primero, y cree que el mercado lo hace bien, le aconsejaría seguir las ideas de Axel Kaiser; si cree que lo hace mal, dependerá de qué tan injusto lo considera para ver qué tan a la “izquierda” está usted: si cree que el mercado es un poco injusto, en algún lugar de la DC lo podrían acoger, mientras si cree que el libre mercado es el diablo, Fernando Atria, el PC o el Frente Amplio (Boric, Jackson y compañía) estarán muy gustosos de contar con usted. Si usted considera que el libre mercado es un mecanismo “éticamente neutro”, y por lo mismo juzga sus virtudes y limitaciones en función de su eficiencia, la distinción tendrá que ser antropológica.

A mi parecer, un buen criterio discriminante está en la definición del concepto de libertad individual y la relación que tiene el individuo con la sociedad. Si considera que la libertad es la ausencia de coacción, es decir, que su libertad termina cuando se cruza con el de enfrente ―libertad negativa según Isaiah Berlin―, usted está en sintonía con las corrientes liberales de Evópoli, Amplitud o Ciudadanos. Si cree, en cambio, que usted es el amo de su propia consciencia y es libre de perseguir sus propios propósitos, ya sean individuales o colectivos ―libertad positiva según Berlin―, usted tendrá sintonía con la corriente cristiana, ya sea social (Construye Sociedad; Piñera, a mi parecer; o en algunos sectores conservadores de la DC) o liberal (RN o UDI).

Todas estas distinciones, por supuesto, podrían estar sujetas a distintas especificaciones (diagnóstico histórico y económico, rol de la sociedad civil, religión, tradiciones culturales, familiares, etc.). Sin embargo, creo que debiesen ayudar al lector a reflexionar sobre dos conceptos claves a la hora de tomar banderas políticas: si es apropiado juzgar al mercado éticamente y, por otra parte, si en su idea de libertad individual considera al prójimo o no. Si hizo este ejercicio de ubicación política y no le hace sentido, a mi parecer está mal parado o, como yo, es de centro.

 

Andrés Berg, investigador Fundación P!ensa

 

 

FOTO: MARIO DAVILA/AGENCIAUNO