Solidarizar es orientar la libertad hacia bienes que van más allá de uno mismo, y por lo tanto no es una negación de la libertad social, es su complemento que permite sacar lo mejor de todos. No forzado, sino que libre y responsable. Al mismo tiempo, es el complemento para el discurso del mérito, porque incentiva la generación de las redes que son la base del desarrollo personal para auxiliar en la necesidad y no depender, únicamente, del Estado.
Publicado el 02.01.2017
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La caída del Muro de Berlín en 1989 fue el hito que marcó el derrumbe de los socialismos reales y el signo más patente del fracaso del proyecto de la izquierda revolucionaria del siglo XX. En nuestro país, que no escapó a la confrontación de la Guerra Fría, la defensa de la libertad fue el eje aglutinador de la derecha política contra el gobierno de Salvador Allende y, a la larga, el principal tronco de su programa político, tanto bajo Pinochet como durante los gobiernos de la Concertación.

Articulados bajo una lectura del principio de subsidiaridad que ha sido puesta en entredicho en los últimos años, el dominio técnico de un modelo económico exitoso en muchos ámbitos, la idea de mérito y la reducción del Estado, entre otras, siempre tuvieron como objetivo la defensa de la libertad. Al pararnos en el Chile del bicentenario, 30 años después del regreso a la democracia, podría pensarse que la derecha fue totalmente exitosa: el consumo se disparó  y hoy personas como José Joaquín Brunner y Eugenio Tironi —íconos del “No” y de las luchas contra la dictadura— defienden la libertad económica con “uñas y dientes”.

Sin embargo, desde la revolución pingüina en adelante algo estaba pasando, algo se estaba incubando, y empezaron a surgir dudas no desde la izquierda, sino desde el otro polo, acerca de la pura defensa de la libertad como ideal político. Es así que en torno a movimientos universitarios, en mi caso Solidaridad UC, se empezó a aglutinar un diagnóstico crítico de la mirada complaciente (y muchas veces estrecha) que había predominado en buena parte de la derecha durante los anteriores 30 años. Varias cosas nos llevaron a eso.

En primer lugar, había una crítica a entender —o al menos, dar a entender— la realización humana desde un punto de vista puramente material y, por tanto, la constante inclinación a fijar el parámetro del éxito del desarrollo y de las políticas públicas únicamente en aquello que incrementa los resultados macroeconómicos. Obviamente, la utilidad de las herramientas técnicas es innegable, pero insuficiente por sí sola para conducir los anhelos e inquietudes que siempre están presentes en una sociedad. A diferencia de tractores y máquinas, los ciudadanos tenemos ciertas aspiraciones, en suma, un sentido de trascendencia, que nos orienta y nos mueve actuar. Aquí radica la imposibilidad casi patológica de la derecha para empatizar con los anhelos ciudadanos, y la obsesión de responder a ellos con cifras y resultados económicos.

Criticábamos, también, esa visión que reducía la libertad a aquello que Isaiah Berlin llamó libertad negativa, es decir, la libertad como sola ausencia de coerción externa. Nuestra vida social busca algo más que no ser oprimidos, y por ende, algo más que elegir entre distintos productos en el supermercado, o entre Fonasa e Isapre. Desde luego, esto es un avance respecto de los Estados totalitarios, pero está lejos de colmar nuestras expectativas o de ser apto para dotar de legitimidad a cualquier orden.

Por otra parte, no basta con vencer la opresión y contar con ciertos grados elementales de libertad para sentirnos parte de una misma comunidad. En sentido estricto, si compartimos una empresa común es para participar en alguna medida de los beneficios que de ella se siguen. Si bien la igualdad absoluta predicada por la izquierda es inverosímil y peligrosa, la respuesta desde una visión estrecha de la igualdad de oportunidades asume que la vida sólo depende del mérito, olvidando que las redes de apoyo y el desigual acceso a distintos bienes condicionan la posibilidad de surgir. Aún más, olvidan que la razón por la cual vivimos en sociedad es alcanzar y compartir bienes humanos que no se consiguen en soledad.

¿Si no participo de los bienes que produce mi comunidad, qué hago ahí? ¿Qué tengo en común con los otros? Tampoco buscamos ser iguales, pero es imprescindible que exista alguna razón que dé sentido a la diferencia de resultado. Esto lo olvidó demasiadas veces, en su discurso y en sus prácticas, la derecha de la transición.

La discusión, por ende, versa sobre los medios: ¿cómo reducir la desigualdad? La izquierda siempre apela al estado. La derecha se ha dado cuenta de que ya no puede esgrimir como respuesta únicamente el mercado, porque el chorreo no llegó. El principio de solidaridad social nos lleva a complementar estos dos actores con la sociedad civil, en que los hombres libres se organizan y disponen para alcanzar bienes sociales. Es lo que comenzó a incubarse en la Universidad Católica y en otros lugares desde el año 2010; es lo que hoy entienden cada vez más actores públicos de este lado del espectro.

La izquierda tiene un fetiche con la Teletón, precisamente porque es una muestra de que la sociedad civil organizada puede lograr grandes empresas. Porque partimos de la base de que el Estado no lo puede todo y que los recursos son limitados. Solidaridad es orientar la libertad hacia bienes que van más allá de uno mismo, y por lo tanto no es una negación de la libertad social, es su complemento que permite sacar lo mejor de todos. No forzado, sino que libre y responsable. Al mismo tiempo, es el complemento para el discurso del mérito, porque incentiva la generación de las redes que son la base del desarrollo personal para auxiliar en la necesidad y no depender, únicamente, del Estado, posible presa de intereses partidarios.

Los nuevos tiempos han llevado a la derecha a entender, al fin, que la solidaridad no es expresión del populismo añejo de la izquierda, sino un elemento que nos protege de abandonar a cada uno a su suerte cuando llega la adversidad, alimentando los discursos que se nutren de la opresión. Esta es una buena noticia para Chile Vamos y para el país.

 

Antonio Correa, director ejecutivo IdeaPaís