Quienes hemos defendido a la solidaridad desde los patios universitarios y desde la sociedad civil sabemos que ella es el mejor complemento entre libertad y justicia; que es el motor para superar dicotomías entre Estado y mercado. Es por eso que el desafío es seguir remeciendo a una derecha inmovilizada, que olvida que la solidaridad es un barco que avanza e invita.
Publicado el 13.02.2017
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De un tiempo a la fecha el concepto político de la solidaridad viene haciendo eco en la centroderecha chilena, pues ya no se comprende exclusivamente como un calificativo usual en tiempos de crisis, sino como un principio de orden social capaz de inspirar instituciones, políticas de Estado y, por cierto, la cultura.

Tal es el avance en este entendimiento, que incluso candidatos presidenciales e intelectuales han hecho propio un trabajo que ha sido impulsado desde el mundo universitario y la sociedad civil hace bastantes años. Así, la inclusión de la solidaridad política no solamente es un disfrute marketero que puede calmar la consciencia de un sector anémico en ideas, sino que es una oportunidad para nutrir de relato –esto es, un relato solidario– las futuras apuestas políticas, permitiendo por fin gozar de un lenguaje político propio, que sea a fin de cuentas propositivo y no reactivo.

Sin perjuicio de ello, la novedad conceptual que ofrece la solidaridad no convence a todos. Todavía hay quienes sostienen que la solidaridad no sería más que un panfleto socialista que ocultaría entre sus ropas una pretensión estatizante y contraria a la subsidiariedad. Dicha disposición reticente y distante no es ninguna novedad. La actitud confrontacional con este concepto -que ya se instaló en la discusión política- comenzó hace más de seis años con el nacimiento de Solidaridad UC y se ha mantenido a través de una crítica anacrónica que no es consciente del escenario político actual: ¿Es la izquierda la que propone un Estado Solidario?

De ahí que no llame la atención que frente a la posibilidad de dotar de contenido las propuestas de la centroderecha, algunos asuman una posición tan distante con lo que puede ser el revés intelectual del sector, tildando al relato solidario –sin decirlo- de socialismo encubierto. ¿Será que olvidan que la solidaridad no hace más que promover la libertad y la responsabilidad individual en un contexto de justicia social, fortalecer la familia como sujeto político fundamental para la convivencia social y entender que las empresas no se desenvuelven solamente en la Bolsa de comercio, sino que juegan un rol trascendental en la sociedad civil, de la que no son espectadores sino uno de sus actores más activos? ¿No verán que la solidaridad es el complemento discursivo de la igualdad de oportunidades, del Estado Subsidiario y de la defensa de la libertad?

Quienes hemos defendido a la solidaridad desde los patios universitarios y desde la sociedad civil sabemos que ella es el mejor complemento entre libertad y justicia; que es el motor para superar dicotomías entre Estado y mercado. Es por eso que el desafío es seguir remeciendo a una derecha inmovilizada, que olvida que la solidaridad es un barco que avanza e invita. El despliegue del relato solidario será rápido y firme. Quien no se sume, no jugará el partido.

 

Pablo Valderrama, director de formación de IdeaPaís