Así como la solidaridad nos pone a salvo de caer en individualismos, es la subsidiariedad la que nos protege del colectivismo, ambos ciertamente contrarios al bien común.
Publicado el 17.08.2016
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El 18 de agosto de 1951 murió San Alberto Hurtado. Víctima de un avanzado cáncer, dejó de existir a los 51 años en el Hospital Clínico de la Universidad Católica, su alma mater. Como herencia dejó una incansable labor en beneficio de los más necesitados; la creación del Hogar de Cristo y una fecunda labor de formación de jóvenes a través de la Acción Católica. Todo fruto de su profunda vida interior, apostolado personal y amor a Dios.

Al poco tiempo de su muerte, el 18 de agosto fue declarado como “Día de la Solidaridad”. Juan Pablo II lo elevó a los altares en 1994 como beato y en 2005 Benedicto XVI lo canonizaría en la Plaza de San Pedro, con la presencia de una nutrida delegación chilena. La valoración de su figura sería transversal, al punto que el Presidente Ricardo Lagos -sin ocultar su propio agnosticismo- lo trataría como “nuevo padre de la patria”. En definitiva, San Alberto Hurtado sirvió con fidelidad tanto a la Iglesia como a Chile.

Su labor de asistencia al más necesitado, su llamado a la urgencia de más sacerdotes santos o sobre la importancia del matrimonio y la familia, su trabajo de difusión del pensamiento social de la Iglesia o su misión educativa sigue viva y, por cierto, inconclusa. En ese sentido, es muy pertinente que el país celebre durante todo agosto el “Mes de la Solidaridad”.

Sin embargo, por desgracia, la solidaridad es utilizada la mayoría de las veces como un adjetivo, un signo decorativo de algún discurso o propuesta. Peor aún, es su tratamiento como lugar común o frase hecha que la corrección política exige en nuestros tiempos.

En cuanto principio del orden social, la solidaridad exige a la autoridad política el fomento de estructuras sociales justas por medio de la legislación, la cultura o las reglas del mercado. Así, si en el país existen casos de colusión entre privados que perjudican la confianza pública o el interés de los ciudadanos, es la solidaridad la que exige justicia, y, por ende, acabar con ella y generar las condiciones óptimas para un mercado abierto y competitivo. Del mismo modo, es la propia solidaridad la que urge a la comunidad política a hacerse cargo de diversas situaciones injustas como el abandono de las mujeres con embarazos complejos, el confinamiento de los más pobres en las zonas periféricas de la ciudad y el financiamiento de los estudios superiores de aquellos jóvenes que lo necesiten.

Algunos ven una contradicción entre los principios de subsidiariedad y el de solidaridad. Sin ir más lejos, hace pocas semanas la entrada al centro de Santiago por la Ruta 5 estaba adornada con uno de los tradicionales lienzos de la “Brigada Chacón” ligada al Partido Comunista. En él se pedía reemplazar la subsidiariedad del Estado por la solidaridad, presentando ambas cosas como contradictorias.

Como bien sabemos, la gente del PC no es tonta y entienden que la subsidiariedad es -en los hechos- el mayor límite a una intervención estatal desmesurada, innecesaria y muchas veces asfixiante. Además, éste suena como un principio económico, que busca la eficiencia y la maximización de las utilidades más que el bienestar social. Al mismo tiempo saben que, a oídos de cualquiera, la palabra solidaridad evoca lo mejor de nuestra cultura e historia: el sacrificio, la entrega y la generosidad hacia el Hogar de Cristo, la Teletón o las múltiples campañas de “Chile ayuda a Chile”.

Ignoran que ambos son principios de justicia -no de eficiencia- y necesarios para un orden justo y libre. La actualidad de su interpretación armónica se encuentra de manifiesto en el discurso del Papa Francisco ante el Congreso de Estados Unidos en el que expresaba que “construir un futuro de libertad exige amor al bien común y colaboración con un espíritu de subsidiariedad y solidaridad”. Así como la solidaridad nos pone a salvo de caer en individualismos, es la subsidiariedad la que nos protege del colectivismo, ambos ciertamente contrarios al bien común.

Al mismo tiempo, es posible mirar la solidaridad como una virtud moral, en cuanto encierra la determinación firme de empeñarse por el bien común. Se trata de una interpelación directa a cada persona que compone la sociedad y es, por un lado, un llamado al cumplimiento del propio deber (el trabajo bien hecho, la dedicación a la familia por parte de los padres o la preparación de las clases que debe hacer un profesor) y, por otro, la preocupación por los miembros de la comunidad como si fuera uno mismo.

Como bien sostenía Juan Pablo II en Chile en su discurso a la CEPAL en 1987, la solidaridad como actitud de fondo implica, en las decisiones económicas, sentir la pobreza ajena como propia, hacer carne de uno mismo la miseria de los marginados y, a la vista de ello, actuar con rigurosa coherencia”.

Esa actitud de fondo es la que vivificó el querido Padre Hurtado, sintió la pobreza y la miseria ajena como si fuera propia y toda su vida fue un ejemplo en el servicio de los que más lo necesitaban. Con toda razón agosto es un mes para celebrar, para cuestionarnos las injusticias del Chile actual pero por sobre todo para que cada uno de nosotros actúe con rigurosa coherencia.

 

Julio Isamit, Coordinador General Republicanos.

 

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO D. /AGENCIAUNO

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