El problema de fondo está aquí en que se hizo evidente lo que es natural, pero que pocas veces se aprecia de forma tan clara. El socialismo coloca unas máximas, hace unas definiciones, que los propios socialistas no pueden seguir cuando se trata de su propia billetera. Valen para los demás, pero no para el patrimonio propio, pues ahí se aplica la lógica del viejo chiste en que el socialista previene al entusiasta dirigente de su partido: “No se pueden expropiar los pollos, pues, compañero, ve que los pollos son míos”.
Publicado el 15.05.2017
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La semana recién pasada fue inevitable recordar la intervención del diputado español Gabriel Rufián –él diría catalán- en el debate que antecedió a la investidura de Mariano Rajoy como Presidente del Gobierno español. En ese largo debate, este joven parlamentario de izquierda, miembro de Súmate y cercano a Podemos, interpeló en términos particularmente duros a sus colegas del Partido Socialista: señores del PSOE -les dijo- no les da vergüenza ser socialistas, pero neoliberales; no les da vergüenza ser socialistas, pero estar sentados en los consejos de administración de las eléctricas.

La verdad es que a los miembros del PSOE no parece darles vergüenza ni una ni otra cosa, pero probablemente sí les incomoda que se les interpele por ello, que se exponga públicamente la contradicción que entraña para sus símbolos y alguna parte de su discurso, esa dimensión de sus vidas personales.

Ese es el problema de fondo para los socialistas chilenos, muy parecido al de sus homólogos españoles, provocado por el programa de TV que hizo públicas las inversiones de la colectividad. No les da vergüenza asumir el mercado, sus instrumentos y sus reglas, por qué habría de darles si es asumir la realidad tal cual es, pero sí les ruboriza el que se hagan públicas esas inversiones, esa dimensión tan “administrativa” del partido, porque los deja en abierta contradicción con su discurso político.

Imagino que los distintos presidentes de la colectividad de la bandera roja con el mapa de Sudamérica, Cuba incluida, el partido del puño en alto, la imagen de Allende y que todavía canta “la internacional”, se vieron enfrentados al deber de administrar de la mejor manera posible un patrimonio importante, muy importante en realidad. Entonces, hicieron lo que cualquier persona responsable en su situación haría: buscaron asesoría entre gente de su confianza, los que idearon una estrategia de portafolio diversificado en instrumentos del mercado financiero.

En palabras de mi profesor de derecho civil, se comportaron con la diligencia que un buen padre de familia aplica en la administración de los negocios ajenos; el punto es que, al hacer lo que hicieron, validaron varias cosas. A saber, que el mercado financiero tiene la virtud de premiar la productividad a través de un conjunto de intercambios que es bastante transparente y objetivo, en que las decisiones de las compañías cuyos títulos se transan se evalúan por razones técnicas, por sus resultados, maximizando el valor de sus accionistas y bonistas, porque si no lo hacen así el mercado los castiga de inmediato, vale decir, castiga la inversión de aquellos que confiaron en su gestión.

Por eso, los “buenos padres de familia” que presidieron el PS durante todos estos años invirtieron como hacen los buenos capitalistas, colocaron su inversión allí donde está fuera de las influencias políticas, de las ideologías, de las decisiones de la Alta Dirección Pública y, ojalá, de las regulaciones que ellos mismos promueven en el Congreso. Se fueron más bien al medioambiente donde impera la máxima de Milton Friedman que dice que la única finalidad de la empresa es crear valor para sus accionistas.

El problema de fondo está aquí en que se hizo evidente lo que es natural, pero que pocas veces se puede apreciar de una manera tan clara y concreta. El socialismo coloca unas máximas, hace unas definiciones, que los propios socialistas no pueden seguir cuando se trata de su propia billetera. Valen para los demás, pero no para el patrimonio propio, pues ahí se aplica la lógica del viejo chiste en que el socialista previene al entusiasta dirigente de su partido: “No se pueden expropiar los pollos, pues, compañero, ve que los pollos son míos”.

Me parece que quienes acusan conflictos de interés y esas cosas caen en la lógica de la paranoia que la misma izquierda ha instalado. Pero allí no está el problema, tampoco importa si el fideicomiso que ahora tienen por obligación legal es ciego o no. Todo eso puede ser entretenido para la prensa, puede ser buen material para los memes y aumentar el tráfico de las redes sociales, nada más. Los dirigentes socialistas, especialmente los que han dirigido el partido, son políticos serios que no andan haciendo “chanchullos” para ganarse tres pesos más.

Todos esos dirigentes son buenos padres de familia para invertir y buenos socialistas para gobernar o para legislar. Ahí está el problema, que ambas definiciones son contradictorias, y lo son porque la realidad tiene para con ellos la descortesía de contradecir sus discursos.

Termino estas reflexiones con los versos de un gran cantante socialista y catalán –como Rufián- del que me declaro devoto admirador. Los versos vienen a cuento, porque los dirigentes del puño en alto harían bien en dejar de lado las caras de sorpresa, ese estupor grave y afectado que no les cree nadie para, en lugar de ello, mirar a sus militantes y electores a los ojos y decirles:

 

“No escojas sólo una parte,

tómame como me doy,

entero y tal como soy,

no vayas a equivocarte.

 Soy sinceramente tuyo,

pero no quiero, mi amor,

ir por tu vida de visita,

vestido para la ocasión.

Preferiría con el tiempo

reconocerme sin rubor.

 Y no es prudente ir camuflado

eternamente por ahí

ni por estar junto a ti

ni por ir a ningún lado

Nunca es triste la verdad,

lo que no tiene es remedio”.

Bello

 

Gonzalo Cordero, #ForoLíbero

 

 

FOTO: VICTOR PEREZ/AGENCIA UNO

 

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