Está muy bien que el canciller Muñoz se reúna en privado con la disidente venezolana, pero lo que ella espera de Chile es un pronunciamiento público como los que su país no titubeó en entregar hace décadas cuando acá se violaban los derechos humanos.
Publicado el 16.04.2015
Comparte:

Retrocedamos a 1992, cuando un joven teniente coronel del Ejército venezolano cumplía pena de cárcel por el fallido golpe de Estado que había liderado contra el gobierno democrático del Presidente Carlos Andrés Pérez (criticable por muchas razones, dirán algunos, pero democrático al fin). El oficial no estaba preso por conspiración golpista, ojo, ni tampoco por un intento de sublevación a medias de esos que terminan con mucho ruido y pocas nueces, sino por haber protagonizado un alzamiento militar en toda regla —con tanques, aviones y soldados—, que únicamente fracasó tras duros combates con fuerzas leales y más de 30 muertos entre uniformados y civiles, además de decenas de heridos.

A pesar de la evidencia en su contra, y aunque él mismo se había jactado ante las cámaras de su rol clave en la abortada insurrección, Hugo Chávez disfrutaba en prisión de un régimen de visitas inusitadamente generoso que no sólo le permitía recibir a parientes y amigos, sino también reunirse con actores políticos que luego manifestaban públicamente su apoyo al naciente movimiento bolivariano y a su encarcelado líder, abogando por su liberación. La gente hacía largas filas esperando turno para saludar en persona al carismático paracaidista, entregarle regalos y escucharlo perorar contra los gobiernos democráticos de lo que él llamaba la “Cuarta República” —en esencia, las cuatro décadas anteriores—, sin que las mismas autoridades que habían sobrevivido a su golpe de Estado pusieran límites a la activa agenda política del prisionero.

Dos años después, Chávez y sus compañeros de aventura fueron amnistiados y sus causas sobreseídas por decisión del sucesor de Pérez, y la única condición para dejarlos en libertad fue que colgaran el uniforme.

Retrocedamos otros 20 años, a mediados de la década de 1970, cuando miles de chilenos llegaban a Venezuela huyendo de la dictadura de Pinochet. El gobierno venezolano de la época no hizo preguntas y simplemente les abrió las puertas de par en par, entendiendo que así cumplía con un mínimo de consecuencia democrática. También pasaron por Caracas muchos chilenos que pedían condenar sin eufemismos los abusos del régimen militar, algo que nunca les costó mucho trabajo conseguir de los demócratas venezolanos. De hecho, en la localidad de Colonia Tovar se gestó en 1975 el embrión de lo que más adelante sería la Concertación, una deuda insuficientemente reconocida hasta el día de hoy.

Volvamos ahora al presente, a ver si hay semejanzas o diferencias con el pasado que ayuden a dimensionar mejor la actual crisis venezolana y la relación de Chile con ella.

El líder opositor Leopoldo López está preso hace más de un año no por liderar un alzamiento armado cruento, sino por su presunta participación en un complot para derrocar al gobierno y por la también presunta intención sediciosa de sus llamados a protestar contra el Presidente Maduro. De esto no existen pruebas, pero la sola acusación del Palacio de Miraflores ha bastado para poner a López tras las rejas sin juicio previo y en un cuartel militar.

A diferencia de Chávez en 1992, López no ha comandado unidades de las FF.AA. en un ataque contra el gobierno legalmente constituido, pero aun así los herederos políticos del líder bolivariano le prohíben recibir visitas en su celda y restringen severamente sus actividades. Y también a diferencia de Chávez, cuyo golpe fallido fue rápidamente condenado por la comunidad internacional, la detención arbitraria del ex alcalde caraqueño ha levantado un coro de protestas a nivel mundial (Chile figura entre los países que han optado por guardar silencio), aunque hasta ahora sin resultados.

¿Y qué decir de las visitas que, como las que hacían los chilenos a Venezuela hace 40 años en busca de solidaridad contra la dictadura, hoy realizan muchos venezolanos de oposición para pedir una condena más firme contra los abusos del chavismo? No son pocos los que han venido a Chile con ese propósito en años recientes.

Sin ir más lejos, la esposa de Leopoldo López viajó por estos lados con la esperanza de obtener muestras de respaldo por la situación de su marido, pero no es probable que tenga éxito allí donde otros venezolanos han fracasado antes que ella, al menos en lo que concierne a La Moneda. Está muy bien que el canciller Muñoz se reúna en privado con la disidente venezolana, pero lo que ella espera de Chile es un pronunciamiento público como los que su país no titubeó en entregar hace décadas cuando acá se violaban los derechos humanos.

Lo anterior no equivale a comparar a Maduro con Pinochet, como alegan los partidarios chilenos del chavismo. Más bien se trata de un llamado a la consecuencia democrática y a la honestidad intelectual: las libertades políticas y los derechos humanos hay que defenderlos siempre y en todas partes, por las mismas razones y con la misma fuerza. El doble estándar, a la larga, no rinde dividendos.

 

Marcel Oppliger, Periodista y autor de “La revolución fallida: Un viaje a la Venezuela de Hugo Chávez”.

 

 

FOTO: JORGE FUICA/AGENCIAUNO