Lo más probable es que a mediano plazo estemos discutiendo si preferimos que la coalición de gobierno apoye a MEO o se permita la reelección de la Presidenta Bachelet.
Publicado el 25.01.2015
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Con su propuesta de que la derecha converja en un solo partido, el Senador Allamand instaló un debate útil y necesario, puesto que todo indica que la oposición enfrentará las próximas elecciones en las peores condiciones desde el retorno de la democracia.  No es la mera expresión de un carácter depresivo imaginar que lo peor aún está por venir y, por lo tanto, que la centroderecha tiene que hacer un análisis profundo, tanto de cómo llegó hasta aquí, como de lo que debe hacer para reencontrarse con el respaldo ciudadano.

La última elección parlamentaria fue un fracaso cuyas consecuencias están comenzando a sentirse, puesto que la nueva mayoría controla el Congreso y la oposición no tiene votos para moderar, ni menos para impedir, ningún proyecto de la izquierda.  El resultado es la avalancha de reformas presentadas y por presentarse,  que apuntan a un cambio profundo del modelo de desarrollo, del sistema político y de la organización institucional del país.

Pero la derecha no solo se quedó sin votos, ahora también ha quedado sin voz, puesto que el denominado caso Penta ha paralizado a la UDI y la tiene “en el rincón”, defendiéndose en un demoledor debate judicial, mientras la retroexcavadora avanza con prisa y sin pausa. Pero, la verdad, esta pérdida de voz es un proceso que venía desde hace rato, cuando muchos de los dirigentes de ambos partidos fueron progresivamente sumándose a la lógica igualitarista, con lo que dejaron de sostener un proyecto político propio y alternativo al de la izquierda.

Modestamente quisiera exponer algunos puntos que me parecen básicos para volver a construir una alternativa política eficaz.

1.- Reconocer los errores.  Lo he dicho antes y lo sostengo, el gobierno del Presidente Piñera tuvo un diseño político claramente equivocado.  Con la mejor intención buscó legitimar a la centroderecha  a través de señales y símbolos que, en la práctica, solo lograron validar el diagnóstico, el discurso y el proyecto de la izquierda.

Desde el gobierno la centroderecha validó la tesis de que la desigualdad es el gran problema de nuestra sociedad, que los empresarios son grandes abusadores y que el Gobierno es una suerte justiciero de las relaciones sociales.  Eso fue lo que se transmitió con la reforma tributaria, el rol del Sernac y las trabas que se puso a proyectos de inversión mediante declaraciones y discursos “para la galería”.

Coherente con lo anterior se impulsó el cambio al sistema de voto, desde uno de padrón con inscripción voluntaria y voto obligatorio, a otro de inscripción obligatoria y voto voluntario.  Este cambio fue muy importante en las debacles electorales del 2012 y 2013, por si fuera poco ya se anuncia que estamos en camino de lo que es el peor de los mundos en esta materia para la actual oposición, la inscripción obligatoria y el voto obligatorio.

Este fue el proyecto de construcción de una “nueva derecha”, cuyo resultado concreto es que esa nueva derecha nunca nació y a la vieja la tenemos en las cuerdas, bastante cerca del knock out técnico. Nada de esto lo digo con ánimo auto flagelante; es más, hasta el momento creo que la única opción presidencial viable de la oposición es el ex Presidente Piñera, pero ningún esfuerzo que parta sin reconocer estos errores se podrá levantar y la derecha solo seguirá de tumbo en tumbo.

2.- Asumir la gravedad del actual escenario. La Nueva Mayoría está usando el poder que tiene sin ningún complejo ni restricciones.  A los cambios económico sociales se suman los cambio del sistema electoral y del mapa de los distritos, luego vendrá la discusión constitucional; ha quedado claro que la democracia cristiana no representa ningún factor de moderación y ante la ausencia de candidato de los sectores moderados, lo más probable es que a mediano plazo estemos discutiendo si preferimos que la coalición de gobierno apoye a MEO o se permita la reelección de la Presidenta Bachelet.

Aún cuando la oposición lograra levantar una opción presidencial competitiva, si no cuenta con un proyecto claro, con nuevos rostros y verdadera unidad, puede ir despidiéndose por un par de generaciones de ser opción de poder.

En el fondo, lo que toda la dirigencia de la centroderecha debiera asumir es que se está jugando la vida política del sector en los próximos tres años, si no tienen la capacidad de enfrentar esto unidos y sigue la frivolidad de la pelea chica, los personalismos y el “fuego amigo”, se van a terminar yendo casi todos para la casa y los pocos que queden probablemente se verán reducidos a lo que ha sido la derecha argentina en los últimos treinta años: un grupo de opinión irrelevante políticamente.

3.- Un mínimo común denominador.  En tiempos de crisis no queda otra opción que definir un núcleo de posiciones que representen la esencia del sector y alrededor de ellos estructurar un proyecto común.  Pero esto no se ve fácil, por dos razones: primero, porque desde hace años en la centroderecha se ha ido perdiendo progresivamente la adhesión por el modelo de desarrollo fundado en una economía liberal.

Cada vez son más los parlamentarios y dirigentes que pretenden ser representantes de la centro derecha, pero que se suman a las voces que piden más regulaciones estatales, que apoyan el crecimiento del Estado y que ceden al discurso que busca limitar el rol del mercado en la asignación de los recursos.

Segundo, porque hay profundas diferencias valóricas que siguen siendo un factor que la centroderecha no logra administrar racionalmente.  Personalmente creo que sólo se puede construir una opción política viable si se reduce el mínimo común denominador a la promoción y defensa del modelo de desarrollo fundado en la economía libre, asumiendo que las diferencias en temas valóricos quedan dentro del ámbito de la diversidad aceptable dentro de un proyecto político.

Pero el realismo me indica que la adhesión al modelo de desarrollo es demasiado débil y las diferencias valóricas son demasiado fuertes. O sea, la peor combinación.

4.- Renovación, renovación, renovación.  El momento que atraviesa la UDI ha levantado la tesis de que la crisis requiere volver a liderazgos más experimentados.  Por el contrario, si algo debe enseñarnos el momento actual del sector, no solo de la UDI, es que es indispensable un proceso de renovación de los liderazgos en una triple dimensión: hay que abrir las puertas a los jóvenes, si algo tiene la sociedad actual es el vértigo por el cambio, la visión del tiempo ha cambiado, los ciclos en todos los ámbitos son más breves.

Pero también hay que hacer una renovación que muestre la diversidad social que debe ser inherente a un proyecto fundado en la libertad individual y el mérito.  Es verdad que todavía la derecha se ve demasiado como expresión de una clase social, eso debe cambiar y lograrlo requiere la voluntad activa de sus dirigentes.

En tercer lugar, debe haber una renovación que descentralice los liderazgos, en ese sentido es fundamental ir a las universidades regionales, semillero natural de líderes que enriquezcan a una dirigencia que pretende ser representativa de las distintas realidades del país.

5.- El orden de los factores altera el producto.  Ya sea que la centroderecha se redefina alrededor de un solo partido, como propone el Senador Allamand, o en una coalición más amplia y estructurada que la actual, hay una decisión estratégica insoslayable.  Empecé esta columna diciendo que la derecha hoy no tiene ni voz ni voto, esta frase resume también las dos aproximaciones a la forma de hacer política que conviven en su interior.

Cualquiera sea la forma de organizarse, habrán algunos cuya estrategia será tratar de volver a tener votos para poder volver a tener voz.  Ese es, en mi opinión, el camino equivocado y que se funda en construir un discurso que diga lo que la gente quiere escuchar.  Es la posición de los que nos decían que “Chile cambió” cuando algunos reclamábamos que el gobierno pasado se estaba subiendo al discurso de la desigualdad y el abuso.

La otra opción, a la que adhiero, es que es necesario volver a tener voz, para poder aspirar a volver a tener votos. Las elecciones parlamentarias son las que definen el sistema político y la Nueva Mayoría presentará a las próximas elecciones un abanico de opciones y matices bajo una identidad común.  Sólo una alternativa a ésta con liderazgos claros y contrastantes podrá convocar y ser competitiva.  Confundirse en un discurso deslavado no sintoniza con el momento político del país, la depresión de sus adherentes y la profundidad de los nuevos cambios que van a estar en juego en la próxima elección presidencial.

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

 

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