La muerte de Castro ha servido para demostrar que gran parte de los políticos chilenos son hipócritas y necios. Mandan sus condolencias “hasta la victoria siempre” a quien gobernó un país por medio siglo sin convocar a elecciones y del que la gente escapa flotando en neumáticos, y fue sucedido por su hermano de 85 años.
Publicado el 28.11.2016
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El pasado 25 de noviembre, a los 90 años, falleció Fidel Castro. Llevaba ininterrumpidamente 58 años en el poder ejerciendo una brutal dictadura. Fue la figura política latina más influyente de la segunda mitad del siglo XX. También la más siniestra. Su legado va más allá de subyugar y empobrecer a Cuba, para igualmente patrocinar insurgencias armadas que costaron cientos de miles de vidas en la región.

La revolución nunca se trató de llevar prosperidad a los cubanos. Siempre fue sobre el propio Fidel, inteligente, perseverante y audaz, con una fatal arrogancia para prescribir y proscribir a su antojo. Quería cambiar el mundo a tiros. Quizás por ello reemplazó su segundo nombre, Hipólito, por Alejandro. Durante su adolescencia en un colegio jesuita seguía con admiración las victorias alemanas de la Segunda Guerra Mundial. Más tarde encontraría que no hay grandes contradicciones entre fascismo y comunismo; por algo Stalin y Hitler pactaron juntos el desguace de Polonia.

Castro persiguió con saña a quien le recordara su promesa de traer a Cuba democracia y libertad. A los opositores que pudo los fusiló, y los que se le escaparon tuvieron que arriesgar sus vidas en aguas infestadas de tiburones tratando de llegar a la costa estadounidense. Los demás permanecen en las cárceles del régimen, sufriendo las peores torturas por pedir mínimas cotas de libertad para el pueblo cubano.

En lo económico Castro hizo retroceder a Cuba medio siglo, pero es que la tiranía ni siquiera puede exhibir a la igualdad como argumento exculpatorio de su apabullante injusticia. Muy pronto, como bien saben los cubanos, apareció una nueva clase privilegiada, los altos cargos del Partido Comunista, enriquecidos obscenamente a costa del pueblo. Los 800 millones de euros que Castro se llevará a su tumba son parte de la evidencia.

Esta es la auténtica realidad del régimen cubano que la progresía y miles de revolucionarios de pacotilla desde sus confortables hogares en las “perversas” sociedades capitalistas han estado elogiando durante décadas, como si en lugar de un criminal, Castro fuera el dechado de virtudes democráticas que los políticos de izquierda y medios afines han intentado vender. Es una lástima que los cubanos no puedan leerlos por la censura a internet que sufren. Y es una pena que no haya imágenes en vivo de lo que pasa hoy en Cuba con su muerte. Sí podemos ver, en cambio, lo que acontece en Miami con los cubanos. ¡El pueblo es una fiesta!

La muerte de Fidel Castro ha servido para demostrar que gran parte de los políticos chilenos son hipócritas y necios. Mandan sus condolencias “hasta la victoria siempre” a quien gobernó un país por medio siglo sin convocar a elecciones y del que la gente escapa flotando en neumáticos, y fue sucedido por su hermano de 85 años.

Por ello, cuando se pregunte por el estado de deterioro de Chile de los últimos tres años, el clima de hostilidad y descontento que reina en la sociedad, la toma de las calles de parte de encapuchados que dejan tierra rasada a su paso y, en fin, el rumbo que ha tomado la cosa pública, quizás la explicación se encuentre en el obituario de la Presidenta Bachelet a uno de los peores tiranos de la historia: “Mis condolencias al Presidente Raúl Castro por la muerte de Fidel, un líder por la dignidad y la justicia social en Cuba y América Latina”

 

Eleonora Urrutia, abogada y MBA