Es extraño que la Presidenta haya mantenido total silencio cuando ha tenido la oportunidad de demostrar el compromiso que asegura tener con los derechos esenciales, frente a hechos de notorio atropello a la dignidad de las personas y a la democracia.
Publicado el 30.01.2015
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La Presidenta Michelle Bachelet reúne tres datos biográficos que la ponen en el mejor lugar de la historia para jugar un papel internacional relevante en la defensa de los derechos humanos.

El primero: goza de liderazgo en América Latina. Además de estar en su segundo mandato presidencial, fue durante más de dos años la primera autoridad de ONU Mujeres y recorrió el mundo defendiendo causas femeninas, la mayoría de las cuales pueden adscribirse al ámbito de los derechos humanos.

El segundo dato: su vida personal y política está cruzada por acontecimientos dolorosos y por la represión. Por esa experiencia, ha asegurado en innumerables ocasiones que está comprometida con los derechos humanos y en fechas emblemáticas para Chile se encarga de recordárnoslo metódicamente.

Y el requisito que le confiere tal vez más poder en esta materia: es de izquierda, un sector que se arroga en Chile y en el mundo cierta exclusividad en la defensa de los derechos humanos, ya sea porque tiene una especial sensibilidad con los más débiles (una interpretación generosa), ya sea porque se ha construido en las últimas décadas un discurso que se apropia de un capital universal (una explicación, me temo, más realista).

A esos poderosos datos biográficos, vamos a agregar un elemento local, no por eso menos relevante: desde marzo de 2014 está teniendo permanentes presiones desde un sector de la Nueva Mayoría, para que, en coherencia con el discurso de la izquierda en Chile, fije una posición nítida frente a la situación de los derechos humanos y la democracia en Cuba y Venezuela. Esta semana ha sido permanente la presión para que interceda por Leopoldo López, líder de la oposición a Maduro, encarcelado desde hace casi un año y quien, por cierto, cuando estuvo en Chile en 2013 participando en un seminario socialista, se reunió y fotografío con ella.

Es entonces extraño que la Presidenta haya mantenido total silencio cuando ha tenido la oportunidad de demostrar el compromiso que asegura tener con los derechos esenciales, frente a hechos de notorio atropello a la dignidad de las personas y a la democracia.

Mantuvo silencio cuando las Damas de Blanco –  la organización cubana de reclamo por derechos humanos más visible –le pidieron audiencia, hace un año, mientras asistía como mandataria electa a la segunda versión de la Cumbre CELAC en La Habana. Su negativa contrastó entonces con la decisión del Presidente Sebastián Piñera, aun en ejercicio de su mandato, de reunirse con la líder Berta Soler y autoridades de la Iglesia Católica.

Mantuvo silencio cuando visitó hace algunos meses Alemania y, en vez de rendir un homenaje a las víctimas de la RDA, agradeció la “hospitalidad” recibida por ella y miles de chilenos exiliados. El hecho fue aún más bochornoso, porque su anfitriona, Angela Merkel, procede de la RDA y vivió el rigor del encierro que impuso el Muro a miles de seres humanos por casi 40 años (intentar huir hacia la libertad costó la vida de muchos).

Y mantiene silencio, al menos hasta ahora, cuando su propia coalición  -con la excepción del PC- le pide que ponga su liderazgo al servicio de la liberación de los presos políticos en Venezuela, un país que también abrió las puertas a miles de chilenos a partir de 1973.

Al cierre de esta columna, los medios chilenos reportaban la reunión privada que habría sostenido la Presidenta con Maduro antes de despegar de San José con destino a Guatemala, pero cuyo contenido aún no se conocía. Al mismo tiempo, se difundía el comunicado del PC, el PS y la Izquierda Ciudadana, en el que le pedían su intervención. Evidentemente se trataba de una operación de la izquierda chilena para salvar la dignidad de Michelle Bachelet, sin que pareciera pauteada por el viaje de los ex Presidentes Piñera, Pastrana y Calderón.

Es difícil saber con certeza qué razones tiene Michelle Bachelet para mantener esos silencios, o para reaccionar solo después de una enredada operación política, como la desplegada ayer, con más olor a un rescate de su figura, que a la voluntad genuina de obtener la libertad de Leopoldo López. Una posibilidad es la incomodidad de enfrentar a gobiernos que considera aliados o a personalidades tan exuberantes como la del Presidente Nicolás Maduro. Tal vez sienta temor de ser denostada públicamente por quienes considera sus amigos.

Otra razón, más comprometedora, es que la Presidenta Bachelet comparta la decisión de mantener encarcelados a líderes opositores, pues estima que la libertad de expresión tiene límites y el derecho a la manifestación social, que la Nueva Mayoría defiende en Chile con tanto celo, no tiene justificación en un país como Venezuela. La pregunta que da vueltas en el aire es qué haría la mandataria en una situación similar, si contara con las facultades con que cuenta hoy Maduro, tras casi dos décadas de “transformaciones” profundas en las instituciones.

Además de la rentabilidad electoral, legítima y necesaria para alcanzar el poder, los liderazgos se miden en la capacidad de cambiar el curso de situaciones complejas. La historia es generosa con quienes, siendo portadores de popularidad y de legitimidad política, han asumido riesgos para poner ese capital al servicio de causas nobles y universales.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO: SEBASTIAN RODRÍGUEZ/AGENCIAUNO

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