A diferencia de lo que hizo históricamente la centroderecha y que, con toda razón, motivaba el reclamo de la generación joven, lo que el ex Presidente Piñera le propone al país tiene inspiración y es mucho más que una lista de tareas. Está pensado con un horizonte de largo plazo (ocho años) y conjuga principios que para la izquierda son excluyentes entre sí: libertad, justicia, progreso y solidaridad.
Publicado el 05.05.2017
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“Chile es un país maravilloso”.

Así parte el documento Tiempos Mejores: Bases de Programa de Gobierno de Sebastián Piñera, cuya principal gracia no es lo nuevo –aun cuando trae varias novedades–, sino su realismo y, especialmente, la sintonía con el sentido común.

Porque la buena política es precisamente eso: la combinación entre sentido común, el deseo de contribuir genuinamente al país, para ofrecerle mejores condiciones de vida a su gente; y un propósito superior, que movilice voluntades y derribe las barreras de la natural pequeñez humana (por ejemplo, propinarle una derrota al adversario oponiéndose a algo que pueda reportarle demasiada popularidad o crédito electoral).

A diferencia de lo que hizo históricamente la centroderecha y que, con toda razón, motivaba el reclamo de la generación joven, lo que se le propone al país tiene inspiración y es mucho más que una lista de tareas. Está pensado con un horizonte de largo plazo (ocho años, no esa promesa onírica que machacó Michelle Bachelet, prometiendo que alguna vez, no sabemos cuándo, llegarían los beneficios de sus reformas simbólicas); y conjuga principios que para la izquierda son excluyentes entre sí: libertad, justicia, progreso y solidaridad.

Tal vez el contraste más relevante respecto de lo que hemos vivido en Chile en los últimos tres años es la propuesta política que está haciendo el ex Presidente Piñera para un próximo período: dejar atrás la cultura de la retroexcavadora, de la que se ha ufanado una parte de la Nueva Mayoría (y se arrepiente la otra), para revivir aquello que marcó las últimas décadas —precisamente las más exitosas desde todo punto de vista—, con diálogo y acuerdos amplios para las decisiones de envergadura (no puede todo estar sujeto a las mayorías parlamentarias, porque cuando ellas pasen, los efectos de sus decisiones pesarán por muchos años sobre los hombros del país).

Luego, estas propuestas parecen sensatas, partiendo por la principal: recuperar la capacidad de generar progreso económico y social. Es un objetivo aparentemente sencillo e incluso obvio, pero significativo cuando esa capacidad ha sido severamente dañada por una Nueva Mayoría que penaliza el mérito (porque ve en él un germen de desigualdad) y la iniciativa privada (porque aún vive en el corazón de la izquierda, silenciosa, una semillita marxista); que agota la justicia social en la gratuidad, para todos y para todo; y que entiende (y explica) el trabajo como un castigo, no como un espacio de realización y fuente de ganancias legítimas.

Tres propuestas del ex Presidente parecen estar llamando la atención de los medios, justamente porque responden a preocupaciones importantes de los chilenos y a tres enormes metidas de pata de la izquierda.

Primero, el fin del Crédito con Aval del Estado (CAE) y su reemplazo por un sistema de financiamiento similar al propuesto al Congreso en el Gobierno de Sebastián Piñera en 2012, y que logró avanzar hasta que fue arrasado por la retroexcavadora en los primeros meses de 2014: gratuidad para todos los alumnos que ya la tienen y un sistema de becas y créditos estatales, con pagos contingente al ingreso, entre otros elementos. Quizás la mayor decepción de los chilenos en estos años ha sido el incumplimiento de la gratuidad universitaria universal prometida por la Presidenta Bachelet (su Gobierno va a terminar habiéndole otorgado gratuidad apenas al 15% de los jóvenes), un objetivo para el cual no había recursos o siquiera un proyecto de reforma, y que era inconveniente de acuerdo a la experiencia internacional.

La segunda propuesta es una reforma tributaria que mantendría la recaudación y pensada para reimpulsar el crecimiento, la innovación, el empleo y el ahorro, objetivos que despreció el actual Gobierno y que son especialmente importantes para la clase media.

Y, finalmente —lo digo con una alegría enorme, porque soy usuaria desde hace siete años—, el fin del Transantiago, ese error gigantesco y de costo multimillonario que cambió la vida de millones de personas de la noche a la mañana, ideado por el Presidente Lagos e implementado por la Presidenta Bachelet. Leo en las bases del programa de Piñera que esto se hará de manera gradual, en ocho años, mientras se construyen líneas de Metro e infraestructura vial y se integran otros medios de transporte.

Para recordar esa magnífica novela de Jane Austen, en lo que Sebastián Piñera les está proponiendo a los chilenos en un próximo Gobierno de Chile Vamos veo “sensatez y sentimiento”.

Sensatez, porque el documento se hace cargo con realismo de las mayores preocupaciones de los chilenos y de desafíos que el país debe superar para progresar. Y sentimiento, porque está inspirado en propósitos muchísimo más importantes que una cifra de crecimiento, la construcción de una obra pública o el diseño de la reforma tal o cual: libertad y justicia; progreso y solidaridad.

Todo indica que vienen tiempos mejores para los chilenos.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile

@isabelpla

 

 

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO

 

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