Los argumentos esgrimidos por el senador Allamand son debatibles, y no parece, por lo tanto, que un cambio de régimen vaya a ser una solución “mágica” para el momento que vive nuestro país respecto a su gobernabilidad y credibilidad en el sistema.
Publicado el 18.04.2016
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El año 1985, Juan Linz, profesor de ciencia política de la Universidad de Yale, publicaba un ensayo que alcanzaría notoriedad mundial: “Democracia presidencial o parlamentaria: ¿Hace alguna diferencia?”. En este paper, el académico germano-español postulaba que el desarrollo superior de los países parlamentarios por sobre la mayoría de los que tenían regímenes presidencialistas no era casualidad, y esto se debía, en parte, a que los parlamentarismos daban mayor estabilidad al sistema político.

La semana pasada, Andrés Allamand publicó un documento para una futura reforma de nuestra carta fundamental en la que propone pasar a un semipresidencialismo. Citando al profesor Linz, asegura que “el cambio del régimen político es hoy una necesidad acuciante no para debilitar el ejercicio del poder ejecutivo, sino, al revés, para fortalecerlo”. El senador señala que “la agudización de problemas sociales, la desconfianza ciudadana hacia las estructuras políticas y en general hacia las instituciones, el debilitamiento de los partidos y el descrédito de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, una sociedad civil exigente, la presencia activa de las redes sociales son -entre muchos otros- elementos que configuran un cuadro adverso para la gobernabilidad”.

Si bien Allamand tiene razón en que el presidencialismo posee una serie de deficiencias, cambiar de régimen no asegura en nada que la crisis política de nuestro país vaya a ser superada; al contrario, tal reforma podría no más que empeorarlo todo aún más. Y es que parece olvidar que nuestra tradición, al igual que la de todos los países americanos (incluido Estados Unidos), ha sido presidencialista desde el momento de sus independencias y sus posteriores creaciones –con aciertos y desaciertos- de regímenes democráticos.

La vez que Chile tuvo un sistema pseudo parlamentarista (1891-1924) sucedió todo lo contrario a lo que propone el senador: la inestabilidad política producto de la rotativa ministerial terminó en una profunda crisis política y social hacia mediados de la década del veinte. En vulgar chileno, creer que la credibilidad en el mundo político volverá con un cambio de sistema es “echarle la culpa al empedrado” y no a los protagonistas: los políticos.

Esta es una discusión vieja a la que los académicos Scott Mainwaring y Matthew Shugart, de la Universidad de Notre Dame y de la Universidad de California respectivamente, dieron una contundente respuesta a Linz en los 90, no negando sus argumentos, sino matizándolos y diciendo que la inestabilidad de los presidencialismos se debe en mucho casos a la realidad política, social y cultural de los países en los que se aplica este sistema más que a su diseño mismo: “Ninguno de los dos tipos principales de democracia han funcionado bien en el Tercer Mundo; tanto la democracia parlamentaria como la presidencial han fracasado la mayor parte del tiempo”, señalan estos politólogos.

A continuación, y a partir de su texto “Juan J. Linz: presidencialismo y democracia. Una revisión crítica” (1997), serán Mainwaring y Shugart los que respondan algunos de los postulados del documento del senador.

Allamand: “En primer lugar, la cuota de responsabilidad asignada al régimen político presidencial en el derrumbe democrático que sufrieron la mayoría de las naciones de América Latina en las dos décadas anteriores (Arturo Valenzuela, entre otros). El argumento fundamental era que la rigidez propia del presidencialismo inevitablemente “escalaba” las crisis políticas a crisis institucionales dejando a las democracias en un verdadero callejón sin salida”.

Mainwaring y Shugart: “El argumento acerca de la “flexibilidad” de reemplazar gabinetes en los sistemas parlamentarios tiene un doble enfoque. En un sistema parlamentario, el partido del primer ministro puede sustituir a su líder un nuevo grupo de coalición. Puede retirar su apoyo y provocar un cambio de gobierno, sin necesidad de recurrir al golpe de Estado, recurso que podría ser la única manera de remover a un presidente que carezca de apoyo. Estamos de acuerdo con Linz en que la inestabilidad del gabinete no necesariamente implica la inestabilidad del régimen e incluso esto puede ofrecer una válvula de seguridad.

Sin embargo, las crisis en muchos de los sistemas parlamentarios fallidos, incluyendo Somalia y Tailandia, han surgido precisamente debido a la dificultad de sostener gabinetes viables. El presidencialismo eleva el costo para remover a un titular del ejecutivo; los opositores deben esperar al término del periodo o bien respaldar un gobierno antidemocrático”.

Allamand: “En segundo lugar, el análisis acucioso del presidencialismo como régimen político como tal, que dejó al descubierto su “falla geológica”: El gobierno “dividido”, también llamado “conflicto de soberanías” o “legitimidad dual”. (Juan Linz, entre otros). En ese orden de ideas, la evidencia que la mayoría de las democracias estables, avanzadas y desarrolladas NO son presidenciales tuvo significativa gravitación”.

Mainwaring y Shugart: “Coincidimos en que el tema de la legitimidad dual es problemático dentro de los sistemas presidenciales. En el más simple de los sistemas parlamentarios, el ejecutivo es seleccionado por y es responsable ante la asamblea, que es la única institución democráticamente legítima en el nivel nacional del sistema político. Un ejecutivo de esta naturaleza, a diferencia de uno que provenga total o parcialmente de una presidencia elegida popularmente, carece de una base independiente de legitimidad.

No obstante, en un grado mucho menor que en los sistemas presidenciales, también hay conflicto en relación a quien detenta la legitimidad en los sistemas parlamentarios. A veces los conflictos surgen entre las cámaras alta y baja de una legislatura bicameral, cada una reclamando para sí el ejercicio del poder legítimo”.

Allamand: “El problema básico del régimen presidencial (el “gobierno dividido”) no se resuelve dotando al Presidente de más facultades formales en la Constitución, sino estableciendo mecanismos que le faciliten tener mayoría en el Congreso”.

Mainwaring y Shugart: “El presidencialismo está apoyado sobre un sistema de controles y equilibrios (…) Los controles y equilibrios están diseñados precisamente para limitar la posibilidad de que el ganador se lleve todo. Si un partido o coalición pierde la presidencia, este todavía puede controlar un bloque de votos cruciales dentro del Congreso, situación que en muchos países permitiría limitar al presidente y bloquear algunas iniciativas presidenciales.

Si los poderes legislativos propios del presidente son únicamente negativos (poder de veto, pero no para decretar, ni poder exclusivo para establecer la agenda), incluso un congreso controlado por la oposición puede ser el primer actor para legislar, como ocurre en los Estados Unidos. Controlar el Congreso no es el premio más grande y no suele permitir a un partido o a una coalición dictar la política, pero permite al partido o a la coalición establecer parámetros dentro de los cuales se desarrollan dichas políticas”.

No se trata de establecer que lo propuesto por Allamand es erróneo –al contrario, es una propuesta muy interesante- y lo que señalan Mainwaring y Shugart es lo correcto, sino que los argumentos esgrimidos por el senador son debatibles, y no parece, por lo tanto, que un cambio de régimen vaya a ser una solución “mágica” para el momento que vive nuestro país respecto a su gobernabilidad y credibilidad en el sistema. Para que no se mal entienda, no se trata de no abrirse a ningún cambio de régimen, sino que a cuestionarse si el problema es ese. Ya que sea un presidencialismo, un semipresidencialismo o un parlamentarismo, nuestros políticos seguirán siendo nuestros políticos, y es ahí donde tiene que haber el real cambio.

 

Francisco Javier Tagle, académico Universidad de los Andes.

 

 

FOTO : PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO