La figura de Cristo representa una dimensión específicamente religiosa y también tiene una connotación humana, abierta a todos, con independencia del credo religioso que se profese. Es una figura que ha tenido seguidores en todos los tiempos y en diversos lugares, pero también ha sido objeto de contradicción e incluso de persecuciones contra quienes han sido cristianos.
Publicado el 15.04.2017
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En estos días el mundo cristiano conmemora la Semana Santa, que es un momento fundamental de la historia de la humanidad.

La situación sin duda es curiosa y tiene que ver tanto con su significado en aquellos tiempos, como con su legado hacia el futuro. En este sentido, la figura de Cristo representa una dimensión específicamente religiosa y también tiene una connotación humana, abierta a todos, con independencia del credo religioso que se profese. Es una figura que ha tenido seguidores en todos los tiempos y en diversos lugares, pero también ha sido objeto de contradicción e incluso de persecuciones contra quienes han sido cristianos.

En cuanto a su vida pública, apenas contamos con unos datos esparcidos en los evangelios y en algunas otras fuentes del mundo clásico. Fueron tres años que comenzaron en la pobreza de Belén, transcurrieron con una vida de trabajo, aprendizaje y oración, para continuar con la enseñanza y labor apostólica, y culminar con la muerte en la cruz, ignominiosa y fecunda a la vez.

Estos días de Semana Santa tienen impacto en los más diversos ambientes, sea por el descanso asociado a la suspensión de actividades laborales, o bien por las procesiones que se realizan y por el ambiente de recogimiento propios del significado profundo de estas fechas. Quizá por lo mismo resulta necesario volver a algunos personajes, momentos y enseñanzas de esos últimos días de Jesús en este mundo.

Siempre me ha llamado la atención el carácter comprometido y generoso de Pedro, rápido en sus respuestas, hombre de fe sincera, tan bien descrito por Georges Chevrot en su apasionante libro Simón Pedro (Ediciones Rialp, 1984). El mismo Pedro que fue advertido por Jesús de que lo negaría y él alegó su fidelidad sin ambigüedades: sin embargo, asustado por las circunstancias, negó conocer y ser discípulo del acusado. Felizmente para él y para la Iglesia Católica, fue capaz de arrepentirse y de adoptar una decisión de vida que después lo conduciría al martirio.

Otra cosa es Poncio Pilatos, cuyo gesto de lavarse las manos ha quedado culturalmente vinculado a la incapacidad de asumir la responsabilidad personal por sus acciones. En el juicio a Jesús hizo la pregunta al pueblo, sobre si querían soltar a éste o a Barrabás. La respuesta fue dejar libre a Barrabás y crucificar a Jesús, en quien Pilato no veía mal alguno. Finalmente cedió y llegó a decir que era inocente de la sangre de ese justo, anunciando su propia pusilanimidad.

José de Arimatea era uno de aquellos hombres destinados al anonimato de la historia. Sin embargo, ante la desaparición de los que antes aclamaban al mesías entrando victorioso a Jerusalén, fue este hombre “bueno y justo” quien pidió con éxito que lo autorizaran para dar sepultura a Jesús. En la misma línea se puede incluir a Verónica, que viendo el rostro maltratado de Jesús sangrante y herido en el camino de la cruz, tuvo el gesto sencillo de enjugarlo. También podemos mencionar a Simón de Cirene, que simplemente tomó también la cruz para seguir y acompañar al condenado.

A la hora de la muerte estaba junto a la cruz María, su madre, en una presencia que es más que una compañía formal o un mero símbolo de maternidad. Así lo señala Lumen Gentium: “Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras: ‘Mujer, he ahí a tu hijo’”.

Finalmente, no podemos dejar de decir unas palabras sobre la resurrección de Jesús y sobre esa caminata sencilla y de pocas palabras por el camino de Emaús. Hablaron de lo que había ocurrido en los últimos días, sobre la muerte del hombre justo, mientras Jesús les explicó las escrituras. Al llegar el momento de despedirse uno de ellos dijo: “Quédate con nosotros, porque atardece”. Como han dicho algunos meditando este momento, quizá no se atrevían a decirle que se quedara porque querían estar con él, necesitaban su compañía y su enseñanza, que el crepúsculo era una simple excusa ante su falta de palabras para plantear sus deseos verdaderos, mientras ardía su corazón en el camino.

Cada Semana Santa permite volver sobre éstas y otras enseñanzas. Quizá se puede ingresar a la lectura de las Meditaciones sobre la pasión, de San Alfonso María de Ligorio, o a la obra de Tomás Moro sobre La agonía de Cristo, o simplemente volver a leer los evangelios, para recordar, para volver a pensar, para vivir mejor.

 

Alejandro San Francisco, historiador, columna publicada en El Imparcial, de España

 

 

FOTO: RAÚL ZAMORA/AGENCIAUNO