Nadie está hablando de que no exista regulación, lo que no se debe hacer es matar este servicio.
Publicado el 09.04.2016
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Imaginemos que hace más de un siglo, los conductores y fabricantes de carretas tiradas por caballos le hubiesen ganado a Ford y detenido la fabricación de automóviles. Y luego de aviones.

Imaginemos que los empresarios de transbordadores lograran detener la construcción del puente sobre Chacao para no perder sus fuentes de trabajo, pelea que buscaron hace unos años.

Imaginemos que los medios de papel le declararan una guerra judicial y/o ideológica a los online, por sus ventajas (o desventajas, dependiendo del bando) en cuanto a la inmediatez, contenidos ilimitados, multimedia, renovación constante, etc., en vez de sumarse a la bola de nieve y adaptar versiones en internet. O los antiguos empresarios fotográficos de rollo y revelado en cámaras oscuras a los fabricantes de cámaras digitales; o los fabricantes de cámaras de video profesionales a los smartphones; o los periodistas más antiguos a Facebook y Twitter; o los proveedores de materias primas para fabricar papel moneda a la Redcompra y tarjetas de crédito (hay teorías que dicen que en pocos años el dinero efectivo desaparecerá).

Absurdo, ¿verdad? Impensable.

Pues eso es exactamente lo que buscan los taxistas con Uber, la mentada aplicación de transporte privado de pasajeros, apoyados por el Gobierno: nivelar para abajo.

Las aplicaciones que nos hacen la vida más fácil llegaron para quedarse, porque somos nosotros mismos los que, con el uso constante, las sumamos a nuestra vida diaria. Nada puede detenerlas porque la evolución de la tecnología es imparable y así lo queremos. Es estéril intentar torpedearlas o negarlas en vez de adaptarse a la modernidad -so pena de transformarnos en anacoretas tecnológicos- y lo que hay que hacer es simplemente adaptar la legislación para que todos ganen, en especial los usuarios. Esto recuerda a la paradoja judicial que se producía en Chile no hace muchos años, cuando el Código Procesal Penal, redactado en el Siglo XIX, no admitía como medio de prueba las grabaciones audiovisuales sencillamente porque en la época de elaboración del código éstas no existían, por lo que no se contemplaban como elemento probatorio. Con los años, y antes de la adaptación de la ley a los nuevos tiempos, las grabaciones se comenzaron a tolerar aunque su carga probatoria era inferior a la declaración de un testigo. En otras palabras: se podía exhibir en un juicio una grabación nítida de un delincuente asesinando a alguien pero valía más una mera declaración bajo juramento que aseguraba que el asesino en cuestión no lo había hecho.

Entonces, cuando el ministro de Transportes, Andrés Gómez-Lobo, toma partido por un gremio bastante poco cristiano como los taxistas; desoye a la ciudadanía; califica a Uber como “transporte pirata” y asegura que hará respetar la “normativa vigente”, en vez de asumir que el sistema llegó (porque así lo defienden los mismos usuarios) y proponer estudiar una convivencia regulada entre ambos sistemas de transporte, desconoce al asesino y le cree al testigo. Es decir, nivela para abajo.

¿Son los usuarios que defienden a Uber anarquistas legales? ¿Están los taxistas injustamente satanizados por la equivocada ciudadanía? Es cosa de observar las ventajas y desventajas de uno y otro.

  1. Inmediatez: no es necesario pararse en la calle y esperar y esperar un taxi. Se llama desde la casa o el trabajo y casi siempre hay un Uber disponible. Uno sale un minuto antes y ya está. Aplicaciones como Easy Taxi o Safer Taxi (para taxis básicos) también permiten esto.
  1. Comodidad: habría que ser ciego u obtuso para no darse cuenta de que los vehículos de Uber son mucho más cómodos, espaciosos y modernos y casi nunca sobrepasan los tres años de antigüedad. Uber también te permite elegir entre autos estándar y “premium”, también furgonetas tipo van, y ya se anunció que algunos vehículos incluirán portabicicletas. He sabido de ejecutivos que trabajan en el centro y, gracias a Uber, comenzaron a dejar sus autos en la casa, puesto que les salía más barato y confortable este sistema que gasolina, tags y estacionamiento mensual. O sea, ayuda a descongestionar. Ergo, cuando el ministro y los taxistas dicen que los taxis básicos deben pasar dos revisiones técnicas al año y resulta que los destartalados y añejos Nissan V16 siguen siendo mayoría en el universo de taxis, alguien con dos gramos de cerebro puede bien deducir que es mejor y más cómodo un auto nuevo, en excelente estado, con una sola revisión anual, que un tarro que suena en cada “evento” con varias inspecciones al año. No obstante, hay que reconocer que, de a poco, varios taxistas han ido renovando sus autos.
  1. Economía: ¿Por qué, como usuario, uno tendría que pagar hasta dos veces más el valor de una carrera, cuando está demostrado que Uber es bastante más económico que los taxis normales? ¿Por qué tendría que diseñar mi viaje a la “tincada” del chofer que me toque cuando los de Uber usan sistemas de navegación satelital como Waze que te indican la ruta más expedita y barata? En la aplicación también hay horas punta -con precios más altos-, dependiendo de la demanda, pero éstas son avisadas con anticipación para decidir si coger el servicio o no. No obstante, la hora punta de Uber siempre será más barata que el taxi básico. Es tan conveniente que muchos que insistían en irse de fiesta manejando, sin dejar de beber, ya lo hacen en Uber. O sea, puede evitar accidentes.
  1. Medios de pago: en Europa y Estados Unidos ya no hay discusión al respecto. Los taxis allí permiten efectivo y pago electrónico. En Chile, salvo unos pocos con la “maquinita”, es el propio usuario el que debe calcular cuánto sale más o menos la carrera para no quedarse corto o no pagar con billetes muy grandes, si no el chofer se enoja. También se enoja si la carrera es muy breve y varios te cobran “tarifas mínimas”, sobre todo en la noche. ¿Quién fiscaliza esto, ministro? Uber, en cambio, es simple: no maneja dinero y la aplicación es la que realiza el cargo directo en la tarjeta de crédito previamente registrada.
  1. Seguridad: en Uber, si se te queda algo en el auto la mayor parte de las veces lo recuperas, basta llamar al chofer, quienes son en su gran mayoría honestos. Me ha pasado. Por eso cuando el ministro de Transportes dice que es un sistema “no controlado” da la impresión de que no supiera nada sobre el tema. No puede haber mejor control que en Uber: todos los conductores están registrados; uno accede al nombre, teléfono y foto del chofer, y la patente del auto que lo transporta. El recorrido y pago quedan registrados electrónicamente. La compañía tiene constante seguimiento sobre sus transportistas y el sistema es más fácil de rastrear para la policía, de ser necesario. Y si el conductor es mal calificado por los usuarios, es dado de baja. Y al revés.
  1. Confianza: va relacionado con lo de arriba. En Uber sería causal de expulsión para un chofer el que te obligue a bajar del auto, una vez dada la dirección, porque “no va para allá”. En Uber es imposible adulterar el taxímetro porque éste no existe, y sabemos que en Chile eso pasa siempre. En este sistema es muy poco probable que el chofer te dé vueltas engañosas para cobrar más porque el recorrido lo marca claramente un GPS. Como no se maneja dinero, no existe la posibilidad de que un sinvergüenza aprovechador le cambie los billetes a un usuario -cual prestidigitador- haciéndole creer que pagó menos de lo que en verdad canceló. Eso igualmente me ha pasado a mí en Chile, y también en Estambul no hace mucho. Es una práctica extendida. Así se evitan timos como el que le ocurrió a un cliente de fuera de Santiago, quien denunció en una carta a El Mercurio hace un tiempo que le cobraron cerca de $40.000 desde Bellavista al Parque Arauco. Plop.

Dicho todo esto, ¿cuáles serían las ventajas de los taxis básicos?

Bueno, quizás cuando uno anda en la calle, apurado, se ven más y hay más…

Entonces, ¿por qué los usuarios están prefiriendo a sistemas como Uber o su competencia Cabify?

Simplemente porque son mejores.

¿Y qué debieran hacer las autoridades?

Permitirlos y regularlos en favor de la ciudadanía. Nadie está hablando de que no exista regulación, lo que no se debe hacer es matar este servicio. Es raro eliminar y después regular. Es como primero echar a los inmigrantes irregulares antes de regularizar su situación.

¿Es posible esta regulación?

Sí. En España los taxistas le dieron la pelea a Uber durante dos años hasta que las autoridades decidieron adaptar un marco especial. Como requisito, exigieron que sus conductores obtuvieran la licencia de transporte profesional.

Esto último es importante. Es cierto que los taxistas normales se enfrentan a problemas como el de los famosos “cupos”, con cobros escandalosos para personas generalmente de procedencia humilde. Muchas veces por sobre los $10 millones. Son precisamente trabas como ésta las que se pueden liberalizar en favor de uno y otro, lo que les permita a los de negro y amarillo cambiar su mentalidad (que por favor muchos entiendan que el cliente no es una presa) y mejorar su servicio. Porque así como van, los va a seguir hundiendo la tecnología.

Hace unos meses, en Europa, también hubo polémica con un sistema estupendo que aún no ha llegado a Chile (sí a Brasil) llamado Blablacar. La diferencia con Uber es que esta aplicación permite realizar viajes compartidos de larga distancia. Por ejemplo, un dueño de un auto (debidamente registrado) debe viajar de Santiago a Temuco y, para que el viaje le salga más barato, lo anuncia en la aplicación y ofrece tres asientos. A los otros viajeros (también registrados) el trayecto les sale mucho más económico que en avión y más barato y cómodo que en bus. Y todos felices. Yo he utilizado mucho Blablacar y, dependiendo del grupo que se arme, incluso es posible conocer gente muy interesante. Es el sistema favorito de los universitarios y profesionales jóvenes en Europa.

Como era de esperar, transportistas públicos de todo el viejo continente se fueron en contra. Pero no pudieron. Los tribunales fallaron mayoritariamente a favor de Blablacar.

En Chile, esto recién comienza. ¿Le doblarán la mano las prácticas y legislación antiguas a la modernidad? ¿Lo harán los taxistas -apoyados por el Ejecutivo- a los usuarios que buscan dejar su auto en casa y transportarse en un buen servicio, que ellos no ofrecen? ¿Le ganaron la batalla las sociedades de derechos musicales a Spotify u optaron por entender que era mejor sumarse al cambio de paradigma que impedirlo?

Yo creo que #UberSeQueda. Es el hashtag de estos días.

 

Bruno Ebner, periodista.

 

FOTO DISEÑO: SANDRA BAEZA/AGENCIA UNO