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Publicado el 24 de enero, 2018

Secularización: un tiempo sin profetas (en la huella del Papa Francisco)

¿Es cierto que la secularización ha terminado por imponerse y que ahora sólo la ciencia y la tecnología dibujan el horizonte de nuestra cultura? ¿Y qué significa que la sociedad y sus asuntos éticos estén siendo racionalizados?
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No cabe duda, la sociedad chilena se ha secularizado. Así viene ocurriendo a lo largo del tiempo; de hecho, desde el inicio de la República, tocando a distintos estratos y sectores.

Gonzalo Vial, historiador, habla de la generación incrédula de 1825. Cita la separación de fe y razón; el epicureísmo de un segmento de la clase alta que —según él— abandonó la ética cristiana por los placeres, los viajes de la juventud adinerada a Paris y otros centros de cultura europea con su “clima agnóstico y aún ateo”; la rebelión de los jóvenes herederos en el seno de la élite social, incluso algunas mujeres, frente a las creencias de sus padres. Así, concluye Vial con cierta indisimulada ironía, “en una sociedad y aristocracia que se decían y hasta se creían piadosas, afloró sorpresivamente una generación sin fe: la generación de 1825”.

En el siglo XX, años iniciales de la Segunda Guerra Mundial, el padre Hurtado se pregunta ¿Es Chile un País Católico?, título de su libro publicado en 1941, cuando todavía se hablaba del “alma católica” de la Nación. El Diario Ilustrado, periódico conservador, comentaba entonces así aquella obra recién publicada: “Cada uno de los capítulos de esta obra está saturado de noticias estadísticas de las más actuales, muchas de las cuales engendran en el ánimo verdadero pavor; son datos reveladores tomados sin exageración alguna, los cuales están llamados a despertar en las conciencias cristianas una reacción en pro de una recristianización de Chile; ya lo dice el autor en el último capítulo, en el que trata de la restauración cristiana de Chile por medio del apostolado de la Acción Católica”(1 de noviembre de 1941).

Muchos católicos, especialmente la jerarquía de la Iglesia, reaccionaron indignados frente al oscuro, pesimista, implacable y alarmista cuadro pintado por el jesuita.

 

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Ahora, ante la visita del Papa Francisco y las dispares reacciones que aquel evento generó en la clase ilustrada chilena, vuelve a adquirir valor de moneda corriente el concepto de secularización. Y circula ampliamente en la prensa y a través del comentario letrado.

Es un término que se halla envuelto en una paradoja, sin embargo. En efecto, según la RAE, se refiere estrictamente a fenómenos institucionales de carácter religioso. Significa, en sus diferentes acepciones, (i) hacer secular lo que era eclesiástico, (ii) autorizar a un religioso para que pueda vivir fuera de clausura, (iii) reducir a un sacerdote católico al estado laical con dispensa de sus votos por la autoridad competente.

Sólo con el tiempo este vocablo adquiere su sentido actual más común, cual es, el de hacer que algo religioso se transforme en secular o seglar; esto es, “perteneciente o relativo a la vida, estado o costumbre del siglo o mundo”.

De modo que cuando se dice que la visita del Papa Francisco revela cuán avanzado está entre nosotros el proceso de secularización, se quiere decir cuán lejos han llegado y se han impuesto las ideas, los valores, los comportamientos y sentimientos del siglo o del mundo terrenal, de la época contemporánea, la actualidad; es decir, en sentido histórico-concreto, de la modernidad capitalista.

En la sociología de la cultura, área donde el término secularización ha alcanzado su máxima expresión, se atribuye su significado actual a Max Weber, quien —señalan los intérpretes— habría formulado la tesis de la relación inversa entre progreso de la economía capitalista y retroceso de la consciencia religiosa.

Sin duda, las cosas son bastante más complicadas.

 

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Por lo pronto, Weber no habló propiamente de secularización, sino de un fenómeno de pérdida de la magia del mundo moderno crecientemente regido por la ciencia, la técnica y la intelectualización racional de todas las formas de vida, desde la empresa hasta las artes, desde las iglesias hasta la polis.

De lo que estaba preocupado, efectivamente, era del avance aparentemente imparable del racionalismo práctico o instrumental, que transforma toda actividad y expresión de lo humano en materia de cálculo, sometiéndolas a la lógica de la explicación racional, de la manipulación técnica y, en el límite, reduciendo sus fines (humanos) al estatuto de medios. Así ocurriría con el trabajo, con los dioses, con la estética y con la naturaleza.

Propiamente, lo que sucede sería un desencantamiento del mundo, la pérdida de su poesía, de su trascendencia, de su significado inefable, de sus misterios y con ello de una parte de las humanidades, de la literatura mitológica, de las narrativas que descubren que hay más cosas entre la tierra y el cielo que aquello que percibe Horacio. (“There are more things in heaven and earth, Horatio, than are dreamt of in your philosophy”. Hamlet 1.5.)

Weber apuntaba no al triunfo de la razón sobre la religión, sino a la expansión universal del racionalismo propio del capitalismo; o sea, el de los mercados y las burocracias, origen de la “jaula de hierro” en que, según él, terminaríamos todos aprisionados, por igual creyentes y ateos, agnósticos y buscadores de la fe.

Como dice el filósofo Taylor en su obra A Secular Age, llega así el momento en que lo no-creencia, lo descreído, se vuelve normativo. Desde ese momento, el hecho religioso aparece, a ojos del moderno personaje encerrado en la jaula, cuyo pensamiento se proclama puramente racional, como el hecho irracional por antonomasia.

 

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El paso de Francisco por estas tierras trae al foro público todos estos asuntos, al menos en dos planos.

En el plano de las organizaciones de la sociedad —como la Iglesia católica y el Estado-Nación y los medios de comunicación y la ciencia y los mercados— resulta dramáticamente visible que la Iglesia (mundial y chilena) retrocede. Y, adicionalmente, vive una crisis de imagen, de identidad, de convivencia, de personal, de funcionamiento y de carisma y legitimidad tan grande como aquella que antecedió a Lutero y la Reforma hace 500 años.

Los abusos de poder ejercidos sobre niños, jóvenes y adultos, convertidos en comportamiento “natural” dentro de una “institución total” como la Iglesia y sus órganos de formación y cultura, resultan efectivamente en un daño enorme. Su ocultamiento por la autoridad, o su reconocimiento a medias —siempre con un ojo puesto en el control de daños y la defensa “demasiado humana” del poder y la reputación corporativa, así como la falta de lealtad y escasa misericordia mostrada hacia las víctimas— aumentan aún más aquel daño y contribuyen fuertemente al desencantamiento que provocan las fuerzas arrolladoras de la modernidad. La “magia” de la institución se triza en mil pedazos.

En el otro plano, el de la cultura humana y las humanidades, donde la razón positiva con su racionalidad de medios reclama para sí el éxito de haber desalojado toda creencia que no pueda demostrarse o no sirva el propósito del bienestar económico o de la administración burocrática, en este otro plano la polémica en torno a la visita del Papa —a esta tierra de descreídos y creyentes— agita las aguas y obliga a reflexionar más allá de la “jaula de hierro” y de la razón táctica.

 

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¿Qué ocurre con nuestras instituciones cuando su mayoría —¡y no sólo la Iglesia católica!—  parece estar siendo superada por las dinámicas del entorno o padece fallas graves? Como el Estado pesado y obsoleto en muchos aspectos, los mercados sin adecuadas regulaciones y poca competencia, Carabineros con un grave desorden de su administración financiera, las universidades apegadas a un modelo siglo XIX y enfrentadas entre sí, o la Iglesia Católica con su organización eclesial envuelta en abusos del alma y cuerpo de sus miembros llamados a renovarla.

¿Son éstas las contradicciones del capitalismo moderno y su cultura regida por la lógica instrumental las que, como pensaba Daniel Bell, causan estos males y los malestares que los acompañan?

¿Es cierto que la secularización ha terminado por imponerse y que ahora sólo la ciencia y la tecnología dibujan el horizonte de nuestra cultura? ¿Desde qué punto de vista, como tantas veces debió preguntarse Weber, puede afirmarse que algo es racional o irracional? ¿Y qué significa que la sociedad y sus asuntos éticos están siendo racionalizados? ¿O será más bien, al contrario, que están siendo abandonados o convertidos en asuntos técnicos?

¿Hacia dónde conduce una razón puramente funcional, con su absoluta dedicación a los medios más eficientes y su infinita búsqueda de desempeños productivos? ¿Y qué hacemos con las ideologías y los mitos, y el pensamiento religioso y los mitos y poemas que forman parte inseparable de nuestra cultura y de nuestra experiencia personal y colectiva? ¿Pueden estas manifestaciones guiadas por racionalidades de fines y valores diferentes a los de la economía y la burocracia formar parte del debate público o deberían ser desterradas de allí y quedar encerradas en la esfera íntima, como vestigios de épocas pasadas?

 

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Max Weber constataba, frente a este tipo de preguntas, que “el destino de nuestro tiempo, racionalizado e intelectualizado y, sobre todo, desmitificador del mundo, es el de que precisamente los valores últimos y más sublimes han desaparecido de la vida pública y se han retirado, o bien al reino ultraterreno de la vida mística, o bien a la fraternidad de las relaciones inmediatas de los individuos entre sí”.

Y en tono más pesimista, en una famosa conferencia dada frente a sus colegas académicos que concebían la ciencia como una respuesta frente a las preguntas más vitales de su tiempo, mientras sus estudiantes ponían su esperanza en nuevos profetas, él dijo (cito in extenso):

“La ciencia no es hoy un don de visionarios y profetas que distribuyen bendiciones y revelaciones, ni parte integrante de la meditación de sabios y filósofos sobre el sentido del mundo. Si de nuevo en este punto surge Tolstoi dentro de ustedes para preguntar, puesto que la ciencia no lo hace, quién es el que ha de respondernos a las cuestiones de qué es lo que debemos hacer y cómo debemos orientar nuestras vidas, o dicho en el lenguaje que hoy hemos empleado aquí, quién podrá indicarnos a cuál de los dioses hemos de servir, habrá que responder que sólo un profeta o un salvador. Si ese profeta no existe o si ya no se cree en su mensaje, es seguro que no conseguirán ustedes hacerlo bajar de nuevo a la tierra intentando que millares de profesores, como pequeños profetas pagados o privilegiados por el Estado, asuman en las aulas su función. Por ese medio sólo conseguirán impedir que se tome plena conciencia de la verdad fundamental de que el profeta por el que una gran parte de nuestra generación suspira no existe. Creo que ni ahora ni nunca sirve al verdadero interés íntimo de un hombre realmente religioso, de un hombre que ‘vibre’ con la religión, el que se le vele con un sucedáneo (y un sucedáneo son todas estas profecías hechas desde la cátedra) el hecho fundamental de que nos ha tocado vivir en un tiempo que carece de profetas y está de espaldas a Dios.”

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

FOTO: CRISTIAN VIVERO BOORNES/ AGENCIAUNO

 

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