La querella a Qué Pasa solo es el corolario de un proceso de “abandono de deberes” que se inició hace un buen rato, y que queda en evidencia con otros ejemplos, como la desidia con que la Presidenta ha actuado frente a la creciente violencia que se registra en algunas zonas de La Araucanía, donde el estado de derecho es una quimera; o en la falta de voluntad de la gobernante por revertir el nivel de descomposición en que se encuentra el principio de autoridad en Chile.
Publicado el 15.06.2016
Comparte:

El amplio debate público que se dio a partir de la querella que Michelle Bachelet presentó en calidad de “ciudadana” en contra de la revista Qué Pasa, por publicar extractos de un audio donde un involucrado en el caso Caval la relaciona directamente a ella en el cuestionado negocio en el que participó su nuera, deja al descubierto una realidad que hasta ahora solo se configuraba como una simple especulación: que el cargo de Presidente de la República está vacante.

La decisión de iniciar acciones legales contra el medio de comunicación, además de ser un hecho inédito en democracia, confirma de manera cruda el escaso valor que la Mandataria socialista le otorga a la investidura del cargo que ejerce, que es nada menos que el más importante dentro de la estructura del Estado de Chile.

Cuesta comprender que la Presidenta no haya dimensionado los alcances políticos que tiene su decisión de acudir a los tribunales, más allá del derecho que tenga de emprender una ofensiva judicial, ya que esta determinación desconfigura por completo su rol como máxima autoridad del país.

Y como tengo la convicción de que Michelle Bachelet es una persona inteligente, no me asiste ninguna duda, de que a pesar que tenía claro los efectos que implicaría la querella, optó por privilegiar su molestia personal por lo que consideró una “canallada” en su contra, dejándose arrastrar por la enorme carga emocional que ha tenido para ella el episodio Caval, considerando que están involucrados familiares directos, y que la investigación le ha significado la destrucción del enorme capital político que tenía hasta febrero de 2015, cuando el caso fue destapado por la misma revista Qué Pasa.

Así, Bachelet tuvo que tomar una definición de gran calado: si actuar como Presidenta de la República, o como ciudadana. La decisión habla por sí misma: optó por el segundo derrotero, con lo cual nos notificó a todos los chilenos que dejaba de lado sus funciones como Mandataria bajo el argumento de que su honra había sido mancillada. Pero lo que no parece comprender Bachelet es que mientras mantenga su investidura, la calidad de jefe de Estado y ciudadano es indivisible.

Con todo, pienso que esta querella solo es el corolario de un proceso de “abandono de deberes” que se inició hace un buen rato, y que queda en evidencia con otros ejemplos, como la desidia con que la Presidenta ha actuado frente a la creciente violencia que se registra en algunas zonas de La Araucanía, donde el estado de derecho es una quimera; o en la falta de voluntad de la gobernante por revertir el nivel de descomposición en que se encuentra el principio de autoridad en Chile.

Un Presidente de la República tiene la obligación de conducir el Estado y ejercer su liderazgo tanto en los momentos de bonanza como en los de crisis. Sin embargo, con Bachelet queda la impresión que solo está dispuesta a hacerlo cuando los vientos soplan a favor, delegando la responsabilidad en su gabinete cuando el escenario es desfavorable, con el agravante de que tampoco empodera a sus ministros.

Por eso considero que el país necesita con urgencia un jefe de Estado que se haga cargo de sus funciones en plenitud, para así comenzar a salir del marasmo institucional en que nos encontramos.

Pero esto último presenta dos inconvenientes complejos: primero, que todavía quedan 21 meses para que finalice el actual gobierno, lo que en las actuales circunstancias es mucho tiempo; y segundo, que entre quienes hasta ahora dicen tener aspiraciones presidenciales no se observa ningún liderazgo con las condiciones adecuadas para asumir los desafíos del Chile presente. Por el contrario, algunos muestran evidentes signos de populismo, que es precisamente lo que debemos evitar.

 

Carlos Cuadrado, Periodista.

 

 

 

FOTO:RODRIGO SÀENZ/AGENCIAUNO