Quizás marzo de 2017 no sea tan malo, porque es la antesala del fin de un Gobierno que será un paréntesis en Chile. Se necesita un cambio de verdad que vuelva a colocar a nuestro país en la senda del crecimiento y el bienestar, lejos de ideologismos añejos, fracasados y que en nada aportan a lo que una nación como la nuestra necesita
Publicado el 02.03.2017
Comparte:

Se nos vino marzo. Sin darnos cuenta pasaron las vacaciones, los paseos, Santiago sin congestión, etc., y a esta altura del próximo año ya habrá terminado este Gobierno y comenzará otro, ojalá que distinto, con mejores ideas y mejor implementadas, que de verdad saque al país  del oscurantismo económico en el que hemos caído.

¿Diagnóstico catastrofista? No, realismo puro. Nuestra economía perdió el impulso y la fuerza con reformas como la tributaria y la educacional, que tuvieron el rechazo de gran parte de la ciudadanía y cuyos efectos aún no se materializan por completo, ya que ambas modificaciones fueron hechas con “gradualidad”, por no decir con agonía.

Vimos cómo se frenó la economía desde un 5,3% de crecimiento promedio entre 2010 y 2013 –medido por Imacec-, a un magro 1,9% entre 2014 y 2016. Malo, muy malo, pero predecible como resultado de malas reformas, hechas sin sentido de la realidad y con deficiencias técnicas profundas, tal como en su minuto lo hicieron ver –en el caso de la tributaria- personeros muy importantes de la Concertación que ocuparon altos cargos en las administraciones de Lagos y Frei.

Por respeto al lector, no me voy a detener sobre esto, ya que por ejemplo, es de público conocimiento que todo el esfuerzo del Gobierno de Sebastián Piñera por crear un millón de empleos —sí, un millón—, fue destruido por el actual. Estos años gobernados por la Nueva Mayoría no pasarán a la historia de ningún modo como un período que aportó algo al desarrollo y al crecimiento de Chile. Por el contrario, serán recordados como años de desencuentros y políticas públicas desafortunadas que pusieron énfasis en un modelo ideológico fracasado en gran parte del mundo.

Por ejemplo, la reforma educacional no dio relevancia a mejorar la calidad educativa y solo se concentró en temas financieros y los modelos de propiedad de colegios, sin dedicar esfuerzos a mejorar la forma como se enseña o como se forman los profesores para el Chile de hoy. Piense el lector que los niños que estamos educando son hace rato millennials, mientras que los profesores están formados en el siglo pasado. Obviamente que tenemos que avanzar en alinear los nuevos desafíos educacionales con la realidad de los alumnos de hoy, pero de eso nada se habló ni solucionó en la reforma educacional.

En fin, marzo 2017 no es tan malo porque es la antesala del fin de un Gobierno que será un paréntesis en Chile. Se necesita un cambio de verdad que vuelva a colocar a nuestro país en la senda del crecimiento y el bienestar, lejos de ideologismos añejos, fracasados y que en nada aportan a lo que una nación como la nuestra necesita, es decir, libertad individual, un Estado al servicio de las personas y autoridades que busquen siempre el bien común. Lo más parecido al Gobierno de Sebastián Piñera.

 

William Díaz, economista

 

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO