Analistas de esta disciplina han argumentado que si bien la sátira en sí no es peligrosa, puede crear una corriente dentro de la sociedad que desarrolle una apatía, falta de interés o incluso pesimismo sobre la política y los políticos. Y es allí, frente a estos puntos, donde la clase política más que protestar por rutinas de humor tienen que examinar qué se puede hacer mejor y dónde están los temas que merecen ser reexaminados y dotarles de una solución.
Publicado el 27.02.2016
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Revuelo estival  ha causado la rutina humorística de dos artistas en el Festival de la Canción. El humor ha sido, tradicionalmente, objeto de escrutinio detallado en las sucesivas ediciones del certamen. Se ha barrido bajo la alfombra la competencia, la cual, hoy, casi nadie menciona.

Con el escándalo de ambos números, en días sucesivos, entraron al ruedo de la opinología diversos personeros políticos e, incluso, la vocera de La Moneda. Buen ojo el de los programadores, que se aseguran así un buen rating para la edición completa de este año.

La duda y la discusión se centra en que si fue mucho o si fue poco. En otras palabras, dónde está el equilibrio en la libertad de expresión. Lo cierto es que la sátira política ha existido desde la época de los griegos y se ha masificado desde la invención de la imprenta. Así, las caricaturas primero y los libros después, buscaban el blanco perfecto en diversas figuras políticas de cada uno de los países donde esta se desarrolla.

La clave es encontrar una sintonía gruesa entre el humorista y el público. La sátira apela a los instintos y a las emociones. Mientras más grande el escenario, más intensa debe ser la sintonía entre emisor y receptor. De allí que las rutinas de los días pasados se hayan centrado en el ramillete de políticos y situaciones políticas más conocidos por la opinión pública, garantizando así una conexión instantánea e intensa, para programas que duraban, cada uno, casi una hora. Y cimentando, de pasada, su éxito.

Los personajes públicos son susceptibles del escrutinio social. Y el humor es parte de este ámbito. Es insoslayable, a pesar de su carácter punzante y, a veces, cruel. Pero es parte de la “definición” de lo público. Y la televisión es el medio masivo por excelencia. Por lo que parece que no hay nada que objetar.

La sátira nunca es “políticamente” objetiva. Siempre tiene un sesgo. No siempre coincidente con el espectro de partidos existentes, sino, más bien, con el dotar de voz a los que no la tienen en una sociedad. Una válvula de escape a situaciones y disconformidades que se van acumulando con el buen y mal ejercicio del poder.

La sátira política se distingue normalmente de la protesta política o la disensión política, pues no implica generalmente una intención oculta ni busca influir en el proceso político. Ocasionalmente puede hacerlo, pero lo normal es que simplemente busque entretener. Por su propia naturaleza, raramente ofrece un punto de vista constructivo por sí misma; se usa como parte de una protesta o disensión, y tiende simplemente a establecer el error en los temas, más que proporcionar soluciones.

Sin embargo, analistas de esta disciplina han argumentado que si bien la sátira en sí no es peligrosa, puede crear una corriente dentro de la sociedad que desarrolle una apatía, falta de interés o incluso pesimismo sobre la política y los políticos. Y es allí, frente a estos puntos, donde la clase política más que protestar por rutinas de humor tienen que examinar qué se puede hacer mejor y dónde están los temas que merecen ser reexaminados y dotarles de una solución. Hacer las cosas mejor y reencantar al electorado con su buen hacer.

La sátira política, en el siglo XX, tuvo su culmen en dos tipos de sociedades totalmente distintas: Inglaterra, con su democracia muy desarrollada, fue cuna de esta disciplina, legando a la literatura universal joyas tales como “Los viajes de Gulliver – de Swift” o “Rebelión en la Granja – de Orwell”, y fue pionera en programas de tv satíricos, como el célebre “Yes Minister”. Por otra parte, en la Europa del Este, donde se desarrollaron autores como Mijaíl Bulgakov (en la Unión Soviética), autor de obras maestras como “El Maestro y Margarita” y “Corazón de Perro”, o el polaco Slawomir Mrozek, que se especializó en la sátira en forma de cuentos y en cuyo catálogo se encuentran joyas absolutas como “Elefante” o “Juegos de Azar”.

En todos los casos se busca subrayar las falencias de un sistema social y político, o apuntar directamente a un político cuyo aporte resta más que suma en una sociedad cada vez más aproblemada y exigente.

Al final, no es cosa de sexismo, de derechas o de izquierdas. Lo que busca la sátira es apuntar a los excesos, que, en muchos casos, se asemejan a lo que los antiguos griegos describieron como “hibris”:

“La concepción de la hibris como falta determina la moral griega como una moral de la mesura, la moderación y la sobriedad, obedeciendo al proverbio pan metron, que significa literalmente ‘la medida en todas las cosas’, o mejor aún ‘nunca demasiado’ o ‘siempre bastante’. El hombre debe seguir siendo consciente de su lugar en el universo, es decir, a la vez de su posición social en una sociedad jerarquizada y de su mortalidad ante los inmortales dioses”.

Las consecuencias negativas modernas de las acciones provocadas por la hibris se interpretan como una falta de conocimiento, interés y estudio de la historia, combinada con un exceso de confianza y una carencia de humildad.

Terreno conocido, al perecer, por la audiencia festivalera. Así las cosas, parece injusto criticar a los artistas. Sin ellos, el verano (que ya se acerca a su fin) sería más gris.

Gris ratón, claro está.

 

Enrique Subercaseaux, ex diplomático y gestor cultural.

 

 

FOTO:PABLO ROJAS MADARIAGA/AGENCIAUNO