Al paso que vamos (paso Transantiago), existen pocos incentivos para que los capitalinos deseen compartir civilizadamente las calles de Santiago y no tengan que recurrir a maniobras temerarias para subirse a un auto, un bus, el Metro o la bicicleta.
Publicado el 12.05.2017
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“Personificar a Nueva York”. Ese fue el término utilizado por una “millennial” chilena para describirme el asombroso trabajo fotográfico del neoyorkino Brandon Stanton.  Lo que comenzó en 2010 como un proyecto para “catalogar” a los transeúntes de la Gran Manzana, hoy se ha convertido en el famoso blog “Humans of New York”, que cuenta con más de 20 millones de seguidores y es una bitácora visual que trasciende, ya que asociadas a los miles de rostros existen historias reales que decodifican el complejo entramado humano que permea a una ciudad. Es así como HONY (por sus siglas en inglés) ha llevado a su creador a visitar más de 20 países para levantar conciencia social sobre diversos temas urbanos, un viaje al que Santiago fue incluido recientemente.

En una visita corta pero exhaustiva en febrero pasado, Stanton se dedicó a pasear por las calles de nuestra capital y a realizar lo que mejor sabe: inmortalizar a través de su lente los perfiles de personas (santiaguinos) inmersos en una gran urbe que, en este caso, no siempre resulta un lugar amigable.

Es por eso que, dejando atrás a “Humans of New York”, me concentro en los “Humanos de Santiago” y me vuelco sobre los resultados del estudio más reciente del Índice de Calidad de Vida Urbana, que revelaron que en los últimos cinco años la calidad de vida en nuestra capital se ha deteriorado de manera drástica, perjudicando a más del 50% de su población.

Sin duda que entre todas las variables analizadas hay algunas que destacan por sí solas. El Transantiago y la contaminación ambiental son dos puntos negros que merecen de toda consideración, y si usted aún no lo ha adivinado, sí, es cierto, ambos están muy por debajo de los índices promedio alcanzados por los países OCDE.

No pretendo que de un “paraguazo” logremos que nuestro transporte público se asemeje al de Austria, que los santiaguinos utilicemos la bicicleta en igual intensidad que los holandeses o que, en el corto plazo, logremos la calidad del aire de Suiza o Brunei; sólo quiero enfatizar que la capacidad de resiliencia de los capitalinos y su estado emocional (al borde de un ataque) han sido puestos a prueba por un tiempo más que suficiente.

Ha transcurrido una década desde que llegó el fatídico “día D” (en febrero de 2007) y comenzó lo que se ha transformado en un verdadero suplicio para miles de santiaguinos. En aquel entonces se otorgaron tres días de gratuidad para el “acomodo” del sistema, pero nadie presagió que esa situación seguiría hasta el día de hoy para el 34% de usuarios que se resisten a pagar por el servicio. El Transantiago se ha convertido en un barril sin fondo que estruja las arcas fiscales, agota a diario la capacidad del Metro, produce congestión en las calles y, de pasadita, contamina, porque —de rebote— el parque automotriz, en vez de disminuir, sigue aumentando de manera explosiva.

Los que pueden, arrancan del transporte público, porque es mejor mirar a la ciudad desde el confort de un auto, que desde la ventanilla de un bus rayado, con asientos en mal estado y que pocas veces cumplirá con el itinerario predispuesto. Todos, en horario peak, atrasados y apretaditos como sardinas. Esto no convoca y más bien refleja la precariedad de un sistema cuyo Programa Nacional de Fiscalización no ha sido capaz de revertir la evasión. Con razón The Economist presentó hace poco un artículo sobre nuestro sistema de transporte con el título: “Transantiago, yendo a ninguna parte”.

Pero bajémonos del bus para subirnos a la bicicleta. Hay casi un millón de personas que prefiere pedalear como una manera de ahorrarse los tacos, las malas caras, y sobre todo su tiempo, a la hora de movilizarse por la ciudad. A su disposición tienen más de 200 kilómetros de ciclo vías, pero más del 50% de éstas no poseen conectividad. Los expertos aseguran que es ahí adonde se requiere la mayor coordinación (lo que yo traduzco en “misericordia”) de las autoridades para instaurar una red unificada de ciclo vías.

Al paso que vamos (paso Transantiago), existen pocos incentivos para que los capitalinos deseen compartir civilizadamente las calles de Santiago y no tengan que recurrir a maniobras temerarias para subirse a un auto, un bus, el Metro o la bicicleta.

Por último, como volar no es opción, y mientras espero de que el ICVU 2017 provoque cambios para democratizar la calidad de vida de todos los “Humanos de Santiago”, destaco una iniciativa local que, a su manera, podría asimilarse y emular las repercusiones de Stanton: @santiaguista, en Instagram y Facebook.

Con más de 44 mil seguidores, el objetivo que dice perseguir es que, por medio de imágenes, nuestra cultura colectiva se vea reflejada para transformar la mentalidad de los santiaguinos. Y vaya que lo logra. A través de su dosis diaria de originales fotografías, el sitio logra expandir y comunicar, desde los ángulos más inverosímiles, cómo transcurre la vida en la capital, provocando la sensación de que nunca se termina por conocer a la ciudad; y en segundo lugar, les recuerda a los “santiaguistas” (públicos y privados) que una buena calidad de vida permite elevar los estándares de convivencia en una ciudad, “personificada” a través de imágenes, una por una, todos los días del año, que entregan pistas acerca de lo que se requiere hacer para fortalecer nuestro amor por Santiago.

 

Paula Schmidt, periodista e historiadora

@LaPolaSchmidt

 

 

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO