Bajo un discurso plagado de buenas intenciones se esconde la más profunda contradicción moral del progresismo de izquierda: su animadversión a lo distinto y su clasismo retrógrado y oligarca. Para ellos, la gente de escasos recursos no puede, bajo ningún punto de vista, votar por la derecha. Si lo hace, ven en ellos arribismo o estupidez, puesto que una opción distinta de la izquierda estatista sería irracional y contraria a los “verdaderos” intereses del pueblo.
Publicado el 23.12.2017
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“Rubios, ignorantes y fachos pobres”, ésas parecen ser las características de los votantes de Sebastián Piñera, según un amplio mundo del progresismo de izquierda chileno. Desde los diputados comunistas Karol Cariola y Hugo Gutiérrez, hasta la actriz Aline Kuppenheim, despreciaron de forma peyorativa a los millones de chilenos que tomaron una opción electoral distinta a la de ellos. Son los mismos que vociferan a los cuatro vientos ser los abiertos y tolerantes defensores de los derechos humanos, en contraste con el resto de retrógrados, clasistas y discriminadores de la vida social. Sin embargo, estos paladines de la diversidad son los primeros en caer en el perverso juego de la descalificación, convirtiéndose en lo que han prometido destruir.

Bajo un discurso plagado de buenas intenciones se esconde la más profunda contradicción moral del progresismo de izquierda: su animadversión a lo distinto y su clasismo retrógrado y oligarca. Para ellos, la gente de escasos recursos no puede, bajo ningún punto de vista, votar por la derecha. Si lo hace, ven en ellos arribismo o estupidez, puesto que una opción distinta de la izquierda estatista sería irracional y contraria a los “verdaderos” intereses del pueblo. Similar reduccionismo tiene cierta derecha que aplica al voleo el apelativo de “flojos” a los pobres y otras personas que “lo quieren todo gratis”. Venga de donde venga, ese reduccionismo y simplificación del ciudadano no hace más que denigrarlo a la calidad de número, restándole validez a su opinión.

En fin, este es uno más de los momentos que demuestran la odiosidad que se ha instalado en el mapa político, donde la libertad de expresión y la toma de posiciones contrarias no son aceptadas como legitimas. Esa es la base de cualquier totalitarismo y del más vulgar. El hecho de votar por un sector distinto al de los “paladines del pueblo” no convierte a una persona en un estúpido, ni tampoco en un desclasado o un facho pobre, tal como la izquierda más recalcitrante gusta llamar a quienes no apoyan sus preceptos o ideas. Tratar de idiotas a quienes deciden por una determinada opción mediante el voto es ir contra el ejercicio de un derecho fundamental.

No hay que olvidar que entre las virtudes de la democracia liberal está justamente que pone en un plano de igualdad las diversas opiniones respecto del rumbo que debe tomar el país, las cuales deben ser defendidas y promovidas en el debate público de manera pacífica y honesta entre quienes piensan distinto.

Ad portas de iniciar un nuevo ciclo político, con un escenario nunca antes visto en nuestra historia republicana, parece que hay ciertos valores que debemos defender con mayor ahínco, con nuevos bríos, a fin de que el respeto cívico sea parte de nuestra cultura, y no un lejano ideal más propio de los discursos en tiempos de campaña que de la cotidianidad chilena.

 

Esteban Montaner Rodríguez, investigador Fundación para el Progreso

 

 

FOTO: LEONARDO RUBILAR/AGENCIAUNO