Si en verdad la centroderecha aprendió la lección de las comunicaciones en el primer gobierno de Piñera, entonces deberíamos ver una serie de cambios sorprendentes en su forma de hacer política. La primera es que se comunicarán entre ellos y con el resto de los seres vivos, y dejarán de “informarnos” de lo que nos va a ocurrir con ellos al mando.
Publicado el 05.04.2017
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Desde el entorno de Sebastián Piñera se han dado varias señales de que el candidato aprendió la lección y que entiende que el nombre del juego en el que está embarcado por tercera vez es político, no gestión ni administración. Pero, ¿están realmente seguros los demás políticos de la centroderecha? ¿Cómo saber si en verdad aprendieron del porrazo? Yo les propongo un test de la blancura.

No existe un indicador más simple y directo para evaluar si el paciente sabe o no sabe de política que ver en qué circunstancias atribuye sus errores a problemas “comunicacionales”. El Gobierno de Sebastián Piñera nos permitió a una generación completa de las más diversas disciplinas conocer el Estado por dentro: abogados, economistas, ingenieros, agrónomos, periodistas, etc. A todos se les permitió desplegar sus habilidades profesionales y creatividad, menos a los que sabían de comunicaciones. Había muchos y muy buenos profesionales de la información, que gestionaron con destreza la relación con la prensa; pero la función de Comunicar, con mayúscula, no. Esa no llegó al Gobierno.

De muestra, un botón. En julio de 2010, el principal asesor presidencial buscaba convencer a la hija de Piñera, Magdalena, de que fuera a trabajar a La Moneda porque su papá no oía consejos. Se habló entonces de un problema comunicacional, cuando en realidad era un problema político mayúsculo. Una cosa es el traspaso, el transporte de información de un punto A a un punto B (y para eso había muy buenos profesionales en el Gobierno de Piñera) y otra cosa muy distinta es un diseño político articulado cuyo resultado fuera una comunión de sentido.

A diferencia de otras dimensiones de la vida, en política no hay distinción entre el mensaje y su forma; el mensaje es la forma. No toda comunicación es política, pero sí toda política es comunicada (Riorda). La comunicación no es un adorno superficial que se puede poner o quitar a gusto sin alterar la receta; es la receta misma. El paradigma ingenieril confunde “comunicación” con “información” y en su mente profesional, las personas no son más que cañerías por donde pasan los datos –que son lo importante– y que tienen la manía de obstruirse (Durham Peters, Carey). Un ejemplo de este paradigma nefasto es que el mismo ministerio se dedique al Transporte y a las Telecomunicaciones; pues los sistemas siempre están en red, pero las personas rara vez lo están (Wolton).

Si en verdad la centroderecha aprendió la lección, entonces deberíamos ver una serie de cambios sorprendentes en su forma de hacer política. La primera es que se comunicarán entre ellos y con el resto de los seres vivos, y dejarán de “informarnos” de lo que nos va a ocurrir con ellos al mando.

La segunda, es que comenzarán a desarrollar el órgano propio del ser vivo que se comunica: las orejas. Oír es la mitad olvidada de la comunicación. En las Facultades de Comunicaciones se nos enseña a emitir mensajes de todo tipo, pero no se nos enseña a oír. Ese el valor agregado político. Escuchar y dejarse interpelar por el otro.

Tercero, una vez que los políticos de derecha dominen el arte de oír, comenzarán a sentir cositas raras. Los gráficos, tablas dinámicas e índices de rentabilidad perderán su atractivo cuasi erótico y empezarán a sentir cierta afinidad con las personas, sus historias les resultarán interesantes. Sus indicadores sociodemográficos serán menos importantes que sus sueños, miedos, aspiraciones y virtualidades; empezarán a ver a la persona completa, en su dimensión familiar, laboral, social, política y trascendente.

Sólo entonces ocurrirá la cuarta metamorfosis. Las cositas raras serán recíprocas. A la gente le empezarán a hacer sentido las historias que el político de derecha les cuente. Aun cuando no compartan los datos, se verán reflejados en la historia que les cuentan, se sentirán parte de la misma comunidad imaginada. Y construir esa comunidad imaginada es una tarea política que debemos hacer incluso con los que no votan por uno.

 

José Agustín Muñiz Viu, periodista y magíster en Comunicación Estratégica UC

@jose_muniz

 

 

FOTO: YVO SALINAS/AGENCIAUNO