En la actualidad la mayoría de los riesgos en nuestras sociedades no provienen de fenómenos naturales sino de la propia acción humana, individual y colectiva.
Publicado el 20.04.2016
Comparte:

Sin duda, los problemas de la ciudad se han convertido en uno de los principales asuntos de los ciudadanos en las sociedades contemporáneas. Lluvia torrencial combinada con obras públicas construidas por privados paralizó a Santiago, interrumpió masivamente el suministro de agua potable y afectó el comercio y a los vecinos. En otras ocasiones con los temporales hay apagones que atascan el tráfico. O terremotos, como el que devastó la costa del Ecuador recientemente causando centenares de muertos.

Con todo, en la actualidad la mayoría de los riesgos en nuestras sociedades no provienen de fenómenos naturales sino de la propia acción humana, individual y colectiva. Guerra termonuclear y armas de destrucción masiva. Actores terroristas en centros comerciales y urbes altamente pobladas. Ciclos económicos negativos que eliminan empleos y reducen el ingreso de los hogares. Colapso de puentes, edificios y carreteras. Epidemias que viajan de un continente a otro a la velocidad con que se desplazan los turistas. Olas de migrantes -hombres, mujeres y niños- descartados por sus propios países y autoridades. Corrupción que debilita a las instituciones. Comunicaciones instantáneas que sobrecargan la limitada capacidad  humana de absorber y procesar flujos informativos. Redes infectadas. Errores de planificación (Transantiago, por ejemplo).

En efecto, los riesgos manufacturados por la civilización industrial son múltiples, acumulativos y ubicuos, como puede apreciarse con el calentamiento global, la contaminación de playas y mares, la sobreproducción de desechos, la lentificación de los desplazamientos dentro de las ciudades, la obsolescencia de los productos, las construcciones de edificios fuera de toda escala humana y el ruido de las máquinas: “¡oh grandes ruidos modernos! ….rugiendo, rechinando, rumoreando, atronando, ferrando….”, según canta el poeta Fernando Pessoa bajo el heterónimo de Álvaro de Campos en su famosa Oda Triunfal publicada en el crispado año de 1914.

Son los ruidos del capitalismo, las innovaciones, las noticias, las redes sociales, las desigualdades, de las calles y el taylorismo de la vida urbana que acompañan a los riesgos de una sociedad que, con propiedad, ha sido llamada “sociedad del riesgo”.

Este concepto fue acuñado a fines de los años 1980 por el sociólogo alemán Ulrich Beck. Según él, la base global de esta sociedad ‘mundializa’ el carácter destructivo-creativo de nuestras formas de vida. “La globalidad nos recuerda el hecho de que, a partir de ahora, nada de cuanto ocurra en nuestro planeta podrá ser un suceso localmente delimitado, sino que todos los descubrimientos, victorias y catástrofes afectarán a todo el mundo y que todos debemos reorientar y reorganizar nuestras vidas y quehaceres, así como nuestras organizaciones e instituciones, a lo largo del eje ‘local-global’”.

El alegato de Beck es que vivimos en una época o civilización que es enteramente artificial, donde la distinción entre naturaleza y cultura desaparece. (Puedo recordar aquí otra vez al poeta Pessoa: “Un presupuesto es tan natural como un árbol/ y un parlamento tan bello como una mariposa”). Estamos relacionados ahora globalmente por invisibles lazos de producción, comunicación, aprendizaje, trabajo y entretención. Vivimos dentro de un mismo escenario, sujetos a los mismos peligros. Una misma “jaula de hierro” como llamaba Max Weber a las organizaciones burocráticas de la modernidad. “En este sentido, las sociedades del riesgo no son sociedades de clase; sus situaciones de peligro no se pueden pensar como situaciones de clases, ni su conflictos como conflictos de clase”. Los riesgos mayores son transversales y golpean a todos; desde los cerros de Valparaíso hasta los centros comerciales de Providencia.

Esos riesgos son multifacéticos. Cubren todos los aspectos de la vida, partiendo por la cuna donde se nace, el país que uno llama su patria, la economía global con su intrincada circulación financiera, la salud, el empleo, la seguridad en los barrios, la calidad de la escuela, el prestigio de los diplomas, los accidentes en las carreteras, los fármacos y sus efectos secundarios, la reputación expuesta al espectáculo, la suerte de los hijos, la estabilidad de la polis.

Parece que mientras más creemos controlar nuestro entorno, más estamos entregados a la diosa Fortuna.

Claro está, Beck no confunde la universalización del riesgo con la desaparición de las brechas, las distribuciones desiguales, las ventajas y desventajas heredadas, la fragilidad de los vínculos humanos y la acumulación de la pobreza y la miseria en partes localizadas de las ciudades, en hogares carentes de capital económico, social y cultural.

Asimismo, tal como las ciudades reparten la plusvalía de los terrenos, la riqueza o pobreza de los barrios, las concentraciones de industrias y universidades, los flujos de inmigrantes, los circuitos del transporte público, etc.,  también reparten los riesgos, las vulnerabilidades, las amenazas. Esa repartición no es democrática (un hombre, un riesgo), como algunos parecen desprender de la lectura de Beck. En efecto, los propios riesgos definen poblaciones más o menos vulnerables según diversos parámetros. Por ejemplo, en el campo de la educación, el haber nacido en un hogar con una baja dotación de capital cultural aumenta el riesgo de una escolarización mediocre y, por ende, de una más débil inserción laboral en el futuro.

No, no parece que Beck se haya confundido en este punto. Al contrario, su pensamiento muestra que nuestras sociedades capitalistas de modernidad tardía son inescapablemente sociedades del riesgo, donde la única escapatoria imaginable es un cambio en las formas actuales de vida, consumo, producción, uso de energía, trabajo, crianza, crecimiento, conocimiento y tecnificación del mundo.

Como señaló él mismo en una entrevista publicada el 2008 en España, “la sociedad del riesgo tiene una curiosa reflexividad. Los riesgos, de hecho, son un modo de reflexionar acerca de las futuras consecuencias. Cuanto más pensamos acerca de ellas, tanto más podemos ver que realmente no tenemos el control sobre estas consecuencias. Hecho que nos obliga a concebir una nueva política. Eso es muy complicado, porque la Edad Moderna está orientada a controlarlo todo a través de la técnica, el mercado, etc. y quiere aplicar las antiguas recetas sobre las nuevas consecuencias que se están viviendo ahora. […] Si reflexionamos más profundamente, vemos que las soluciones técnicas no serán suficientes. Los estilos de vida tienen que cambiar, el problema de la justicia global también desempeña un papel muy importante, las soluciones estatales no van a ser suficientes…”.

Esta visión (¿utopía?), nacida del reconocimiento de que hemos perdido el control sobre el crecimiento de nuestras propias sociedades estatal-nacionales, plantea innumerables interrogantes. ¿Hemos de esforzarnos por recuperar la conducción de procesos –“¡fraternidad con todas las dinámicas!”, exclama Álvaro de Campos– que conllevan el riesgo de destruirnos? ¿O debemos organizar nuevas formas de vida, con menos riesgos asociados? ¿Puede hacerse aquello sin abdicar de esto? Dicho en otras palabras, ¿podemos reducir los riesgos al mismo tiempo que utilizamos intensamente la ciencia y la tecnología para satisfacer nuestros deseos y carencias? ¿O será que un riesgo cero equivale a  crecimiento cero; el final del juego?

Por ahora estas preguntas apenas se escuchan en medio del ruido incesante que producen nuestras ciudades 7×24, sin detenerse jamás, ni siquiera con motivo de catástrofes y el desasosiego provocado por el impulso de seguir adelante.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO

Ingresa tu correo para recibir la columna de José Joaquín Brunner