Para aspirar con ciertas posibilidades a la presidencia, Lagos tendrá que "apartar" a quien es su hija y madre en política. De lo contrario no podrá ni soñar con ser el rey.
Publicado el 06.09.2016
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Todo quiebre, toda ruptura, toda conversión en política exige cierto luto, una travesía por el desierto, una por lo menos breve etapa de retiro, reflexión y redefinición para que sea creíble y no se confunda con oportunismo. Y lo dice alguien que rompió con el comunismo hace 40 años, en 1976, en La Habana, y recién intervino en la política activa al respaldar en su última campaña presidencial a Sebastián Piñera y tener el privilegio de integrar después su gobierno.

El anuncio del ex Presidente Ricardo Lagos de que está disponible para ser candidato a la presidencia me trajo a la memoria lo del imprescindible luto tras la ruptura política. Lagos, que ha sido el Presidente más celebrado por los empresarios desde el retorno a la democracia (algo que la izquierda no le perdona), se enfrenta ahora a una disyuntiva: ¿Armará su campaña como alguien que rompe o que continúa con el impopular gobierno de Michelle Bachelet? ¿O tal vez optará por lo ecléctico? ¿Más de lo mismo, pero “mejor hecho”?

En el primer escenario (como candidato del continuismo), Lagos partiría con una cosecha escuálida porque el 18% de aprobación de Bachelet (con tendencia a la baja) será un lastre a la hora de salir a conquistar electores. El continuismo significa lealtad e identificación con el antecesor, pero esto no alegraría ahora a Lagos, aunque sí a un líder joven que aspire a administrar un núcleo duro para competir en unas presidenciales a mediano o largo plazo.

En el segundo escenario (como candidato oficialista de quiebre), el ex Presidente podría crecer en primera vuelta hacia el centro (suponiendo que pasa a segunda, eventualmente con Piñera), para sumar después a la izquierda planteando “todos juntos para que no triunfe la derecha”. En este caso, tendría que hacer concesiones tan sustantivas a la izquierda que terminaría ofreciendo un programa “tanto de esto como de aquello”, lo que en los hechos lo convertiría en el candidato del continuismo y una administración trabada desde el inicio.

Y el tercer escenario (como candidato impulsor de las reformas de Bachelet, pero “bien hechas”) implicaría para el ex Presidente el reto de tener que re-encantar a una Nueva Mayoría “carnívora” mediante un discurso “vegetariano”, para decirlo con la terminología de Álvaro Vargas Llosa. Este escenario significaría una merma de votos por la izquierda y la derecha, que serían más unívocas en su evaluación de Bachelet.

Pero estos escenarios ofrecen sólo dos alternativas a Lagos: justificar y defender a su hija (fue su ministra) y madre (es su Presidenta), o bien criticarla y sepultarla. Un entierro con fanfarrias será improductivo. Lo delicado en la segunda alternativa es que como Lagos respalda hasta el día de hoy a Bachelet, al igual que los partidos de la Nueva Mayoría, carecerá del tiempo para rectificar y llevar el luto que implica toda ruptura política seria. Matar, en términos políticos, al padre, a la madre o a discípulos exige no sólo una mano firme, sino también disponer de un mínimo de tiempo para la reflexión previa, el hecho (the deed, diría Shakespeare) y el duelo mismo, de lo contrario ese quiebre resulta frívolo, instrumental, oportunista e impresentable.

Para la NM el asunto también es delicado: en esencia ella está conformada por la vieja Concertación y la izquierda dura, dentro de ella el Partido Comunista. Supongo que la ciudadanía aún no olvida la premura y liviandad con que la NM se desmarcó el 2013 de cuanto administró entre 1990 y 2010 para abrazar con euforia un programa improvisado y refundacional para Chile. ¿Podrá desembarcarse ahora del gobierno con la desenvoltura de cuerpo con que se desembarcó de los dos decenios en La Moneda? ¿Volverá a decir el 2017 que tampoco esta vez estuvo de acuerdo con lo que apoyó durante la administración Bachelet? ¿Volverá a cambiarse rápido de nombre y a esbozar con carboncillo un programa antitético del anterior, sin siquiera sonrojarse?

Otra cosa está clara: Ricardo Lagos no podrá definirse ante la administración de Bachelet como lo hizo ante la de Eduardo Frei Ruiz-Tagle. Ante Frei, podía plantear las diferencias en el gran y sólido marco de la continuidad de entonces porque se trató de un gobierno complejo, pero sólido, en consonancia con el antecesor y el que lo sustituiría. Ante el de Bachelet, en cambio, el ex Mandatario tendrá que plantear reparos profundos o su impopularidad lo liquidará. Para aspirar con ciertas posibilidades a la presidencia, Lagos  tendrá que “apartar” a quien es su hija y madre en política. De lo contrario no podrá ni soñar con ser el rey.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO.

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