Los revolucionarios del siglo XXI, en general, forman grupos que logran un efecto inicial de simpatía, pero su adhesión suele decaer cuando a la gran mayoría la implementación del ideal revolucionario le empieza a tocar el bolsillo.
Publicado el 15.10.2017
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Aunque parezca lejana, la tensión social en Cataluña no es muy distinta a la que experimentan otros países, entre ellos Chile.

El cuadro suele ser el siguiente. Irrumpe un grupo con un líder mesiánico que, haciéndose cargo de algún sentimiento de injusticia, busca terminar con la institucionalidad vigente. Para eso convoca a marchar por las calles, ocupa las redes sociales para promover su causa y persigue un cambio radical respecto de lo existente. A estas personas las podríamos poner en la categoría de revolucionarios del siglo XXI. En general, forman grupos que logran un efecto inicial de simpatía, pero su adhesión suele decaer cuando a la gran mayoría la implementación del ideal revolucionario le empieza a tocar el bolsillo.

En el caso de Cataluña, lo que había sido el soporte de su objetivo independentista, es decir, ser la región económica más próspera de España, se les empieza a desvanecer cuando paradójicamente las empresas comienzan a emigrar de la tierra prometida por incerteza en las reglas del juego.

Es entonces cuando por las calles de Barcelona surge una marcha aún más masiva, de una mayoría hasta ahora silenciosa, que sale a protestar en contra de la independencia. Entre ellos hay otro grupo importante, que son los reformistas del siglo XXI. Sus características es que son partidarios de hacer ajustes, de corregir aquello en que el sistema o modelo vigente ha fallado, pero que suele ser reactivo, más cómodo y menos bullicioso que el grupo de los revolucionarios.

Lo que le pasa hoy al artífice de la revolución catalana, Carles Puigdemont —que convocó hace unas semanas a un referéndum prohibido en que participó solo el 32% del electorado—, es que se da cuenta de que otra cosa es con guitarra.  A su favor, y a favor de cualquier revolucionario del siglo XXI, es que si bien no consiguen todos sus objetivos, logran mover la aguja del reloj y meten un ruido tan fuerte que instalan sus ideales en la agenda pública. En el caso de nuestros Che Guevaras locales, Camila Vallejo hoy tiene un nivel de aprobación por los suelos, pero digamos que la Presidenta Bachelet se compró todos sus eslóganes, entre ellos, educación gratuita para todos, que por supuesto sólo cumplió en parte porque se topó con la realidad económica, al punto de que ni siquiera les paga a los que sostenedores que se acogieron al sistema.

Hoy, los mismos que votaron por Bachelet y que tal vez en un inicio estuvieron con Puigdemont se empiezan a alejar de ellos, aumentando el rating por los sensatos, los del sentido común, los moderados, los de los cambios graduales. Ese discurso de los reformistas será el que probablemente gobernará en los próximos años en Chile y ojalá venga con el antídoto para erradicar el vicio de llegar tarde a los fenómenos sociales que los revolucionarios suelen captar más rápido.

 

María Paz Lagos V., periodista