Cuando sucede un escándalo como este, la única manera de que las instituciones sanen sus heridas es que la verdad aflore y que todos los niveles de responsabilidad se hagan efectivos: penal, administrativa y política. Este es un paso indispensable para recuperar la confianza de la comunidad, para que internamente se recupere el liderazgo de sus mandos y para que sea creíble la corrección de los procedimientos que evite que algo semejante se repita.
Publicado el 20.03.2017
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Recuerdo que hace unos 10 o 12 años atrás volvía con mi familia de vacaciones, procedente del sector de Bariloche, e ingresé a territorio chileno por uno de los múltiples pasos habilitados en esa zona y, en algún lugar, me equivoqué al tomar un camino.  Llegué a un pequeño pueblo, al que no debería haber llegado; desconcertado, me detuve en un cuartel de Carabineros que encontré, para buscar orientación, pero en el poco presentable aspecto que tiene uno en esas circunstancias: pantalones cortos, polera más que arrugada y con los efectos de muchas horas al volante, bajo más de 30 grados de temperatura.

Un carabinero -creo recordar que era un Cabo- trabajaba en su escritorio, me vio entrar y respondió a mi saludo poniéndose de pie, en la actitud respetuosa y de digna autoridad del mejor servidor público, para preguntarme en qué me podía ayudar. En un breve instante, después de dos semanas fuera, me sentí bien de ser chileno, de tener una policía que hasta en el último rincón del país nos ofrece seguridad y apoyo, por el solo hecho de ser un ciudadano cualquiera.

Eso es Carabineros, una policía con enormes valores institucionales, cuyo mayor mérito, en mi modesta opinión, no está en la preparación de sus mandos, ni en sus medios materiales, ni en la cobertura territorial. Lo que realmente vale es el nivel de profesionalismo y probidad de los carabineros que andan en la calle, funcionarios que pueden tener un nivel académico modesto, que ganan poco y se arriesgan mucho, que viven ajustados, que cuando se enferma uno de sus hijos tienen que ir a un sistema de salud que está saturado, esperar largas horas para una atención de urgencia y semanas o meses para un control con un especialista. En el fondo, algo bastante parecido a la realidad de cualquier trabajador.

Pero ese funcionario —el personal de nombramiento institucional, como se dice en la jerga interna—, tiene vocación y amor propio, lo que se ve en algo tan simple como el respeto por su uniforme, que luce siempre impecable.

Todo eso recibió un verdadero misil nuclear con el fraude que hemos conocido en estos días y que, por lo que hemos sabido a través de los medios de comunicación, era una maquinación montada y ejecutada por un grupo de oficiales superiores, que tenían una verdadera red de apoyo para materializar el desvío de miles de millones de pesos hacia múltiples cuentas corrientes. La foto que salió en la prensa de un oficial en una limusina, en una actitud frívola que es lo contrario de la sobriedad propia de un carabinero, es el epítome del efecto corrosivo que este caso puede provocar en las profundidades de una institución que es vital para nuestro país.

Por eso este es un caso que va mucho más allá de lo meramente judicial. Esto es un problema de tal gravedad, que produce efectos políticos. Cuando una cosa así sucede, la única manera de que las instituciones sanen sus heridas es que la verdad aflore y que todos los niveles de responsabilidad se hagan efectivos: penal, administrativa y política. Este es un paso indispensable para recuperar la confianza de la comunidad, para que internamente se recupere el liderazgo de sus mandos y para que sea creíble la corrección de los procedimientos que evite que algo semejante se repita.

La detención del general que dirigía el área de finanzas cambia la naturaleza de las responsabilidades, porque si hay fundamentos plausibles de su participación significa que la responsabilidad del mando, que es la manera en que los uniformados denominan a la responsabilidad política, debe ejercerse por la falta de control del cuerpo de generales.

Estoy muy lejos de conocer la regulación y la cultura institucional como para opinar con fundamento acerca del nivel en que debe hacerse efectiva esta responsabilidad. Pero es impensable que ello no suceda de una manera clara, que despeje toda duda acerca del compromiso de los más altos mandos con los chilenos a quienes se deben, con el futuro de la institución misma y con los carabineros que salen todos los días a la calle.

Vuelvo a la anécdota con que inicié estas líneas. Ese carabinero que me ayudó era un servidor público respetable, y sin duda lo era porque se respetaba a sí mismo, porque tenía orgullo de la profesión que había elegido y eso compensaba con creces la modesta vida material que acompaña su carrera.

Eso es lo que está en juego aquí, ese valor es el que se puede dañar gravemente si dentro y fuera de Carabineros se instala la convicción de que no solo llegó la corrupción a sus filas, sino también la triste cultura de que en las altas esferas nadie responde por nada. Ese sería el fin de la institución de Carabineros como la conocemos, la que por razones personales tanto aprecio, y como ciudadano tanto respeto.

 

Gonzalo Cordero, #ForoLíbero

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO/D.AGENCIAUNO

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