Subyace a las opciones estatistas una profunda desconfianza sobre las posibilidades del ser humano. Es esa desconfianza la que también alimenta el "Manifiesto por la República y el Buen Gobierno", dando cuenta de una profunda sospecha sobre las intenciones de ese individuo “atomizado” que es el chileno de hoy. .
Publicado el 04.03.2017
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Sin duda, el reciente “Manifiesto por la República y el Buen Gobierno” ha logrado su objetivo. Si la idea de sus autores era sacudir el tablero, lo han conseguido con creces, suscitando más de alguna expresión a favor en los medios. Sin embargo, porque me siento vapuleado en mi “individualidad” —simplemente por ser individuo—, con el ánimo más constructivo posible recojo la invitación a pensar que propone el documento.

Los autores del manifiesto exigen la recuperación de “lo público” basados en el extravío de esta dimensión, supuestamente debido al egoísmo de ese sujeto “atomizado y aislado de su entorno” que es el chileno de hoy. Nos recuerdan que la vida de un sujeto no encuentra sino su plenitud en un marco u orden social más amplio.

¿Pero qué entienden los autores  por “egoísmo” y por qué esa actitud tan natural de velar en primer lugar por uno mismo iría en contra del orden social? Me parece innecesario, aunque justo, recordar las mentes que nos han prevenido de minusvalorar el egoísmo bien entendido y la individualidad como motores del encuentro del sujeto consigo mismo y de la prosperidad social. Además, filósofos y pensadores han prevenido y reparado en los peligros que reporta la subsunción del individuo al “calor del rebaño”, Nietzsche dixit. Pero estas alusiones parecen inadvertidas, pues el bien personal no puede ser buscado a costa de un “bien común”, establecido desde arriba y no desde las mismas personas cooperando unas con otras.

¿Qué es lo busca un hombre? Su bienestar. Si es así, ¿por qué habría de ser esencialmente dicotómico el bienestar personal con el de los demás? Como bien dice Axel Kaiser en La Tiranía de la Igualdad, subyace a las opciones estatistas una profunda desconfianza sobre las posibilidades del ser humano. Es esa desconfianza la que también alimenta el manifiesto, dando cuenta de una profunda sospecha sobre las intenciones de ese individuo “atomizado”. Bajo esa premisa, los autores corren la brecha hacia el retorno al voto obligatorio, como exigencia del “deber de un ciudadano”; el resurgimiento de un Estado que tenga el “tamaño necesario” para fomentar determinada cultura familiar y patriótica que la burocracia debería resguardar; así como mayores regulaciones al mercado por parte de un renovado aparato estatal que debería ofrecer los servicios necesarios para atacar la desigualdad reinante y preocupante, que no entienden como ante la ley, en base al constitucionalismo liberal, sino material o de resultados, como propugnan los socialistas de todos los partidos.

Ante tamañas declaraciones, no solo cabe hacer mencionar los comentarios del diputado español, Íñigo Errejón (Podemos), quien reconoce que las ideas de izquierda se han hecho  de “sentido común” para ambos lados del espectro político, sino también recordar la pregunta del filósofo (también hispano) Fernando Savater: “¿O libres o felices?”. Con muchos autores de tradición liberal, respondería antes lo primero que lo segundo, porque la libertad es el camino para buscar la felicidad. Pero no entendida como un bienestar decidido y organizado desde las alturas del poder, sino en el contexto mucho más humilde, pero definitivamente más poderoso, del conocimiento directo y subjetivo que las personas poseen. Lo otro, con Hayek, no es sino la fatal arrogancia de decirles a las personas cómo deberían vivir sus vidas.

Por lo tanto, república sí, pero república de personas libres. República sí, pero para superar el despotismo que ayer se llamó absolutismo y hoy socialismo, aunque a veces —como supuesta vía intermedia— se vista de comunitarismo. República sí, pero a favor de la libertad.

 

William Tapia, licenciado en Filosofía y profesor

 

 

FOTO: RODRIGO SÀENZ/AGENCIAUNO