Cuando se antepone la ideología a los principios permanentes en política exterior, se abren flancos que tarde o temprano tienen costos. Cosa similar ocurre cuando, por los mismos motivos, se dejan de aplicar los conocimientos especializados y el necesario rigor en las definiciones y principios sobre asuntos sensibles, como ocurrió con la redacción del libro “Vocación de Paz”.
Publicado el 07.10.2016
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Una serie de hechos recientes viene a confirmar lo que hemos sostenido en esta columna desde hace ya un largo tiempo; esto es, debemos hacer un examen serio y objetivo de la gestión de nuestra política exterior. A falta de ello, se siguen acumulando situaciones que más temprano que tarde se transforman en problemas, por lo general debido a un sistema que, al igual como ocurre en los asuntos de política interna, desestima la visión de largo plazo y favorece la ventaja política cortoplacista, lo que se agrava con el ingrediente de un excesivo ideologismo.

El resultado del plebiscito en Colombia, que rechazó los acuerdos de paz, por ejemplo, dejó en evidencia la poca capacidad de la Cancillería para diferenciar entre el discurso políticamente correcto y la realidad política de ese país, avalada por una cuantiosa información que no fue debidamente procesada. Ello llevó a Chile a no considerar oportunamente la expresión de la única voz válida y legítima: la del voto mayoritario de los ciudadanos colombianos, que rechazaron el acuerdo negociado entre el Gobierno y la guerrilla. Una vez más, nuestras autoridades cometieron el error de alinearse tempranamente con un bando que resulta perdedor, en un tema en el cual solo les cabe opinar a los colombianos y no corresponde tomar partido. Es más, Chile ya ha comprometido el envío de efectivos militares para verificar el cumplimiento de un acuerdo… ¡que ha sido rechazado mayoritariamente por el pueblo colombiano! Todo esto, en el marco de un proceso en el cual participó como observador, para acompañar las negociaciones, lo que obligaba aún más a priorizar la neutralidad.

Con anterioridad, el gobierno había cometido errores similares: movido por sus simpatías ideológicas, apostó todas sus fichas al candidato que luego resultó perdedor en Argentina. Poco tiempo después, entró de lleno al debate político interno brasileño, cuando no dejó de expresar su preferencia por la depuesta mandataria Dilma Rousseff. En todos estos casos, la Cancillería ha ido en el sentido contrario al indicado en los principios de la Política Exterior de Chile, al anteponer las posturas ideológicas del gobierno a los intereses y valores permanentes del Estado. En contraste con todo lo anterior, el gobierno ha evitado aplicar la Carta Democrática Interamericana, así como otros acuerdos regionales para defender la democracia y los derechos humanos fundamentales en Venezuela. En otras palabras, interfiere en asuntos internos de otros estados cuando no debiera, y se inhibe de actuar en los casos en que sí debiera hacerlo.

Cuando se antepone la ideología a los principios permanentes en política exterior, se abren flancos que tarde o temprano tienen costos. Cosa similar ocurre cuando, por los mismos motivos, se dejan de aplicar los conocimientos especializados y el necesario rigor en las definiciones y principios sobre asuntos sensibles, como ocurrió con la redacción del libro “Vocación de Paz”. La publicación, elaborada en el Ministerio de Relaciones Exteriores y cuyo objetivo parecía ser el de recoger los principales hitos de la política exterior chilena, terminó siendo un costosísimo compendio de errores y omisiones, por no aplicar el cuidado necesario que dicta el conocimiento y la experiencia en materias claves, como son las vecinales. Así, “Vocación de Paz” pasa a emular a los malos libros que reparte profusamente Evo Morales, también llenos de errores (uno de ellos, que llegó a manos del Papa Francisco I, muestra una fotografía de Calama, situando a dicha ciudad en “el litoral” perdido por Bolivia en la guerra). Para no ser menos, nuestro representante en el Vaticano entregó al Pontífice el libro “Vocación de Paz”, en cuyas páginas se omite uno de los más importantes hitos de la política exterior de Chile, en el cual el Vaticano tuvo un papel protagónico en favor de la paz.

El excesivo ideologismo ha profundizado la politización de la Cancillería, en desmedro de los esfuerzos por modernizar y profesionalizar la diplomacia, objetivo que se ha vuelto a postergar, como viene ocurriendo desde 1990. Hasta hace pocos años, este era un tema que sólo interesaba a unos pocos especialistas. Pero, tras la experiencia de dos fallos adversos en la Corte Internacional de Justicia y la pérdida de cuantiosos espacios de soberanía territorial y marítima en pocos años, los costos de la gestión excesivamente ideologizada y las improvisaciones de la Cancillería ya han captado la atención de la opinión pública y, con ello, la de los liderazgos políticos. Como nunca antes, es muy probable que las relaciones exteriores se transformen en un tema de debate en las próximas elecciones presidenciales.

 

Jorge Canelas, Cientista Político y Embajador (r).

 

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO