Los chilenos merecemos recibir cuanto antes más información sobre cómo se planea fortalecer la industria editorial y la lectura, porque esto toca una fibra clave en la formación de las personas.
Publicado el 07.11.2014
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Casi inadvertido ha pasado el plan del Gobierno de crear una editorial estatal en el marco de algunas medidas destinadas a fomentar tanto la industria del libro como la lectura en el país. Según los primeros y escasos datos, la Presidenta abundará sobre el tema en enero. Por lo tanto, no se dispone de información acabada sobre esta eventual nueva empresa del Estado, pero me temo que, como ocurrió con los proyectos de ley tributaria y educacional, aquí también reine cierto grado de improvisación.

Es positivo, en todo caso, que el Gobierno reflexione sobre el tema de la lectura (o no-lectura) y el impulso de la industria editorial en Chile, y también lo es que se ocupe de la lamentable escasez de librerías en regiones. Es importante asimismo que el Gobierno proponga soluciones responsables (no olvidar el fracaso de los 400.000 “maletines literarios” repartidos en la anterior administración Bachelet), que considere la diversidad de sensibilidades políticas existentes en el país y no se deje guiar por el espíritu refundacional en materia cultural.

Confieso que este anuncio de fundar una editorial del Estado me causa inquietud ideológico-cultural, la que se suma a la inquietud que siento por el frenazo de la economía, la delincuencia desatada y el deterioro del clima en la convivencia democrática, de lo cual el trato, o maltrato, que se dan los partidos oficialistas entre ellos es sólo un botón de muestra. Me inquieta esta iniciativa porque viene de un gobierno que idealiza al Estado y su capacidad para entender y representar a las personas, y lo considera crucial para resolver los problemas.

Preguntas que me surgen en relación con esta empresa que huele a la editorial Quimantú de la Unidad Popular: ¿Quién la manejará y con qué criterios? ¿De qué tamaño será? ¿Qué publicará? ¿Cada gobierno impondrá su propio catálogo? ¿Por qué funcionarios afirman hoy que ella no afectará a las editoriales pequeñas y emergentes? ¿Cómo lo saben? ¿Repartirá acaso esa editorial segmentos del mercado como cotos vedados para evitar competir con las editoriales pequeñas o emergentes? ¿La empresa estatal entregará una carta de garantías a esas editoriales?

Si la editorial del Estado se propone no competir con las editoriales pequeñas y emergentes, ¿apunta entonces a competir con las grandes, las de carácter internacional? ¿Y cómo? Y si no se propone competir con nadie, ¿qué segmentos, temáticas o libros planea editar? ¿Pretende crear una colección de autores jóvenes? Eso lo están haciendo, y con esfuerzo y creciente éxito, editoriales emergentes. ¿Qué garantías de ecuanimidad tendrán autores –vivos o muertos– que no comulguen con la línea editorial del gobierno de turno? ¿Se apoyará a editoriales emergentes y al mismo tiempo se implantará a su lado al papá Estado como editorial?

Este anuncio gubernamental se inserta en un panorama más amplio que polariza al país (incluso en el oficialismo): una reforma educacional controvertida, la proximidad de una nueva ley de medios, los deseos de reabrir un diario de gobierno (que nadie leía), esta editorial estatal que va de la mano con la propuesta de librerías de propiedad mixta (estatal y privada). Además, ya se impuso que las radios toquen al menos 20% de música chilena. Todo esto apunta a algo esencial: la creciente incidencia estatal (gobierno de turno) en la formación ideológica y política de la cuna a la tumba de las personas. Interesante: el plan estatal planea regalar a los recién nacidos un ajuar con libros que ha de leer el bebé o le han de leer.

Al parecer el problema no radica en la escasez de oferta de libros, sino en el escaso interés por leer en Chile. Es decir, el problema no está primordialmente en la oferta (siempre posible de ser mejorada), sino en los lectores. El tema pasa en primer lugar por definir cómo se fomenta una masa crítica de lectores, es decir, muchos lectores. Pasa por la creación de audiencias, de gente que crezca convencida de que a través del libro –de papel o electrónico– puede enriquecer su persona, su expresión oral y escrita, sus perspectivas laborales, su calidad de vida, su goce estético. Esto pasa también por la escuela y la casa, que es donde se crean los hábitos de lectura. Y pasa porque los niños y adolescentes tengan en la escuela una experiencia grata y placentera con la lectura, y que gracias a eso devengan lectores el resto de su vida.

Hay un tema adicional que tampoco soluciona la editorial estatal: el precio de los libros, lo que en parte lo determina el tamaño de nuestro mercado (pocos lectores), la relación del peso con el euro o el dólar, el transporte de los libros desde España o Estados Unidos y el IVA al que está afecto. Como país, no hemos logrado enfrentar esto último. Hay sectores que piden eliminar ese IVA y otros que afirman que sería discriminatorio frente a otros productos de primera necesidad. No se avizora que el Gobierno vaya a eliminar el IVA al libro pese a que durante la administración del ex Presidente Piñera la entonces oposición invitaba a soñar con la eliminación del IVA bajo una administración de Michelle Bachelet.

Creo que los chilenos merecemos recibir cuanto antes más información sobre cómo se planea fortalecer la industria editorial y la lectura, porque esto toca una fibra clave en la formación de las personas. Aplaudo el deseo del Gobierno por impulsar la lectura y llevar el libro a regiones, y confío en que no deseche la experiencia acumulada bajo varios gobiernos. Aplaudo el deseo del Gobierno por impulsar la industria editorial, y ojalá estudie para ello los mecanismos que han permitido el auge de la industria editorial en Colombia, por ejemplo, y no se deje deslumbrar por mega-editoriales estatales que se especializaban en publicar obras que encajaban a la perfección con la ideología del gobernante de turno, de un turno eterno.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: ALVARO COFRE/ AGENCIAUNO

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