Un gobierno que en realidad tiene tan baja adhesión respecto de todos los que estaban habilitados a votar, ¿está habilitado para legitimar reformas que afectan a todos?
Publicado el 18.02.2016
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Marcado por el ingreso a clases en algunos colegios en Santiago, el verano va llegando a su fin. Esta es la señal para empezar a pensar que entramos de lleno al tercer año del segundo mandato de la Presidenta Bachelet y con ello mirar las reformas que se han implantado e incluso, como se ha comentado en estos últimos días, algunas que se quieren discutir en lo que queda de gobierno.

A riesgo de ser calificado de “conservador” por considerar que tanto cambio simultáneo no es bueno para nuestra sociedad, los hechos dan cuenta que fue un error hacerlo de esta forma.

La pérdida sistemática de popularidad y confianza en la Presidenta y su gobierno es muestra clara de que el camino fue equivocado, ya que los gobiernos necesitan de apoyos para legitimar sus acciones. El mejor minuto del gobierno fue cerca de abril de 2014, cuando marcó 56 puntos de aprobación. Desde ahí en adelante solo se ha observado deterioro al llegar a 20 puntos cerca de septiembre de 2015 y repuntar a 27 en febrero de 2016 (cifras CADEM).

Pero no solo disminuyó la aprobación, sino que además la desaprobación alcanzó record, llegando al  72 por ciento en el mismo mes en que la aprobación estaba en el piso, en septiembre de 2015.

Estos datos que traigo al comentario tienen que ver con que, si bien es cierto que este gobierno ganó con un amplio porcentaje de preferencias sobre los que fueron a votar, no es menos cierto que la votación efectiva de quienes participaron fue la menor desde el retorno a la democracia.

Por lo tanto, un gobierno que en realidad tiene tan baja adhesión respecto de todos los que podían votar, ¿está habilitado para legitimar reformas que afectan a todos? Recordemos que casi el 60% (58,2% para ser más exacto) de los chilenos que estaban habilitados para votar no lo hicieron; por lo tanto, decir que la amplia mayoría de los chilenos apoyó a este gobierno es una falacia.

Modificar el sistema electoral al voto voluntario fue un gran error por dos razones. La primera, porque plantear la discusión de voto voluntario versus obligatorio era un error, ya que lo voluntario era participar en la democracia inscribiéndose, es decir, ejercer un derecho frente a lo cual nace automáticamente un deber, votar. De la misma forma como en las empresas: cuando nace un activo, automáticamente nace el pasivo, si alguien quería participar voluntariamente en las votaciones tenía la obligación de votar..

Con los resultados de la última elección quedó claro que la legitimidad no se da solo por ganar, condición necesaria pero no suficiente, sino que además debe participar la mayor cantidad de personas posible para que todos tengan la obligación de manifestarse frente a un gobierno y su programa.

Pero, además, las dos reformas más importantes, la tributaria y la educacional, nunca tuvieron amplio apoyo en las encuestas; por el contrario, siempre fueron resistidas y rechazadas.

Lo peor de todo esto es que la precaria legitimidad de ambas se dio por el nivel de confusión con  que se llevaron adelante. Siempre se dijo que la reforma tributaria era para financiar la educacional y resulta que primero se aprobó el cambio de impuestos sin tener idea de cuánto costaría el financiamiento de los cambios en educación. Prueba de ello es que hasta hoy hay dudas de cuántos alumnos accederán a la gratuidad de la educación superior en condiciones de que se dijo que había gratuidad universal y ahora vemos que es solo para unos pocos.

En definitiva, debemos aprender como país que participar de las elecciones no es neutro, ya que no podemos dar carta blanca a un gobierno –cualquiera sea su color- para que haga y deshaga con los pilares de desarrollo.

Sobre todo, porque en el caso de los impuestos, siempre -y digo siempre- son pagados por las personas, ya sea en forma directa o por los mayores precios que cobran las empresas.

William Díaz R., economista y director ejecutivo Experior Consultores.

 

 

FOTO: HANS SCOTT/AGENCIAUNO