La próxima administración, no importa su color político, estará obligada responsablemente a cambiar el espíritu de las reformas de Bachelet, mirando la inminencia de la nueva revolución industrial, la inteligencia artificial y la robótica. Chile se merece la oportunidad de ir a la par con los cambios globales, los que partirán con problemas de empleabilidad mayúsculos, seguidos por problemas de capacitación y reinvención de las fuentes laborales, nuevos paradigmas en educación, en el sistema de pensiones y en el pago de tributos a nivel global.
Publicado el 08.10.2017
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El gobierno reformista de Bachelet, que por fin termina, habló de futuro, pero miró al pasado y nunca colocó los pies en el presente. Son al menos cuatro las reformas impulsadas por la actual administración —Previsional, Educación, Laboral y Tributaria— que en su conjunto demuestran la falta de visión de futuro para Chile. La forma desprolija en que fueron hechas nos ha alejado del proyecto de futuro que el país necesita.  La falta de visión y la pulsión por reescribir la historia han conducido a este gobierno a un error de diagnóstico y a una mala implementación de sus políticas.

A menos de seis meses del término de su mandato, el espíritu reformista de Bachelet no amaina. La razón es el poder por el poder y validarse ante una supuesta agenda de los organismos internacionales para, de esta forma, llegar aún con mayor relumbrón a su nuevo cargo en Naciones Unidas a partir de marzo del 2018. Sus reformas erraron en el diagnóstico, gran parte del cual se elaboró en las oficinas del PNUD en Santiago. El leitmotiv es la exaltación de los derechos sociales, mismo factor que ha puesto en aprietos el Estado de bienestar en el primer mundo. Esta ola de reformas paralizó al país ya en el segundo año de mandato. Así y todo se ha insistido tercamente en ellas.

La ignorancia es audaz y la miopía una constante en la actual administración (las declaraciones, todas en las hemerotecas, están disponibles para quien quiera profundizar en ello). Nos referimos a la cuarta revolución industrial, que está construyendo un nuevo paisaje económico, social y político a nivel global y que marcará el rumbo de las próximas décadas, nada de lo cual no ha sido detectado por el gobierno de Bachelet. Dicha revolución es ya un gran cambio paradigmático, como lo señaló hace dos años un informe de la Consultora Global McKensey: la automatización inteligente hará crecer la productividad global entre un 0.8 y un 1.4% anual, cifra asombrosa si se considera que, según sus estimaciones, eso representa al menos cuatro veces más productividad que la máquina a vapor, tres veces más que los primeros robots, y dos veces más que las tecnologías de la información (TI). De la mano de la hiperproductividad automatizada vendrá un alto porcentaje de pérdidas de puestos laborales. En el mismo informe, Chile pasará del 7% de cesantía actual a un 51% en 2035 (3,2 millones de puestos de trabajo perdidos), cuya velocidad sólo puede acelerar en el futuro.

La próxima administración, no importa su color político, estará obligada responsablemente a cambiar el espíritu de las reformas de Bachelet, mirando la inminencia de esta nueva revolución industrial, de la inteligencia artificial (AI) y de la robótica (automatización inteligente). Chile se merece la oportunidad de ir a la par con los cambios globales, los que partirán con problemas de empleabilidad mayúsculos, seguidos por problemas de capacitación y reinvención de las fuentes laborales, nuevos paradigmas en educación, en el sistema de pensiones y en el pago de tributos a nivel global.

En materia de trabajo, la creciente tasa de desempleo forzará la adopción del concepto “sueldo mínimo asegurado o condicionado a capacitación”. Cada persona mayor de 18 años recibirá (independientemente si trabaja o no) la asistencia estatal necesaria (casa, alimentación, salud, estudio), a cambio de que se capacite y certifique en nuevas competencias para la reinserción en el mundo del trabajo. Elon Musk —el cerebro detrás de empresas de vanguardia como Space X, Tesla, Neuralink, Hiperloop— es uno de los líderes globales que propone un ingreso mínimo básico proporcionado por el Estado, pagado por el aumento de la productividad global (vía impuestos a los robots), para que las personas puedan solventar sus necesidades básicas, mientras se reinventan y capacitan en las nuevas tareas.

Según un Informe Accenture realizado en 12 países —que en conjunto generan más del 50% del resultado económico del mundo—, la AI puede abrir oportunidades para generar nuevo valor, reforzando el papel de las personas para promover el crecimiento de los negocios. Las máquinas inteligentes harán mejor el trabajo que conocemos y las personas deberemos imaginar nuevamente el mundo del trabajo en aquellos espacios donde agreguemos valor a la producción, probablemente en tareas creativas, de toma de decisiones y nuevas labores que se creen a partir de un mundo totalmente tecnificado.

En pensiones, el concepto del sistema será rediseñado. No bastarán pactos entre empleadores y empleados para bloquear la automatización, porque el mercado definirá qué empresas podrán seguir compitiendo. Las medidas proteccionistas podrán parar parcial y momentáneamente el problema, pero lo deberán enfrentar igualmente en el futuro cercano. En un futuro de mayor expectativa de vida, una edad productiva extendida, formación productiva continua y sueldo mínimo garantizado o condicionado a capacitación, el concepto de jubilación no será igual al que conocemos hoy.

En educación, la AI y la automatización inteligente obligarán a la población a formarse en esas nuevas actividades para ser competentes. Si las máquinas hacen mejor el trabajo que los humanos, deberemos estudiar en qué seremos buenas las personas en adelante. Quizás, lo que mejor haremos será pensar. Sin embargo, la educación ha preparado históricamente a personas “adormecidas”, que dependen de estructuras y obedecen órdenes, con poco apego al valor de las ideas, descubrimientos, valores morales o relaciones sociales de calidad. Es urgente revisar los currículum académicos bajo este nuevo paradigma, repensando el objetivo para el cual estaremos formando e instruyendo a las nuevas generaciones.

Un mirada complementaria en educación o capacitación será la convergencia entre hombre-máquina, para extender o equiparar parcialmente capacidades humanas ante las prestaciones superiores de las máquinas, cuando hablamos de productividad. Neuralink implanta componentes artificiales en el cerebro (vía intravenosa), así como copia y amplifica los procesos mentales (conectando la mente a la red en tiempo real). Con nuestros celulares ya somos algo cyborgs, sólo que no tenemos implantes, al menos por ahora.

En tributación, en Estado Unidos se está instalando el debate legal sobre si los robots pagarán impuestos, ya que son unidades productivas (personas electrónicas) y todo el que produce beneficio y tiene ingresos hoy debe pagar tributo. El impuesto por unidad robotizada será un nuevo costo para las empresas que se automaticen y generen mucho más riqueza eliminando puestos de trabajo, y, dichos impuestos financiarán el “sueldo mínimo asegurado o condicionado a capacitación”.

Los nuevos tributos gravarán las nuevas utilidades. Según el Informe McKinsey, en Chile la automatización provocará en el retail y el comercio en general un ahorro en salarios de US$ 9 mil millones si se reemplaza el 51% de los trabajos con potencial de ser automatizados; las industrias manufactureras ahorrarán US$ 6 mil millones y el sector administrativo y público gastará US$ 10 mil millones menos en salarios, aplicando la tecnología de automatización disponible hoy. A nivel nacional el ahorro en remuneraciones será de US$ 41 mil millones. Esto significa que en el retail la automatización producirá una pérdida de hasta 800 mil empleos, y en las manufacturas eliminará 600 mil trabajos. En el área administración y sector público, el reemplazo por sistemas automáticos puede afectar al 40% del trabajo, o 235 mil empleos de gobierno.

El desafío es construir una nueva visión para el futuro de nuestro país, que se plasme en sus reformas. ¿Pero qué estamos haciendo los chilenos para construir esa visión de país desarrollado, que mire al mundo y su futuro?

Hoy, el ingreso per cápita en Chile es de US$ 24.000 y el de países desarrollados es de US$ 47.000. Según Juan Bravo, investigador de Clapes UC, si nuestro país crece al 1%, seremos desarrollados en 2084: si lo hace al 2%, lo seremos en 2050; al 3%, en 2039; y si crecemos al 5%, alcanzaremos el desarrollo en 2030. Con ese objetivo, mejorar la educación en matemáticas aportaría 1% sostenido al PIB de Chile. Otro 0,4% lo aportaría el gasto en Innovación y Desarrollo, y, otro 0,4% permitiendo la flexibilidad laboral (contratación y despido con flexi-seguro).

Pero la evidencia reciente nos muestra que nuestros actuales líderes, transversalmente, no toman buenas decisiones cuando hablamos de futuro. Por ejemplo, el costo histórico del Transantiago a la fecha es de US$ 15.000 millones aproximadamente (apoyado por la bonanza del cobre), equivalente a tres reformas educacionales completas (Chile convertido educacionalmente en Singapur en 10 años de Transantiago). En esta apuesta, nuestros líderes claramente han jugado mal las fichas de futuro.

Una nueva administración del Estado que fuese liviana, ágil y con músculo, liberaría cuantiosos recursos de su pesado aparato público para destinarlos a resolver demandas sociales insatisfechas. Hoy cerca de un millón de personas trabajan en la administración estatal, 12,5% de la fuerza laboral de Chile, con una planilla de remuneraciones total mensual aproximada a US$ 2.000 millones mensuales. Este monto anual equivale a pagar, cada año, el costo de un Transantiago histórico más el de una reforma educacional.

Sebastián Edwards critica la miopía de los líderes chilenos diciendo que “sólo aquellos países que adapten su legislación laboral, su sistema educativo, su infraestructura y sus instituciones aprovecharán en forma cabal esta revolución tecnológica. Y lo decepcionante, terrible y trágico (porque no hay otra manera de ponerlo) es que en Chile se han aprobado (entre otras) dos grandes reformas (educacional y laboral) sin tomar en consideración este verdadero tsunami”.

Es claro que en la gestión gubernamental ha sobrado entusiasmo, pero ha faltado visión real del país, de las realidades emergentes y del entorno global.  No se puede gobernar sobre la base de eslóganes. Menos se puede pretender llevar a cabo un proceso de transformaciones a partir de un trabajo técnicamente endeble, basado en ideologías más que en evidencia.

Esta mala calidad de la legislación y de las políticas públicas ha sido vista en Chile en el pasado, y nos ha llevado a agudos conflictos sociales. Enmendar el rumbo con inteligencia, pragmatismo y visión de futuro, adaptándose a las nuevas realidades, será tarea del próximo gobierno, que deberá apelar a todo su saber y su impulso político para hacer las cosas bien, de una vez.

 

Janio Thomas, empresario y académico UDP; Enrique Subercaseaux, gestor cultural y ex diplomático