¿A quién beneficia la reforma laboral que impulsa el gobierno en el Congreso? Hasta ahora los únicos aplausos que se escuchan son los de la CUT y el Partido Comunista.
Publicado el 17.04.2015
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El gobierno lo está haciendo otra vez. Tal como ocurrió con las reformas tributaria y educacional, insiste ahora en una reforma laboral que mira al Chile de los años 60 y no al país del siglo XXI, ávido de oportunidades, de futuro y no de pasado; inspirada en una fuerte carga ideológica y no en las exigencias de un mercado laboral en el que, por ejemplo, más de la mitad de las mujeres, en condiciones de hacerlo, no trabajan; y que es mayoritariamente rechazada por la ciudadanía, los propios trabajadores y por quienes generan empleo.

¿A quién beneficia la reforma laboral que impulsa el gobierno en el Congreso? Hasta ahora los únicos aplausos que se escuchan son los de la CUT y el Partido Comunista. La reforma está siendo rechazada por todos los sectores productivos, chicos, medianos y grandes; tuvo un resultado muy ajustado en su primera votación en la Comisión de Trabajo de la Cámara (7-6) y tampoco cuenta con apoyo mayoritario de la ciudadanía. De acuerdo a la encuesta de la Universidad Adolfo Ibáñez publicada esta semana (UAI-CADEM), el 41% de quienes se declaran como trabajadores la rechaza y apenas un tercio la apoya; el 67% está de acuerdo con que todos los trabajadores de la empresa reciban los beneficios de la negociación colectiva, no solo los afiliados al sindicato; y solo un 37% cree que los cambios mejorarán sus condiciones de empleo.

¿Cuál es la fuente inspiradora del gobierno? ¿Por qué, a pesar del rechazo de amplios sectores, insiste en seguir adelante, excluyendo propuestas para mejorarla, salvo las oficialistas? Más que laboral, se trata de una reforma sindical, que responde a la presión de la CUT por concretar sus demandas históricas: forzar la sindicalización, entregando las relaciones entre trabajadores y empleadores en monopolio a los sindicatos, y prohibir el reemplazo en huelga, otorgándoles un poder negociador sin contrapesos al interior de una empresa.

Habrá entonces trabajadores de primera categoría: los sindicalizados, que accederán a los beneficios que se negocien; y trabajadores de segunda categoría, quienes por optar libremente a permanecer independientes serán castigados por la nueva ley y excluidos de esos beneficios. Habrá también crecientes incentivos para forzar huelgas, cuya extensión no será resistida por las espaldas de cientos de emprendedores que están iniciándose o en etapas críticas y muy sensibles a la paralización de sus actividades.

Una constante del segundo gobierno de Michelle Bachelet ha sido la soltura con que sus ministros, e incluso la propia Mandataria, repiten slogans a partir de datos que no son reales. Para defender la reforma laboral, han insistido hasta la saciedad que Chile tiene las peores tasas de sindicalización del mundo, lo que no es efectivo: de acuerdo a la OECD, la sindicalización en Chile es de 15,3%, similar al promedio de los países miembros, que es de 16,9%.

Tal como el ministro de Hacienda prometía el año pasado, y se irritaba ante la más mínima duda, que la reforma tributaria contribuiría al crecimiento económico (cuyos resultados en 2014 el país ya los conoce, fueron los peores en 30 años), la ministra del Trabajo asegura ahora que la reforma laboral reducirá la “desigualdad” y generará empleos de mejor calidad y mayores remuneraciones. Contradicen ese entusiasmo las opiniones de prácticamente todos los especialistas -con excepción de unos pocos muy radicalizados, la mayoría cercanos al PC-, quienes han advertido que la reforma no se funda en un diagnóstico real (como señaló el miércoles el economista PS, Oscar Guillermo Garretón); genera relaciones desequilibradas entre los sindicatos y los empleadores, inspiradas más en una caricatura que en la vida real; arriesga la supervivencia de los pequeños emprendimientos; y, por todo lo anterior, podría afectar severamente el empleo.

Uno puede entender que grupos de interés, como la CUT o el Colegio de Profesores, por ejemplo, defiendan contra viento y marea sus demandas, pues para eso se han organizado. Lo que decepciona y preocupa es que el Gobierno, cuyo mandato le exige impulsar políticas mirando al país en su integralidad y no para saldar deudas políticas con sectores  determinados, salga a jugar a la cancha con la camiseta del diálogo, para llevarse minutos después la pelota a los camarines.

La ministra Blanco se reunió con todos los sectores políticos y gremiales, cumplió con una ceremonia que simulaba diálogo (“los hemos escuchado a todos”), pero al final siguió adelante con el plan original. Calificándolas como “un retroceso”, el gobierno dio un portazo a todas las propuestas que buscaban equilibrar la reforma o impulsar los cambios que efectivamente requiere el mercado laboral: flexibilidad, capacitación, incentivos para la contratación de mujeres y jóvenes, personas con capacidades diferentes o adultos mayores.

El gobierno ya estableció sus reglas, muy poco elegantes en un país que valora la democracia y aspira a que se tomen decisiones bien pensadas: no hay espacio para ni una coma que contradiga El Programa, o que toque con el pétalo de una rosa el texto original del proyecto o que, derechamente, esté en la lista de vetos que ha impuesto un gremio que representa a menos del 5% de los trabajadores del sector privado ¡Menos de 5 de cada 100 trabajadores!

En síntesis: el gobierno impulsa una reforma que es sindical, no laboral –el país no está para eufemismos-, restringe la libertad de los trabajadores, concediendo a los sindicatos el monopolio para entenderse con los empleadores; genera incentivos para el conflicto y no para el diálogo y la confianza al interior de la empresa; y se salta olímpicamente los cambios que Chile necesita con urgencia para combatir la verdadera fuente de desigualdad: la falta de oportunidades y las barreras para que cerca de un millón y medio de chilenos, que están en condiciones de hacerlo, puedan trabajar.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO: RODRIGO SÁENZ/AGENCIAUNO

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