Hoy vivimos en un mundo completamente distinto que, producto del acceso a la información, la proliferación de las redes sociales y la satisfacción individual, ha generado mayores expectativas a consumidores empoderados y un tanto radicalizados.
Publicado el 01.02.2016
Comparte:

En la conferencia internacional organizada por el ESE Business School, que convocó a connotados académicos para celebrar la reunión anual The International Academy Management, la convergencia en el diagnóstico respecto de los desafíos de la empresa privada fue notable. Nueve expositores, tres de los cuales chilenos, coincidieron en la necesidad de redefinir el éxito empresarial basado en hacer empresas sostenibles: qué significa perseguir metas de largo plazo, un desarrollo humano integral de las personas y la creación de valor y propósito por sobre la creación de riqueza. Pero valiéndose de esta riqueza para alcanzar metas de índole social, cultural, espiritual y medio ambiental, pues las empresas están para servir a la sociedad y su riqueza es el premio por servir a ésta.

Hoy vivimos en un mundo completamente distinto que, producto del acceso a la información, la proliferación de las redes sociales y la satisfacción individual, ha generado mayores expectativas a consumidores empoderados y un tanto radicalizados. Esta es una clase social emergente conducida por la generación del milenio (los nacidos entre 1977 y 1995). Una clase  no solo más conectada y con mayores expectativas, sino que también cuestiona las tendencias de consumo y posee una visión de negocios basada en la sostenibilidad que exige el cumplimiento de la triple línea base: económica, social y medioambiental.

Por otra parte está la inequidad, que es el gran tema de preocupación mundial hoy, ya que socava la legitimidad de las instituciones. La inequidad, coincidían todos, es la causa de la mayoría de los males sociales y de no poder seguir avanzando como sociedad. En este contexto, la empresa no debe limitar su rango de acción al giro de su negocio, sino que se la desafía a cruzar sus propias fronteras para aportar soluciones a las necesidades de los más postergados, desde lo que cada una de éstas sabe hacer mejor. Significa que debe adoptar políticas inclusivas, solidarias e intergeneracionales, que enriquezcan con mayor diversidad los equipos humanos para lograr mayor creatividad e innovación y, como consecuencia, una mejor productividad.

Implica también fomentar emprendimientos sociales que abran nuevos mercados en la base de la pirámide y diseñar productos y servicios que satisfagan las necesidades de aquellos con menor poder adquisitivo, como las microfinanzas, las viviendas sociales con eficiencia de espacios o soluciones de energía renovable al alcance de todos. Los productos verdes no tienen por qué ser exclusivos de una elite. Hoy existe la tecnología disponible para hacerlos accesibles a muchos.

En la encíclica social del Papa Francisco, publicada a mediados del 2015, Laudato Si, se nos llama a redefinir lo que entendemos por progreso. Ese es el gran desafío que tenemos entre las manos. No es fácil, pues el ser humano tiende a la inercia y a ser reactivo. Se une y organiza frente a las crisis, cuando es imperativo que actúe. Hoy estamos en medio de una gran crisis socio-ambiental, como dijo el Papa, que afecta a unos más que a otros, pero que nos tocará de cerca más temprano que tarde. Porque todos estamos conectados. La ecología humana tiene un delicado balance, así como la ecología natural, y debe volver a su punto de equilibrio. Es hora de unirnos y encontrar las maneras de reorientar nuestros negocios y empresas en una nueva dirección: hacia un desarrollo integral, sostenible e inclusivo.

Para lograrlo, el mundo necesita de liderazgos en todos los ámbitos orientados al bien común y una visión de sostenibilidad, cuyas decisiones estén basadas en hacer aquello absolutamente necesario en el corto plazo para construir el largo plazo.

 

Soledad Neumann R., Directora Ejecutiva de USEC.

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER /AGENCIAUNO