En el Chile de hoy no estamos siendo capaces de escucharnos ni menos de intercambiar ideas. Por el contrario, la imposición parece ser la premisa.
Publicado el 09.05.2016
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En las últimas semanas, diversos actores del mundo político y empresarial han realizado públicos llamados a recuperar la confianza como factor clave para superar el enrevesado escenario actual por el que atraviesa el país.

Si bien estas expresiones pueden estar plagadas de buenas intenciones, son insuficientes si no van acompañadas de gestos concretos que le den sentido y contenido a aquellos emplazamientos. Porque para recuperar las confianzas perdidas se requiere bastante más que voluntad y disposición; lo que se necesita como elemento básico es recuperar ciertos valores republicanos que están completamente extraviados.

Actuar con ética en el desempeño de las funciones tanto en el ámbito público como privado, indistintamente de la posición o cargo que se tenga, resulta fundamental para enderezar el rumbo presente, mejorar las prácticas y fortalecer el rol de las instituciones en ambos mundos. Sin la recuperación de ciertos principios y normas que promuevan el correcto actuar en la conducta cotidiana, cualquier esfuerzo que se realice en esa línea será en vano.

Puede parecer de sentido común algo tan básico como esto, pero en el Chile actual, donde en algunos sectores ha comenzado a imponerse la laxitud, se hace necesario recuperar esos elementos subvertidos.

Dentro de este proceso, asoma como esencial restituir el principio de autoridad, lo cual no significa necesariamente restablecer un orden jerárquico y vertical de las relaciones sociales, como se entendía hasta hace poco este concepto; sino que recomponer el respeto mutuo por el otro, indistintamente del plano en el que se den las relaciones (dentro de la familia, el aula, la oficina o la calle).

En la medida que ese llamado a recuperar las confianzas se haga sin un tufillo paternalista ni revestido de una posición dominante, será posible entablar un diálogo constructivo que permita avanzar en aquellos aspectos donde existen diversas miradas y puntos de vista. En el Chile de hoy no estamos siendo capaces de escucharnos ni menos de intercambiar ideas. Por el contrario, la imposición parece ser la premisa.

Un país que pierde la capacidad de debatir, es una comunidad que está hipotecando los pilares de su sistema democrático, con todo lo que aquello implica. Y eso no lo estamos dimensionando adecuada y oportunamente. Basta ver lo que ocurrió hace algunas semanas entre pobladores de Conchalí y el diputado Daniel Farcas, que se trenzaron en una discusión repleta de insultos y recriminaciones mutuas. O el episodio del diputado Gaspar Rivas, quien utilizando la tribuna de la Cámara de Diputados, y despreciando su investidura, insultó a Andrónico Luksic en términos inaceptables para una sociedad que se entiende civilizada.

Como tampoco contribuye a reparar las confianzas que uno de los máximos referentes del modelo económico actual distorsione la realidad y señale que en Chile existe incertidumbre jurídica (sería bueno que se diera una vuelta por Venezuela), y anuncie su decisión de abandonar el país.

Todos estos gestos perjudican el genuino interés que tienen muchos por retomar la senda de los acuerdos. Porque incluso hasta eso estamos cuestionando en Chile. La capacidad de entendimiento entre los distintos sectores es observada hoy con recelo y desconfianza, como si per sé se tratara de vínculos espurios.

Lamentablemente existen grupos minoritarios que asumen la diversidad como un espacio para diferenciarse, pero desde el conflicto, lo cual provoca un escenario de tensión constante que no hace más que exacerbar las desconfianzas. Por lo mismo, llegó el momento de cambiar esa torcida lógica que se está imponiendo en el país, y rescatar aquellos valores positivos que nos permitan continuar profundizando el desarrollo humano y material.

 

Carlos Cuadrado, periodista.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO