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Publicado el 05 de septiembre, 2017

Recorriendo Bogotá y Guayaquil

No sólo el análisis de los políticos, periodistas, sociólogos o encuestadores ha de contar para interpretar la realidad de un país. Las personas “corrientes” disponen de un GPS, una sensibilidad y una sabiduría particular.
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Resulta estimulante y aleccionador recorrer ciudades y conversar con personas que desarrollan actividades diferentes y están dispuestas a compartir sus versiones de cuanto ocurre. No sólo el análisis de los políticos, periodistas, sociólogos o encuestadores ha de contar para interpretar la realidad de un país. Las personas “corrientes” disponen de un GPS, una sensibilidad y una sabiduría particular —de nivel modesto en unos, sofisticado en otros— que les permiten bucear en las profundidades de la vida cotidiana y extraer conclusiones. Como sabemos, pocos portan un mejor termómetro político que los taxistas.

José Martí, Charles Baudelaire, Walter Benjamin, Kurt Tucholsky (el primero que dijo que una imagen vale más que mil palabras) y Carlos Monsivais fueron, entre muchos otros escritores, flâneurs, es decir, paseantes alertas que interpretaban las ciudades deambulando por sus calles o anclados a la mesa de un café. Y elaboraban sus  reflexiones desde la modestia de quien sabe escribe a partir de impresiones y no pretende presentar sus descripciones como estudio científico.

Hago este preámbulo porque acabo de estar en dos ciudades que me atraen y que observo desde hace años con mucha atención: Bogotá y Guayaquil.

Aterrizar hoy en la capital de Colombia significa de inmediato entrar en conversaciones sobre temas que a los chilenos nos parecen algo distantes, pero que en realidad no lo son. Aunque la mayoría de los colombianos rechaza lo que representa las FARC y su historia como narco-guerrilla, observa a su vez con una mezcla de esperanza y escepticismo los recientes acuerdos de paz y lo que pueda surgir de ellos. A ningún bogotano le es indiferente el tema. Para algunos, los guerrilleros de las FARC lograron un acuerdo que les fue más que favorable por la presión nacional e internacional que se dejó imponer el gobierno; para otros, resulta injusto tener que financiar ahora como contribuyentes la readaptación de miles de guerrilleros que fueron responsables de la violencia militar, más aun cuando se conoce que las FARC disponen de un patrimonio elevadísimo y contarán con curules asegurados en el Congreso. Cuando uno menciona los actos terroristas en el sur de Chile, los bogotanos dicen que las dimensiones son incomparables (y tienen razón), pero añaden que en Colombia ya no hay atentados en la magnitud de los que tenemos nosotros contra camiones, maquinaria agrícola, casas, siembras y personas. Y la pregunta no tarda: ¿Cómo puede haber terrorismo en Chile y quedar impune?

Otro tema a flor de piel para los colombianos es la migración venezolana. ¿Habrá 600.000 venezolanos hoy en Colombia, o son más? Nadie lo sabe. El flujo no se detiene. Los venezolanos cruzan la frontera huyendo del Socialismo Siglo XXI, del colectivismo, del estatismo, de la dictadura de Nicolás Maduro. Primero llegaron los profesionales y emprendedores, luego la clase media, y después los sectores populares, cuentan en Bogotá, y anuncian que lo mismo ocurrirá en Chile. Los colombianos sienten solidaridad natural por los venezolanos. Recuerdan que ellos acogieron en el pasado a los colombianos que iban en busca de mejores horizontes. Por entonces Venezuela era el país más rico del continente. Hoy el descalabro del socialismo invirtió los términos y el drama no tiene visos de acabar. En el socialismo la gente siempre vota con los pies. El chavismo-madurismo tiene efectos no sólo en Venezuela, sino también fuera de sus fronteras, al exportar un masivo drama humano comparable al de la Cuba castrista.

Llego a la ecuatoriana Guayaquil, una ciudad que, como Bogotá, siempre me ha tratado bien y donde también cuento con afectuosos lectores. Guayaquil conquista a la primera, ya desde su moderno, eficiente e impecable aeropuerto (donde se advierte, eso sí, un celo excesivo de muchos policías que paran a casi todo el que arriba para preguntarle un sinfín de cosas). Ese aeropuerto y el de Bogotá son los mejores de América Latina. Ojalá ambos inspiren algún día a los responsables de modernizar y administrar a nuestro Pudahuel, que ofrece una lamentable, desoladora e irritante puerta de entrada a Chile.

Guayaquil es una tierra costeña de gente pujante y emprendedora. Su puerto sigue modernizándose, su skyline de edificios es impresionante, y es admirable la limpieza de la ciudad, el cuidado de sus edificios patrimoniales, el respeto y el orgullo que siente la ciudadanía por ellos. Los guayaquileños disfrutan sus espacios públicos y son locuaces, amables y abiertos. ¿Rayados de muros y edificios? No se ven. Tampoco en Bogotá, ni en Cartagena de Indias, ni en el precolombino de Ciudad de México, ni en la bella Guanajuato. Como porteño de Valparaíso, ciudad horrendamente pintarrajeada hasta el extremo, uno siente una frustración poderosa y una envidia sana, porque sabe que otro trato a las ciudades es posible.

Sigamos mejor con la hermosa Guayaquil. Se respira allí algo peculiar, más allá de la sensualidad y el deseo de gozar la vida: el alivio por el hecho de que Rafael Correa, el líder de la “revolución ciudadana”, ya no esté en el poder. No sólo eso. Incluso se fue del país y se radicó con su esposa belga en Bruselas (algunos sostienen que hasta con guardaespaldas pagados por el fisco, lo que me niego a creer). La emigración de Correa a Europa es compleja de entender, pues se trata de un admirador de los sistemas de los Castro, Chávez y Maduro, y otras revoluciones. Los guayaquileños con que hablo sienten alivio, pues los agobiaba un Mandatario que no dejaba de hablar por los medios para celebrar su “revolución ciudadana”, lisonjear al pueblo y hostigar a los emprendedores y opositores. Sus demandas judiciales, movidas por pasiones políticas, atemorizaban a muchos: las ganaba casi todas, con buenas indemnizaciones, apoyado por jueces que sabían cuánto poder acumulaba el Presidente.

La gente siente alivio. Existe hoy como una tregua en Ecuador. Correa está lejos, y su delfín y sucesor, Lenín Moreno, pareciera estar rompiendo con él. ¿La causa, según muchos? La deuda pública disfrazada y las sorpresas que le legó en la Presidencia antes de irse a Bruselas. Se dice que Correa se pasa los días enviando instrucciones a sus aliados para que neutralicen al “traidor”. Algunos guayaquileños piensan que es un tongo, otros que el quiebre es auténtico. Lo que sentí en Guayaquil: alivio porque Rafael Correa está lejos y porque existe una posibilidad de que el País transite por aguas menos procelosas, logre un necesario reencuentro, disminuya la polarización política y la economía vuelva a crecer. ¿Volverá Correa a repostularse una vez haya pasado lo peor de la tormenta que sembró o se le cerrará legalmente ese camino?

Al regresar a Chile, vía Bogotá, mientras camino por la capital colombiana, se nos acercan unos mendigos. Su acento los identifica. Son venezolanos, hijos del país con las mayores reservas petroleras del planeta. Como dice Kurt Tucholsky: “Una imagen vale más que mil palabras”.

 

Roberto Ampuero, #ForoLíbero

 

 

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