Es probable que la rapidez con la que actuó el Papa luego de su visita a Chile —la misión Scicluna y la convocatoria a Roma de todos los obispos en ejercicio— se deba a que las heridas dentro de la Iglesia son profundas y evidentes. En ese escenario, la solución no radicará en sacar o dejar a algunos obispos en sus cargos, sino especialmente en la renovación que pueda traer el trabajo espiritual e institucional al que el Papa nos ha invitado a todos.
Publicado el 17.04.2018
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La carta enviada por el Papa Francisco al episcopado chileno abre buenas posibilidades para salir de la crisis. No tanto por los posibles cortes de cabeza que suscite, sino por el ambiente de diálogo y apertura que genera su gesto radical e inédito. El Pontífice da un paso importante para recomponer el clima de confianza que lleva roto varios años y que toca no sólo la dimensión personal de la fe, sino sobre todo a la institución que está puesta en entredicho. Por eso, además del primordial llamado a la oración y contemplación, la renovación debe centrarse en posibilitar nuevamente la confianza entre la Iglesia y las personas.

Una lectura interesante acerca del concepto de confianza es la realizada por José Andrés Murillo —víctima de Fernando Karadima— en su breve ensayo La confianza lúcida. El autor entiende el término desde una metáfora espacial: “La confianza lúcida descansa sobre una ética del espacio de luz que une y separa al mismo tiempo, creando la justa distancia que permite ver sin fusionarse, y así respetarse mutuamente, reconocerse sin perderse de vista, ya sea en la lejanía o en la cercanía” (p. 51). Luz, claridad y nitidez se oponen a la opacidad y oscuridad, condiciones que posibilitan abusos y crímenes como los que conocemos.

En esa línea, puede ser fructífero preguntarse cómo integrar esta perspectiva de la confianza lúcida en las reformas de la Iglesia. En primer lugar, como se ha dicho estos días, la crisis no se terminó con Fernando Karadima: es necesario responder con toda honestidad y profundidad —y ante la justicia, de ser necesario— frente a cualquier asomo de encubrimiento de las denuncias. En segundo lugar, la confianza se construye allí donde hay un re-conocimiento: el mismo Murillo opone la confianza lúcida a la “confianza ciega”, la que define como aquella que posibilita el abuso y la violencia, porque impide conocer la realidad tal cual es (p. 55). La metáfora visual es útil. La verdadera confianza no nos obliga a ser ciegos ante la realidad que nos circunda, sino todo lo contrario: nos permite abrir los ojos, conocer y reconocer a los demás en su dignidad y humanidad. En tercer lugar, confiar en otro implica volverse especialmente vulnerable: uno se abre a escuchar y a creer, y espera cierta reciprocidad en esa apertura. Pero también nos otorga la posibilidad de enfrentarnos a realidades dolorosas que quisiéramos evadir y, sobre todo, nos abre a ser transformados por la verdad.

Por ende, se hace necesario alejar las pugnas políticas en las que solemos entramparnos (iglesia conservadora vs. progresista; curas de izquierda vs. de derecha; respeto a la doctrina vs. apertura a la realidad) y avanzar en la radicalidad de entrega que posee el Evangelio. Si dentro de la misma Iglesia no podemos generar dicho diálogo, difícilmente podremos abrir la institución a aquellos que se han alejado por nuestros propios errores.

Es probable que la rapidez con la que actuó el Papa luego de su visita a Chile —la misión Scicluna y la convocatoria a Roma de todos los obispos en ejercicio— se deba a que las heridas dentro de la Iglesia son profundas y evidentes. En ese escenario, la solución no radicará en sacar o dejar a algunos obispos en sus cargos, sino especialmente en la renovación que pueda traer el trabajo espiritual e institucional al que el Papa nos ha invitado a todos.

 

Joaquín Castillo, investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad

 

 

FOTO: YVO SALINAS/AGENCIAUNO